REFLEXIONES DEL OBISPO DE GUADIX EN EL PROGRAMA ALBORADA DE RNE

PROGRAMA ALBORADA DE RNE

SEMANA 25 DE ABRIL AL  1 MAYO DE 2011

 DÍA 25

   Ayer, domingo de Pascua de resurrección, terminó la Semana Santa, sin duda la semana más grande de todo el año cristiano. Nuevamente comienza la vida ordinaria, el quehacer de cada día; los que lo tiene vuelven al trabajo como los niños y jóvenes a los colegios. Todo continúa igual, como si nada hubiera pasado.

  Pero sí ha pasado, ya nada es igual. Después de la resurrección de Jesucristo ya nada es igual que antes. Ahora todo tiene un sentido nuevo, todo es posible porque la mayor amenaza sobre el hombre que es la muerte ha sido vencida. Las dificultades, las debilidades propias y ajenas, los sufrimientos, cualquiera que sean los problemas son solo una anécdota, algo pasajero; no tiene ni tendrán la última palabra. La última palabra la tiene la vida. Siempre he pensado que lo mejor del cristianismo, la grandeza de ser cristiano, es que conocemos cual es el final de nuestra historia y de la historia en general; el fin es la victoria. Así, como dice San Pablo, todo lo podemos en Aquel que nos ha amado.

 

  Si alguien tiene la tentación de pensar, ¿y qué?, ¿todo esto en qué afecta a la vida, a mi vida?. La respuesta es sencilla: cambia toda tu vida. Hace que cada día te levantes con esperanza, que confíes en que todo puede cambiar; que mires a las personas que te rodeen, tus circunstancias, la vida de la sociedad con confianza. Nada hay que puede llevarte a la desesperación. No te digo que se te hayan acabado los problemas, o que desde ahora te puedes desentender de ellos. Nada de eso. Significa que todo esto, también lo negativo, está lleno de resurrección. Como decía aquel periodista centroamericano amenazado de muerte: “no estamos amenazados de muerte, estamos amenazados de resurrección”. Y el mismo Señor nos dice que no temamos a los que pueden matar el cuerpo.

  En estos días hemos hecho memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, y hemos comprobado una vez más hasta donde llega la fuerza del amor; hemos experimentado la fuerza transformadora que tiene amar de verdad, amar hasta las últimas consecuencias, hasta entregar la vida. Pues ese, y sólo ese, es el camino de la felicidad.

 DÍA 26

   Si tuviera que  titular esta reflexión mañanera, la titularía: “La fuerza de la unidad, la fuerza de un pueblo”. Y les contaré una experiencia que he conocido y vivido en estos días.

  En dos pueblos de esta diócesis de Guadix; uno se llama Lanteira, en el Marquesado del Cenete, al pie de Sierra Nevada; y el otro, Cuevas del Campo, al pie del Jabalcón y tocando con la provincia de Jaén, se celebran dos representaciones de la pasión de Jesús de Nazaret.

  La de Lanteira es una representación antigua, se remonta a finales del siglo XIX, construida en verso. Desde hace diecisiete años no la habían representado. Es una puesta en escena sencilla y muy cuidada; los personajes son creíbles y el texto es hermoso, se unen la fidelidad a los textos evangélicos y al contenido de la fe con exhortaciones espirituales y morales. Lanteira es un pueblo de unos 800 habitantes, 70 son los actores y unas dos mil espectadores.

  La de Cuevas del Campo es una representación espectacular con un marco más espectacular. Todo el pueblo es el escenario. Siguen el itinerario de la pasión según San Mateo, completado con algunos datos y detalles que cuenta San Juan. Son varios los cientos de personas que participan como actores y varios miles los que la siguen cada año. Me decían los responsables: el pueblo se convierte en esos días en Jerusalén. Todo el pueblo está ambientado según la época de los evangelios.

  Está claro que estas iniciativas nacieron y perviven con fines religiosos, de evangelización. Es una forma popular de llegar con el evangelio al pueblo; es la Iglesia que sale a la calle; la biblia de los pobres y los sencillos. Los que no entrarán en la Iglesia se encuentran con Jesús y su evangelio en plena calle. Este es el fin, en definitiva, de toda piedad popular.

  Pero si esto es importante, no lo es menos, la fuerza que tienen estas iniciativas para unir a un pueblo. En esos días todo el pueblo es uno, preparando lo que sin duda es un acontecimiento, un signo de identidad; cualquier circunstancia que podía dividir  no existe en ese momento. Tampoco hay diferencias generacionales; desde los niños, pasando por los jóvenes, hasta los más ancianos están metidos en un mismo proyecto.

  Pues, si esto es así, yo me pregunto: ¿por qué no se potencian estas acciones que nos unen, en vez de aquellas que nos separa, y hasta nos enfrentan?.

 

DÍA 27

   Nos cuenta hoy el evangelio, la experiencia de los discípulos de Emaús; una experiencia que bien podía ser la de cualquiera de nosotros. Es muy fácil identificarse con estos personajes, de los que sólo conocemos el nombre de uno: Cleofás.

  El caso es que estos dos hombres volvían de Jerusalén hacia Emaús, su pueblo. Iban hablando por el camino de la dura experiencia de fracaso que habían vivido estos días pasados en Jerusalén. Se habían incorporado al grupo de discípulos del galileo de Nazaret, Jesús. Y ellos creían que este iba a ser el liberador del Israel, el Mesías esperado. Pero todas sus ilusiones y esperanzas se han quedado en Jerusalén, Jesús ha sido crucificado como un malhechor y ha muerto. Estos hombres está decepcionados, sus esperanzas se han quedado colgadas de una cruz. El relato parece transmitirnos que les pesan los pies, que siente vergüenza de llegar al pueblo diciendo que se equivocaron. Es una afrenta ante sus paisanos, se mofarían de su ingenuidad.

  Y en esto, junto a ellos se pone un hombre, otro caminante, anónimo. Y les pregunta sobre la conversación que traen por el camino; esta pregunta los sume más en la desesperación; ellos que pensaban que los acontecimientos de Jerusalén eran importantes, y este que viene de allí no sabe nada.

  Pero el anónimo caminante, con su Palabra,  va a hacer brotar en ellos la esperanza; les cuenta todo lo que han vivido desde un nuevo horizonte, les abre los ojos para que puedan entender. Y su corazón ardía al oír a este hombre.

  Y lo demás llega con el don de la hospitalidad. Al llegar a Emaús le piden que se quede con ello, y es al calor del hogar donde el caminante realizará el gesto que lo identifica, partir el pan. Y en ese momento se les abrieron los ojos y entendieron; reconocieron que el compañero de camino es Cristo mismo.

  Bonita historia, bonita lección. Cuando caminamos tocados por el cansancio o la decepción; cuando la vida nos ha herido y vamos de vuelta de todo, siempre hay un compañero que camina con nosotros, no lo vemos pero está. Hemos de dejarnos enseñar por él, dejarnos que nos explique nuestra historia, pero desde su horizonte. No lo dejemos pasar, se debe quedar en nuestra casa, en nuestra vida; debe partirnos el pan, porque siempre se le reconoce al partir el pan.

  ¡Ah!, curiosamente, aquellos hombres cansados, volvieron a subir al Jerusalén, a la comunidad, para anunciar que habían visto a Jesús, y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

DÍA 28

   Llama la atención la transformación el cambio que se opera en los discípulos de Cristo a raíz de la resurrección y de la venida del Espíritu Santo. Hombres sencillos como era, pronto los encontramos en el centro del mundo conocido: Roma. Por la predicación y el testimonio apostólico el Evangelio se difunde en todo el mundo conocido, en buena parte en lo que hoy conocemos como Europa. Desde su nacimiento la fe cristiana ha ido impregnando el ser de nuestros pueblos, se ha encarnado en las diferentes culturas, ha sobrevivido a los cambios de régimen. Podemos decir objetivamente que el cristianismo es parte de la esencia de Europa.

   Basta pensar en la arquitectura, en las imágenes o en la pintura; qué decir de la literatura, del lenguaje, de las costumbres y tradiciones, o de nuestra misma filosofía de vida. Cómo sería Europa sin el  pensamiento de S. Agustín o Santo Tomás de Aquino; sin la belleza del Renacimiento italiano o sin las catedrales góticas francesas; cómo pensar Europa sin la riqueza de los iconos orientales o sin el Cántico Espiritual de S. Juan de la Cruz. Y estos no son más que manifestaciones de una fe, de un alma.

   Las conquistas a favor de la dignidad del hombre, ¿se podrían entender sin el cristianismo, sin su visión del hombre?. ¿No son los misioneros salidos de Europa los que, junto a la fe en Cristo, han llevado a todos los puntos de la tierra el respeto a la vida y a la dignidad de todo hombre?. 

   Europa sin las huellas del cristianismo no sería Europa.

   Es lícito ante este hecho preguntarse, ¿qué Europa se quiere construir?; ¿construiremos una Europa para el futuro sin alma?. No creo que a los hombres los pueda unir la economía, ni los intereses comunes, tampoco las ideas. Tendremos una Europa unida si construimos una Europa con alma, fiel a su origen, respetuosa en su pluralidad y firme en su identidad.

   Para hacer posible esta Europa tendremos que afianzar nuestras raíces cristiana, en definitiva,  nuestra identidad. Negar la historia es negarse a sí mismo.

   Los apóstoles nos recuerdan cuál fue el aliento de vida que hizo nacer un mundo nuevo, el que hizo posible la Europa de ayer, la de hoy y la de mañana.

 

DÍA 29

   Hoy celebra la Iglesia la memoria de santa Catalina de Siena, una de las tres doctoras de la iglesia, junto con las dos carmelitas, Teresa de Jesús y Teresa de Lisieux.

  Cuando la Iglesia otorga a un santo o a una santa el título de doctor o doctora, lo hace como reconocimiento de su vida y obra; su doctrina tiene el rango de un de verdadero magisterio, que lo es para los creyentes de todos los tiempos.

  En Catalina, como en las dos teresas, encontramos la grandeza de las mujeres fuertes de la Escritura. Ellas son el ejemplo de lo mejor y más profundo de la feminidad. La mujer une la pasión y la ternura, la fortaleza y la suavidad. La mujer es emprendedora y arriesgada, no tiene miedo ante las dificultades y se lanza a la renovación con empeño.

  En la historia de la Iglesia hay una corte de mujeres santas que han sido testimonio de la radicalidad del evangelio; desde María Magdalena hasta Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, son millares las mujeres que han transformado la vida de la Iglesia, y con ello también el mundo en el que vivieron.

  En la Iglesia no se debe plantear el tema de la mujer en clave de lucha o reivindicación; la ideología de género no es el criterio para entender lo femenino en la Iglesia, o en el mismo cristianismo. Es desde la creación, desde la igualdad fundamental de todos los hombres y su dignidad, desde el marco que hemos de plantear el tema de la mujer.

   Para la fe cristiana, la persona humana de mayor grandeza es María, la Madre de Dios, una mujer. Ella, una mujer, ha sido instrumento y medio por el que Dios ha realizado la salvación de los hombres. Es una mujer la primera discípula de Jesús, y la que ha elevado el rango de la maternidad a lo más sublime, pues en su seno ha concebido al mismo Hijo de Dios.

  Jesús, en el evangelio, utiliza siempre la expresión “mujer” como título de grandeza y dignidad. Llama mujer a su madre, y también a la Magdalena, a la que con el perdón le ha restituido la dignidad que había perdido por el pecado.

  Catalina de Siena, y todas las mujeres santas, con su testimonio nos recuerdan que la grandeza del hombre está en vivir según el plan y la voluntad de Dios.

  

DÍA 30

   Mañana, domingo de la octava de las Pascua, e instituida por el Papa Juan Pablo  II, se celebra en la Iglesia la fiesta de la Divina Misericordia. El Papa polaco era muy devoto del carisma de santa Faustina Kowalska. Siendo joven había ido muchas veces hasta el santuario de la Divina Misericordia para rezar. En los momentos duros de la ocupación, primero nazis y después, comunista, había elevado la mirada y elevado su oración pidiendo la misericordia de Dios sobre el mundo entero.

  Me impresionaron sus palabras en uno de sus libros autobiográficos cuando afirma que siempre tuvo la convicción de que el mal del mundo, por muy grande que fuera, tendría siempre un límite, y ese límite es la misericordia de Dios.

  El mal no es absoluto ni eterno; siempre hay un límite al mal, la misericordia de Dios. La misericordia es el estilo, el modo de amar de Dios. Es la justicia vista desde Dios que supera la pura justicia humana que dice dar a cada uno lo que le corresponde. Dios nos da, en su justicia, también lo que no nos corresponde. Esa es la misericordia.

  Esta misericordia nos muestra el corazón mismo de Dios, sus entrañas. En su misericordia somos acogidos y en ella encontramos el regazo en el que descansar, la casa donde vivir y la patria de nuestra identidad.

  Es importante que los hombres y mujeres de nuestro tiempo sepan que hay alguien que los quiere, que hay misericordia para el que se equivoca y para el que se cae; que siempre es posible empezar de nuevo, que hay alguien que nos espera y está siempre dispuesto al perdón, simplemente, porque nos quiere. En medio de las durezas de la vida, de las soledades, de las incomprensiones, siempre hay un abrazo, una sonrisa, un corazón, el de Dios que es Padre de misericordia.

  Recuerdo unas palabras de santa Faustina: todos los pecados del mundo y de la historia, no son más que una gota de agua en medio del océano de la misericordia divina. La verdad es que estas palabras impresionan. Saber que todo el mal no es más que una gota en una inmensidad de misericordia y amor. ¿Quién puede hacer que nos ahoguemos en una gota, si hay un océano de gracia que nos acoge?. Nada está perdido, todo está ganado, porque Dios nunca se deja vencer en generosidad.

 

DÍA 1

   El pasado día 2 de Abril, se cumplieron seis años de la muerte del Papa Juan Pablo II. Aun suenan en nuestro interior los ecos del acontecimiento, sin duda histórico de su entierro. Cómo no recordar aquellas pancartas en las que se leía: ¡Santo subito!, ¡Santo ya!.

  El tiempo ha pasado de prisa, y hoy, día primero de mayo, en la plaza de San Pedro, vamos a ser testigos de la beatificación de este hombre de Dios. Su sucesor, y uno de sus colaboradores más íntimos, el Papa Benedicto XVI lo declarará bienaventurado y lo inscribirá en la lista de aquellos que han vivido las virtudes de un modo heroico, por lo que son un ejemplo para todos los que queremos ser buenos cristianos. Son nuestros intercesores junto al trono de Dios.

  La figura de Juan Pablo II ha marcado una época. Es el hombre elegido por Dios para conducir a la Iglesia hasta este tercer milenio de su historia; y así llevó a la Iglesia con decisión, no la del poder humano, sino la de la fuerza que brota de la fe, una fuerza interior que lo hizo signo y testimonio de un mundo nuevo. No es esta tarea fácil, tampoco para los santos. Pero los santos no temen, están seguros porque confían en Dios.

  Un largo pontificado para una época difícil que cubrió con valentía y gallardía. Heredero del Concilio Vaticano II, del que fue protagonista; continuó con la herencia de sus predecesores, dando al pontificado romano una impronta personal incuestionable.

  Era un papa venido del este, de una cultura eslava, con una experiencia vital sin precedentes: victima de los dos grandes sistemas totalitarios del siglo XX; obrero y actor; con una vasta cultura y una espiritualidad recia,; todo esto hacía de él un personaje insustituible en esta etapa de la historia.

  No quiso quedarse en Roma, llegó varias veces a todos los rincones del mundo; en medio de críticas y contestaciones anunció a Jesucristo, predicó su evangelio, defendió al hombre y su dignidad, y denunció todo aquell que atenta contra la obra de Dios. Profeta de nuestro tiempo, alzó la voz en nombre de los que no la tienen porque se les ha privado de ella.

  Y el pueblo que es sabio, lo aclamó santo. Hoy la Iglesia así lo reconoce. Se cumple aquello de “vox populi, vox Dei” – “la voz del pueblo es la voz de Dios”.

  Beato Juan Pablo II, intercede por nosotros y por el mundo entero. 

Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix