VI Domingo del Tiempo ordinario. 16 de febrero de 2020

No sé si conocéis la historia de Fiorello LaGuardia. Fue un alcalde muy querido de Nueva York en los años de la Gran Depresión económica mundial en la década de los 30. Cuentan que una noche de invierno se presentó en el juzgado de uno de los barrios más pobres de la ciudad, envió al juez a casa y ejerció de juez en su lugar. Le trajeron una mujer, que había robado una barra de pan. Ella le contó que su hija había sido abandonada por su marido, que estaba enferma y que sus dos nietos tenían mucha hambre. El panadero, por su parte, se negaba a retirar los cargos contra la mujer y pedía al juez que fuera castigada para que los delincuentes aprendieran la lección. El alcalde, ahora juez, se dirigió a la mujer y le dijo: “Tengo que castigarla. La ley es para todos. Pagará diez dólares o diez días de cárcel”. Dicha la sentencia, la mujer sacó diez dólares del bolsillo. El juez los echó en el sombrero del panadero y, entonces, dijo que además, iba a poner una multa de cincuenta céntimos a todos los que estaban en el juzgado por vivir en una ciudad en la que, una persona, tenía que robar pan para que comieran sus nietos. El Alguacil hizo la colecta y se la entregó a la acusada. El panadero, los delincuentes y los policías allí presentes pagaron sus cincuenta céntimos de multa y la acusada se fue a casa con 47,50 dólares.


El alcalde no sólo cumplió la ley, sino que fue más allá de la simple ley.
Cumplir la ley, cumplir los diez mandamientos, tiene su mérito, pero el evangelio de Jesús es una invitación a ir más allá de la letra de la ley. Pues como subraya San Mateo, Jesús “no ha venido a abolir la ley si no a darle plenitud”.
Por eso, frente al “todo vale” que, en cierta manera nos propaga el mundo, Jesús nos dice en el evangelio el “pero yo os digo”. Es decir, él mismo se convierte en fuente de la ley. Por eso, frente al aborto, Señor nos recuerda que el “no matarás” del 5º mandamiento sigue vigente y que, la vida, viene de Dios y, sólo Dios, puede disponer de ella; frente al olvido o la marginación de los más mayores, el Señor nos recuerda el 4º punto de lo revelado por Dios en el Monte Sinaí “honrarás y respetarás a tus padres”; frente a la opulencia, el Señor nos lleva al 2º mandamiento: “amarás al prójimo como a ti mismo”; frente al intento de absolutizar leyes y normas que, siendo indignas se exigen a todas las personas sin derecho a objeción de conciencia, Jesús nos recuerda que, sólo Dios, es digno de ser adorado y de ser tenido como suprema ley a favor del hombre.
Y, en esa ley de la Palabra de Dios y en llevarla más allá, reside nuestra felicidad. Porque la experiencia nos demuestra que la felicidad no está en seguir los dictados y leyes del mundo que te dicen: “hay que sacarle jugo a la vida”. “Disfruta de la vida mientras puedas”. “El poder y el placer es lo que vale”. “Dios es un aguafiestas”. “La fe es de los ignorantes”. “Ya no existe el pecado”. “El sexo es para disfrutarlo”. “El perdón es de los débiles y cobardes”… La felicidad está en ser consecuente consigo mismo, con los valores elegidos a favor de los demás, y si a esto añadimos los valores del evangelio, se puede llegar no sólo a ser, sino a vivir feliz.
Nosotros somos los que hemos de decidir ¿A quién queremos escuchar? Tenemos opciones. O escuchamos los dictados del mundo o la invitación de Cristo. Lo que no puede ser es querer vivir a medias porque –como dice el refrán- quien cabalga sobre dos caballos termina entre las patas.
No se trata, pues, solo de no matar, ni robar. Ni de extralimitarse en ciertos aspectos. No se trata simplemente de cumplir unas leyes sin más, de cumplir lo justo. De hecho, podemos ser hombres y mujeres legales, hombres y mujeres perfectos, pero no por eso somos seguidores de Jesús. Si reducimos el cristianismo a cumplir simplemente la ley, estamos reinventado un nuevo fariseísmo, la religión de nuestras fuerzas, la religión de las normas y la religión vivida bajo la amenaza del castigo y del premio. Y, es más, puede haber cosas muy legales, pero ¿son éticas delante de Dios?
Generalmente, cuando solicitamos un trabajo, en la entrevista, presentamos nuestro yo ideal, decimos nuestras virtudes y capacidades y callamos nuestro yo más oscuro y profundo, el de los deseos inconfesables, el de las actitudes mundanas, el del corazón endurecido.
Cuando Jesús solicitó “el trabajo” de Salvador se comprometió a cumplir toda la ley en la Cruz, en el amor total e incondicional y en la sumisión a la voluntad de Dios Padre. Así no sólo cumplió toda la ley, sino que la llevó a su plenitud. Porque no sólo murió en la cruz sino que lo hizo por amor. ¿Lo hacemos nosotros?
Estamos condenados a ser libres y podemos elegir ser sólo “legales” y contentarnos con el cumplimiento ritual y externo o podemos elegir ser hijos de Dios y vivir desde dentro la dimensión de la gratuidad y de la generosidad que va más allá de la ley. ¡Ahora eres tú, quien mueve ficha!
Antonio Travé

MisiTiraCómica2020 12Web

Modificado por última vez enDomingo, 16 Febrero 2020 08:08