Segundo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 20 de enero de 2019. JORNADA MUNDIAL DE LAS MIGRACIONES

“ESTAR CON AMOR EN LAS BODAS DE LA VIDA”

“Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él” (Jn 2,1-11). Con qué elegancia nos presenta el Evangelio de Juan el inicio de la vida pública de Jesús. ¡Ole y ole! podríamos decir en nuestro lenguaje, desde nuestra querida Andalucía. Es un gesto revelador de su persona, de su misterio, de su misión, que consiste, principalmente, en manifestar el amor del Padre hacia cada uno de los hombres y mujeres que vivimos en este mundo. Son signos (semeion) que ofrecen una liberación y necesitan actualización por nuestra parte para adaptarlo al tiempo que vivimos y poderlos entender.


Con un lenguaje simbólico, San Juan, expresa que la antigua Alianza (“seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos”) está superada con la presencia de Jesús. El Dios opresor, que toma distancias del pecador y que insiste en la indignidad del hombre y de la mujer, se transforma en el Dios de la vida, de la misericordia y de la fiesta (“Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda”) que ama y que quiere intervenir en la vida de cada persona para transformarla totalmente (“tú, en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora”) para que seamos testigos de esa transformación; y llevarla a la perfección mediante el amor.
“Una prueba de este amor de Dios hacia su pueblo viene dada por los carismas (1Cor 12,4-11) que son dones y manifestaciones extraordinarias que el Espíritu concede a los miembros de una comunidad para el bien de la comunidad misma” (A. Pronzato). Unos están al servicio de los otros, porque todos son importantes y necesarios.
Un banquete de bodas es quien mejor describe la relación de Dios con su pueblo y lo que Dios quiere para nosotros: aquí la comida es exquisita, abundante y gratuita, la alegría y el compartir se palpan en cada momento y se desbordan por todos lados, sin medida y sin miedos. “Estad alegres, os lo repito, estad alegres”.
A nosotros, no nos queda más remedios que escuchar a María cuando dice “haced lo que él os diga”. Ella empuja a Jesús a revelarse y está presente como mediadora, porque reconoce al Mesías y espera en él. En cambio, el maestresala, representa a los judíos que no esperan al Mesías ni lo necesitan ni saben apreciar la novedad del don mesiánico. Con Jesús todo es novedad y apertura; todo es alegría y mirada hacia delante, porque su presencia pone en movimiento lo mejor de cada uno de nosotros y porque nos acerca al Dios de la vida y la alegría, puesto que Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres; y si sus discípulos creyeron el Él por los signos que realizaba, porque los signos hablaban por sí solos de Dios y su novedad constante, porque los signos estimulaban la fe de otros, ¿qué signos hemos de hacer nosotros para que aquellos que los vean crean en Jesús?
Si nos hemos dado cuenta, en este evangelio de Juan, todos los elementos que aparecen: personajes (Jesús, la madre de Jesús, maestresala, sirvientes), el marco de la boda, la falta de vino, las tinajas vacías (seis, de piedra, capacidad, finalidad), cambio de agua en vino, tienen una fuerte carga simbólica para transmitirnos uno de los mensajes centrales de su Evangelio: la sustitución de la antigua alianza, fundada en la Ley mosaica, por la nueva, fundada en el amor leal que produce paz y alegría. Dios se manifiesta definitivamente en Jesús. Conocemos a Dios por lo que Jesús nos va mostrando. Así que centramos nuestra fe en todo aquello que Jesús dice y hace.
José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado, Albuñán y Cogollos
PREGUNTAS:
1. ¿Qué nos falta en nuestra vivencia de la fe para entenderla desde la alegría?
2. ¿Qué novedad trae la presencia de Jesús en nuestras vidas?
3. ¿Cómo me ayuda María, la madre de Jesús, en mi vida de fe?

 

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

 

Modificado por última vez enDomingo, 20 Enero 2019 08:01