SUBIDOS NUEVOS TEXTOS DEL OBISPO DE GUADIX EN EL PROGRAMA ALBORADA DE RNE

PROGRAMA ALBORADA DE RNE

 SEMANA 28 DE MARZO AL  3 ABRIL DE 2011

 DÍA 28

   No cabe duda que las cosas siempre pueden ser mejores de lo que son. Pero de aquí a caer en la tendencia de algunas personas que no hacen nada porque no todo está a su favor; para estas sólo se puede trabajar cuando todo sopla a mi favor, las dificultades son siempre la excusa para no hacer nada.

  La queja sistemática, la crítica agria, el pesimismo como actitud permanente, les impide hacer algo que merezca la pena, incluso ver algo positivo a su alrededor.

 

  Y que decir cuando se trata de la personas, ver que a nuestro alrededor hay personas grandes, personas que con su palabra y con sus testimonio nos están aportando grandes lecciones de vida. Para los que así se sitúan, los hombres y mujeres grandes siempre están lejos, nunca están a nuestro lado.

  Esto es lo que el Señor nos dice en el evangelio de hoy: “ningún profeta es bien mirado en su tierra”.

  Hemos de mirar a nuestro alrededor, mirar con mirada contemplativa, para descubrir cuantos hombres y mujeres grandes hay en nuestro entorno; desde un niño hasta un anciano pueden ser profetas en medio de nosotros. Los profetas son aquellos que anuncian lo que han recibido, tantas veces sin ser conscientes que lo son; son los que nos dicen con sencillez donde están los fundamentos de la vida y de la convivencia; son también los que denuncia, en muchas ocasiones sin hablar, nuestras conductas erróneas y el mal camino por el que vamos.

  No despreciemos a los profetas por ser cercanos a nosotros, no los callemos porque sabemos quienes son, o porque sabemos sus debilidades. Al fin y al cabo nos llaman al bien y nos proponen caminar por su senda.

  Incluso, todos tenemos que ser profetas para los otros. Estamos llamados a anunciar el bien a los demás y a denunciar todo lo que impide al hombre realizar su vocación en el bien y cumplir con su misión en esta tierra; al tiempo que debemos denunciar lo que oscurece y mata la dignidad del hombre, de todo hombre. No debemos callar por el miedo a ser rechazados o incomprendidos. Con sencillez, pero también con decisión, tenemos que aventurarnos a ser profetas en nuestra tierra; profetas de la salvación, profetas de la vida.

  

DÍA 29

   Hace unos años escuche en televisión a un personaje muy importante socialmente hablando. Estaba metido en una disputa pública donde se le había ofendido gravemente. A la pregunta del periodista sobre lo que pensaba hacer con respecto al daño moral que se le había hecho, respondió con rotundidad: “No lo perdonaré nunca”.

  En este mismo sentido, recuerdo que en el desarrollo de una reunión con un grupo de jóvenes, estábamos reflexionando sobre el sermón de la montaña, y al llegar a las palabras del Señor: “Amad a vuestros enemigos”, dos de ellos, un chico y una chica, alzaron la voz para decir que esto era incomprensible e irrealizable. No hubo modo humano de que comprendieran que ciertamente era posible.

  Pensando en estos ejemplos, y sin juzgar a estas personas, por su puesto; hemos de decir que un cristiano se distingue por su capacidad de perdonar. Es buen cristiano el que perdona de corazón, y el que perdona siempre.

  El perdón es la expresión más hermosa del amor; sólo se perdona cuando se ama; sin amor no puede haber perdón. La conciencia  de ser amado me lleva a la exigencia de amar a los demás como Dios me ama a mí. Si Dios me perdona, y me perdona siempre, mi respuesta ha de ser perdonar a los demás.

  No digo que esto sea fácil, de hecho, cada vez que rezamos el Padrenuestro pedimos: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”. Yo no sé, o no puedo perdonar, pero Dios en mí, sí. Hemos de pedir que nos enseñe y nos ayude a perdonar, porque solo desde el perdón podremos ser felices; un mundo feliz sólo será un mundo reconciliado.

  Hay que perdonar siempre, “hasta setenta veces siempre”, como le dice Jesús a Pedro. El perdón tiene que ser una palabra constante en mi vida y no una excepción. Saber pedir perdón, tener experiencia de ser perdonado será la mejor escuela para perdonar a los demás.

  Una vez me contaba una persona. “En la guerra lo perdimos todo, mataron a mi padre, nos injuriaron; sin embargo, de la boca de mi madre nunca salió una palabra de condena o de desprecio para el que nos hacía mal, todo lo contrario, nos enseñaba que hemos de perdonar para poder seguir viviendo. Perdonar como somos perdonados.

  

DÍA 30

   Uno de los aspectos que más se han destacado del último libro del Papa Benedicto XVI, la segunda parte de su “Jesús de Nazaret”, ha sido la exculpación de los judíos de la condena y muerte de Jesús. Durante siglos se ha visto en el pueblo judío el autor de la muerte del Justo. Nada de eso, en la muerte de Jesús no se pueden buscar culpables; el único culpable es el pecado, por eso murió Cristo.

  Jesús no era el enemigo de Israel, nunca tuvo conciencia de abolir la fe de su pueblo, pues ese pueblo era su pueblo, era lo que Él mismo había creído, rezado y vivido; no olvidemos que Jesús era judío. Jesús sólo propone la ruptura en la continuidad con la fe de Israel. Dios ha cumplido su promesa, ha sellado la alianza eterna en la sangre de su Hijo.

  Como leemos en el evangelio, y lo dice el mismo Señor: ha venido a dar plenitud. En la plenitud de los tiempos, Dios realiza su salvación tomando nuestra humanidad y mostrándonos la autenticidad del ser hombre. Con su muerte y resurrección comparte con nosotros la hiel de nuestra existencia y se hace capaz de compadecerse de nosotros, pues él mismo ha pasado por el sufrimiento y por la muerte.

  Lo que la ley de Israel anunciaba en el misterio, en Cristo se ha descorrido la cortina y se ha manifestado la esencia misma de Dios. Nos ha anunciado que Dios es amor, un amor que se nos da hasta el extremo, un amor que busca al hombre, un amor que encuentra y transforma, un amor que limpia y cura, un amor que vuelve a crear, un  amor que es eterno.

  El mandamiento del amor es la concentración y la plenitud de los mandamientos que Dios dio a Moisés. Aquellos sólo tienen sentido cuando se reciben como medios para amar a Dios sobre todas  las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. El que ama no puede hacer daño a quien ama, se cuida mucho de ofender al amado, procura su bien.

  Decía aquel hombre  con gracia: la palabra cumplimiento es un compuesto de otras dos: cumplo y miento. Para un cristiano cumplir los mandamientos es reconocer en ellos la voluntad de Dios y buscarla sabiendo que en ella, y sólo en ella, está la felicidad y la dicha que no se acaba nunca.

  Dice el salmo. “Tu Palabra me da vida”, escuchemos y cumplamos su Palabra pues ella nos dará la vida, la auténtica vida.

 

DÍA 31

    Todas las guerras, sin excepción, son malas; no hay ninguna contienda o división que traiga consigo algo bueno. Pero si estas guerras son civiles, son peores. Es la muerte entre hermanos; es la herida en la propia familia que no es fácil de curar; pasan generaciones y la herida está abierta, o se puede abrir si no la tratamos adecuadamente.

  Es evidente que no pretendo hablar de ninguna guerra concreta, ni introducirme por los difíciles vericuetos de la historia o la política.

  Me voy a referir a la guerra civil que muchas veces se da en nuestro interior. Sí, lo han oído bien, muchas veces la guerra civil está en mi interior. Es  la lucha entre lo que debería hacer y lo que, de hecho, hago; entre mis actos o actitudes y mi conciencia; en definitiva, entre el bien y el mal. En algunas ocasiones, esta realidad se traduce en una doble vida, ya sea en el pensamiento, en los deseos o en los propios actos. Pienso de una forma, pero demuestro otra para no caer mal; deseo hacer el bien, pero hago el mal; soy casado, o sacerdote, o religiosa, pero vivo como si no lo fuera. Esto es sencillamente una tragedia.

  En una sociedad permisiva, a los que muchos les gusta llamar tolerante, esto se ve como una consecuencia de la libre decisión de cada persona. Pero yo me pregunto: ¿esto hace feliz a alguien?, ¿lo hace feliz realmente?. Pues permítanme que les diga que creo que no; nadie es capaz de ser feliz con una doble vida, al menos de forma permanente. Si al principio puede ser tentador, y  hasta tomarlo como una aventura apasionante; a la larga, no dará más que un hombre dividido, sin unidad ni sentido; un ser que por moverse en dos aguas nunca pisa tierra firme.

  La unidad de vida que se asienta en la honestidad personal, en la coherencia, en la sinceridad para conmigo mismo y para con los demás, es el único camino de la realización personal, el único que hace hombres que saben asumir su vida, con lo que tiene de éxitos y fracasos, y darle un sentido. La unidad de vida es el único medio para tener paz en el corazón, la paz que nos hace vivir alegres, auténticamente alegres.

  Esto mismo podemos llevarlo a la fe, no podemos creer en Dios y vivir como si Dios no existiera. Ser cristianos es confesar, y también vivir según aquello que confesamos. 

 DÍA 1

   Hace unos días me encontré con una historia preciosa; es de un monje egipcio del siglo IV, San Macario, y dice así: “Un día, el abad Macario volvía del campo a su celda llevando unas hojas de palmera. En el camino, el diablo le abordó con una hoz queriéndole herir, pero no lo logró. El diablo le dijo entonces: Macario, padezco muchos tormentos por tu causa, porque no te he podido vencer. Sin embargo, hago todo lo que tú haces: tú ayunas, y yo no como nunca; tú velas, y yo no duermo jamás. Hay una sola cosa en la que me puedes. ¿Cuál?, preguntó Macario. Es tu humildad la que mi impide vencerte”. 

  El mal nunca se acompaña de la humildad, sólo el bien es portador de humildad. El mal siempre quiere herirnos y nos vence en nuestro propio campo. En la mentira, en la vanidad, en los malos deseos, en la soberbia se hace fuerte y nos vence; pero en la humildad nada tiene que hacer. Ser humilde, hacerse humilde es el mejor medio para que el mal no tenga fuerza en nuestra vida. Incluso en nuestras prácticas religiosas y en nuestra vida de piedad, también en la práctica del bien, si no las hacemos en la humildad, el Maligno tiene campo abonado para aprovecharse y vencernos.

  En el fondo, la mayor humildad siempre está en el amor, porque el amor es el reconocimiento del otro que es necesario para mí; es la aceptación del otro en mi vida, y la acogida cálida y generosa, abierto siempre a lo que me puede ofrecer. La humildad es saber que no estoy solo, que necesito de los demás.

  Por eso, solo el humilde puede reconocer a Dios y acogerlo en su vida. Sólo desde la experiencia de precariedad, de desvalimiento, sólo desde la necesidad existencial, se puede creer en la existencia de Dios que me levanta. El humilde siempre encuentra a Dios en todas las cosas, reconoce sus dones y le da gracias; sabe gozarse de todo, porque todo es gracia.

  María, en su cántico evangélico, lo proclamó así: “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Pues en el humilde, el mal, poco tiene que hacer.

 

DÍA 2

   Hoy hace seis años que murió el Papa Juan Pablo II. No es fácil olvidar el acontecimiento. En la plaza de San Pedro carteles que gritaban. “Santo subito”, es decir, santo ya. El pueblo, la vox populi, lo aclamaba como santo en el momento mismo de su muerte; reconocían en el Papa que desaparecía un hombre de Dios, ejemplo para este mundo. Fueron muchos los que en ese momento, y desde ese momento pidieron gracias por intercesión del primer Papa polaco de la historia de la Iglesia. Millones de hombres y mujeres de todo el mundo contemplaban la escena, que sabían histórica, oraban por aquel que presidió en la caridad la Iglesia católica durante más de un cuarto de siglo.

  Ante este hecho cabe preguntarse: ¿por qué esta respuesta de la gente?, ¿qué tenía de especial Karol Wojtyla?. Las respuestas pueden ser muchas y muy diversas.

  El Papa que venía del frío, de la desconocida Europa del este, tenía detrás de sí el impresionante testimonio de su propia vida, que recogía y resumía toda la vida del siglo XX. La vivencia de dos regímenes políticos de nefasta memoria, la experiencia del trabajo manual, sus dotes de actos y su amor a la cultura; la experiencia en el campo de la juventud. Y, sobre todo, una fe curtida por el sufrimiento, el rechazo y hasta la persecución, habían traido un verdadero testigo.

  Los años de su pontificado no han sido fácil, tampoco le han faltado las críticas; sin embargo, ha sido un incansable predicador del evangelio, hasta el último rincón de la tierra. La defensa del hombre y su dignidad, la centralidad de Cristo, el hombre nuevo y el compromiso por la justicia y la paz, la defensa de la vida desde su concepción a la muerte natural, son algunos rasgos de su ministerio como Sucesor del apóstol Pedro.

  Sin embargo, sus últimos años, el testimonio de una vida entregada hasta el final; la falta de miedo a mostrarse, con dignidad, en su desvalimiento y deterioro físico han sido el gran ejemplo para una sociedad que se cree poderosa. Frente a tantos maquillajes para ocultar lo que somos, la grandeza de la autenticidad.

  Juan Pablo II ha sido un testigo de Cristo, un hombre de Dios; así lo han visto millones de hombres y mujeres, y así lo reconocerá la Iglesia oficialmente el próximo día 1 de Mayo, con su Beatificación

  

DÍA 3

    El relato de la Samaritana que escuchamos en el Evangelio de hoy es una bonita catequesis en la que todos nos podemos sentir identificados.

   Jesús, partiendo de la sed natural, nos invita a descubrir otra sed más profunda. Es la sed del alma que está “sedienta de Dios”. Y partiendo del agua del pozo, nos ofrece otra agua que puede saciar definitivamente toda sed. La significación más profunda de la sed es el deseo de Dios. Lo que el hombre necesita no es tanto que Dios mande el agua sino que se deje beber, que nos de no un agua cualquiera sino el agua viva.

   Esta agua viva no la encontramos nosotros con nuestro ingenio o nuestras fuerzas. La fuente viene a nuestro encuentro, el agua se nos ofrece, se nos regala, es gratis. Lo único que se te pide es que la desees; que diga con la samaritana: “Señor, dame esa agua”. Ese deseo puedes llamarlo fe, puedes llamarlo amor: “amando te hallaré y hallándote te amaré”, como dice S. Anselmo.

   Jesús ofrece el agua, Él que había experimentado toda la sed del mundo, que pide un poco de agua a la samaritana y manifestó su sed en la cruz, nos ofrece ahora el agua viva, la que verdaderamente puede saciar toda nuestra sed y colmad todos nuestros deseos. Él es la fuente inagotable, la roca que golpeada por Moisés se convirtió en venero, como su corazón golpeado por la lanza del soldado. El agua sale siempre del corazón. Todas las fuentes tienen su origen en el corazón.

  Pide a Cristo que te de su agua, pero pídelo con gran deseo, acércate a Cristo, la fuente. Ya sabes cómo, por la fe. “El que cree en mí nunca tendrá sed”. Acércate y bebe, gratis, de la fuente. Acércate con agradecimiento y amor.

  Y bebe, es decir, cree, ama. Pero no seas sólo un vaso que recoge y guarda el agua. Tienes que ser canal que puede llevar agua a otras tierras sedientas. Fue lo que hizo la samaritana, que se convirtió en apóstol del Mesías. Pero no basta que seas vaso o canal, estamos llamado a ser manantial, que el agua brote en nosotros mismos, porque nos hemos esponjado del agua viva de Dios. 

Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix