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«Una fidelidad que genera futuro». SEGUNDA PARTE

En el 90 aniversario del martirio de los obispos D. Manuel Medina Olmos y D. Diego Ventaja

(Lee la primera parte aquí)

 

  1. Desde el inicio de su episcopado el 16 de julio de 1935, el beato Diego Ventaja mostró una preocupación particular por su clero, por cada uno de sus sacerdotes. Muchos vivían en condiciones precarias, de absoluta pobreza material, agravada por la amenaza constante de la persecución religiosa, que marcó con dureza su vida pastoral. En su breve episcopado, como buen teólogo supo apreciar y aplicar el valor de un presbiterio santo y bien formado para la vida de la Iglesia local. Buscó los medios adecuados: visitas pastorales, ayudas, contactos personales, ejercicios y retiros espirituales. No obstante la amenaza constante de los acontecimientos, puso a estudiar a todos sus sacerdotes proponiéndoles un concurso de parroquias los días 3 y 4 de julio de 1936; y ello. Fue para todos un momento de gracia en vísperas de la gran prueba; días después, numerosos miembros del presbiterio serían llamados a dar el supremo testimonio de fe con el martirio.

En esas vísperas de la gran prueba, acentuó su solicitud pastoral, sosteniendo a sacerdotes y religiosos y religiosas. A todos. A todos exhortó a orar y a todos animó a sufrir por amor de Jesús cualquier tribulación, cualquier prueba. La correspondencia epistolar de D. Manuel – cuyo episcopado lo caracterizaron las visitas pastorales, la preocupación por la precaria situación económica de la zona y la atención al seminario – refleja su serenidad ante la gran prueba y su disponibilidad a aceptar el don del martirio. Así escribía a Antonio Navas en 1931: « [...] hemos de agradecerle a Dios que la ha permitido para bien de su Iglesia. Estas pruebas son como arneros que criban el trigo. [...]». A su sobrina sor Rosario la anima con estas palabras en julio de 1931: «Es necesario tener menos miedo. Donde hay amor, no hay temor. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia... pero no lo son los que huyen de la persecución». Y en 1933 reafirma su confianza en Dios: «Ya véis cómo han caído Azaña y Ríos, y Dios sigue siendo el mismo. Nadie lo derriba. Pero tenemos poca confianza en Él y le servimos mal».

El 21 de julio de 1936 se consumó el llamado martirio de las cosas en Almería: todos los templos de la ciudad fueron saqueados y quemados; al día siguiente fue el turno de la residencia episcopal, incautada. El 24, se invita a D. Diego a marcharse a Granada, pero no acepta: no abandona el pastor a sus ovejas cuando ve venir al lobo. Por ese mismo motivo, D. Manuel tampoco aceptó quedarse en Granada: no podía abandonar a sus ovejas.

El 25 de julio D. Diego fue obligado a dejar la residencia episcopal y se trasladó a la casa del vicario general; de nuevo el día 26 fue invitado insistentemente por unos súbditos ingleses a embarcarse rumbo a Gibraltar, pero el no de D. Diego seguía vigente: el pastor no abandona a sus ovejas. De este modo, al día siguiente acogió a D. Manuel Medina junto con otros dos sacerdotes: llegaban desde Guadix tras un traslado vejatorio, custodiados en un vagón de ganado, por las estaciones del trayecto habían recibido insultos y amenazas de darles el paseo, intentado hacerles blasfemar y como no lo consiguieron les arrancaron la barba con trozos de piel sangrante. La disponibilidad al martirio es un don especial del Espíritu Santo, concedido a quien lo acoge con docilidad y alegrándose «por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). A partir del 12 de agosto, fueron encarcelados en las Adoratrices, una de las muchas prisiones improvisadas, antes de transladarles de pie y maniatados en una camioneta, el 28 de ese mismo mes, al barco Astoy Mendi.

El Concilio Vaticano II prescribe para la formación de los candidatos al sacerdocio el deber de «comprender claramente que no están destinados al mando o a los honores, sino a entregarse totalmente al servicio de Dios y al ministerio pastoral [...] y a identificarse con Cristo crucificado» (Optatam totius 9), un texto que conserva en el tiempo actualidad y frescura. D. Diego Ventaja lo había hecho vida años atrás y por eso a quienes le decían, mientras lo arrestaban, que se arrepentiría de ser obispo, respondió que poco le importaba el episcopado, sin embargo nunca ni tampoco en ese momento el sacerdocio era un peso para él .

Como enseñaba J. Ratzinger, «en la Iglesia antigua, el martirio era considerado una verdadera celebración eucarística: realización extrema de la contemporaneidad con Cristo, del ser una cosa sola con Él» (Introduzione allo spirito della liturgia, 55). En los días previos al martirio, los dos Beatos vivieron «un camino de familiaridad con el Señor que involucra a toda la persona: el corazón, la inteligencia, la libertad, y la moldea a imagen del Buen Pastor»: «una auténtica clave para comprender el ministerio sacerdotal. El sacerdote, de hecho, es un amigo del Señor, llamado a vivir con Él una relación personal y confidencial, alimentada por la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración diaria. Esta amistad con Cristo es el fundamento espiritual del ministerio ordenado, el sentido de nuestro celibato y la energía del servicio eclesial al que dedicamos nuestra vida; nos sostiene en los momentos de prueba y nos permite renovar cada día el “sí” pronunciado al inicio de la vocación»[1]. En la celebración eucarística unieron sus propios sufrimientos al sacrificio eucarístico, celebrado en condiciones peligrosas y en el secreto de las prisiones.

(Continúa… pero puedes leer el artículo completo aquí)

María Victoria Hernández Rodríguez,

Postuladora de la Causa de canonización

 

[1] Discurso del Santo Padre León XIV a los participantes en el encuentro internacional sacerdotes felices - «yo los llamo amigos» (Jn 15,15), promovido por el Dicasterio para el clero, Roma 26 de junio de 2025.