Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 14 de noviembre de 2021

 

Cuando va finalizando este Año Litúrgico que comenzamos en el Adviento pasado y que concluiremos el próximo domino, en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, en este domingo de hoy nos encontramos con un pasaje evangélico que recoge una de las profecías de Jesús y que tiene rasgos apocalípticos. El capítulo 13 de Marcos es un anuncio de los acontecimientos últimos y definitivos que preceden a la segunda venida del Señor. Estos versículos que hoy reflexionaremos, hablan, sobre todo, más que de un fututo, del presente que tenemos en nuestros días y del comportamiento que hemos de tener desde la fe.

¿Cuáles son esos comportamientos y actitudes? Ante los conflictos políticos y religiosos de la historia se nos invita al discernimiento, que es la capacidad de hacer una lectura de los acontecimientos en claves de fe; ante la venida del Hijo del Hombre se nos invita a tener esperanza; y ante el presente que nos toca vivir se nos invita a la vigilancia, es decir, a no relajarnos ni distraernos.

Pongámonos en el contexto de la época en la que se escribe este relato, un momento muy complicado y de temor para las comunidades cristianas que se sienten perseguidas y en el que muchos de sus miembros han sido martirizados públicamente, intensificándose la opresión del imperio romano sobre los judíos y, especialmente, los cristianos. Dada estas experiencias de fracaso, dolor y pesimismo, las comunidades cristianas se apoyan, para llenarse de esperanza y vencer su abatimiento, en las promesas hecha por Jesús sobre la llegada de la salvación, la implantación plena del Reino de Dios y la venida del Hijo del Hombre.

La venida del Hijo del Hombre viene descrita como la victoria del Señor que supera todo obstáculo y que llegará a la tierra incluso contra todo pronóstico, describiendo el final de este mundo material para anunciarnos el final de otro mundo: el del pecado y de la muerte. Todo este anuncio no debemos entenderlo en claves catastróficas sino como el inicio de un cambio en el que Dios se impondrá al mal y disfrutaremos de su presencia bondadosa para siempre.

Ahora bien, sabiendo ya lo que sucederá, lo que se despierta en los discípulos y en el lector de todos los tiempos es la necesidad de saber el cuándo sucederá. Jesús no da la fecha concreta, sino que, apoyado en la parábola de la higuera, nos indica la inmediatez y cercanía de estos sucesos; y que en el hecho de que sus palabras no pasarán, aunque todo se transforme con el paso de los siglos, tenemos la certeza de que lo anunciado llegará sin dejar de formar parte del misterio. Este saber del futuro sin una certeza y precisión total es la llamada de atención que nos hace el Señor para que estemos en constante y permanente vigilancia.

Dios va siempre por delante, nos sorprende y no lo podemos controlar a Él ni sus decisiones, lo que exige de nuestra parte un saber esperar en confianza, mucha confianza. Dios nos habla a través de los acontecimientos y de las experiencias que nos tocan vivir en el día a día de nuestra vida junto a las personas que se cruzan en nuestro camino. Nada es casual y todo depende de Dios que interviene, no como esperaríamos nosotros. Tampoco se hace totalmente visible, permaneciendo siempre en el misterio que requiere de nuestra fe y de nuestra confianza, lo cual se traduce en la fidelidad de no abandonar nuestro amor, nuestra confianza y nuestra esperanza en el Señor por grandes que sean las pruebas, por mucha ausencia y silencio de Dios que notemos y por muy grandes que sean nuestras debilidades y falta de fuerzas.

Ni la enfermedad, ni la crisis económica, ni la pandemia, ni las guerras, ni el hambre, ni la muerte de seres queridos, ni los fracasos… nos deben apartar de la fe, más bien nos han de fortalecer en ella, porque antes de la victoria vendrá la derrota, antes de lo nuevo desaparecerá lo viejo, antes de la alegría sentiremos la tristeza y el llanto… pero nada nos privará de la palabra del Señor y de su cumplimiento: resucitaremos con Él y viviremos con Él para siempre, quedando atrás todo lo sufrido, todo lo llorado, todo lo temido, todas las heridas…

Para los que tenemos fe, nuestra esperanza no es una felicidad sin más, sino que lo es el mismo Señor, y, a su vez, para quienes lo amamos y deseamos de verdad, el poder estar con Él de forma definitiva: esa es nuestra única felicidad, nuestra única vida y nuestra única salvación. Por tanto, que te falte todo menos la fe que te llena de esperanza en Él.

Emilio José Fernández, sacerdote

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