Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 31 de octubre de 2021

El pasaje del Evangelio de este domingo está situado en un contexto polémico que viene precedido por la controversia que se va dando ante la autoridad de Jesús, cuestionada previamente en los textos que le preceden y en los que fariseos, herodianos y saduceos, que defienden la Ley a ultranza, entran al enfrentamiento con el Maestro. Los dirigentes y guías políticos y religiosos son los que confrontan con Jesús, mientras que el pueblo sigue sus enseñanzas, lo que irrita más a los primeros.

En el relato de hoy vemos cómo ponen a examen a Jesús sobre lo que era considerado el corazón de la Ley dada por Dios a Moisés, y al mismo tiempo se trataba de un asunto delicado que, si dabas indicios de contradecir y no respetar, podía costarte la misma vida. Podía tratarse de una pregunta trampa para Jesús, pero quien le plantea la pregunta a Jesús sobre cuál es el primer y principal mandamiento de todos, parece hacerlo con la buena fe de que Jesús aclare y ponga fin a las dudas que muchos tienen de Él sobre su opinión acerca de los mandamientos.

Todo este debate que los líderes religiosos tenían sobre los mandamientos estaba en el sentir del judaísmo por la abundancia de leyes y preceptos que se habían ido añadiendo con el paso del tiempo (365 prohibiciones y 248 prescripciones) y que asfixiaban a mucha de la gente sencilla que no podía cumplirlas todas y a quienes se les convertía en una carga pesada en la conciencia, en sentirse y ser considerados impuros, es decir, impresentables ante Dios. Todo este complejo sistema legal lo que finalmente hace es hacer sentirse a una gran parte de la población menos libre. Lo cual despierta la necesidad de hacer una jerarquización de las normas y leyes, de ordenarlas de más importantes a menos, y es aquí donde nos encontramos en la discusión de grupos y escuelas de rabinos que no se ponían de acuerdo. 

La postura de Jesús es bien clara, no estaba de acuerdo con ese exagerado legalismo que distorsionaba la imagen de Dios, de la Alianza y de la condición humana de sentirnos libres y liberados por Dios. Por lo que ahora el Maestro tiene la oportunidad de expresarse y exponer su pensamiento abiertamente.

Jesús es original en su respuesta al lograr sintetizar y reducir ese desmesurado número de normas y leyes en una con un punto doble, como si se tratase de una misma moneda con dos caras: fusiona el amor a Dios con el amor al prójimo, presentando ese amor como el centro y el núcleo de todo. Une dos mandamientos fundamentales y les da la misma importancia, haciéndolos inseparables. 

Jesús ha puesto a la misma altura a Dios y a la persona, y el amor a ambos es lo más grande que tiene que hacer el ser humano. En el amor a ambas realidades está nuestra salvación que nos la jugamos a diario. El amor a Dios y a los hermanos es la síntesis y el principal mandamiento de Dios para los cristianos. En la Encarnación de Jesucristo, el Hijo se ha hecho hombre y la humanidad ha quedado unida al Dios que se ha humanizado para siempre.

El amor no sólo es un sentimiento sino una forma de vida. El amor es la forma de vivir de Jesucristo, que pasó por este mundo haciendo el bien, y vivió el amor hasta el extremo y hasta llevarlo a las últimas consecuencias. Dios nos ha creado para amar, amarlo a Él y en los hermanos, en los que más amor necesitan: los pobres que necesitan ayuda, los marginados que necesitan comprensión, los ancianos que necesitan compañía, los enfermos que necesitan ser curados, los emigrantes que necesitan acogida… Todos necesitamos amar y ser amados, no como necesidad humana sino como forma de haber descubierto en ti el amor de Dios. El mandamiento era entendido en el Antiguo Testamento como una norma obligada de cumplir, pero en el Evangelio es una invitación, un encargo que el Señor nos pide para identificarnos con Él.

El amor a Dios no nos excluye ni nos aparta de los demás, y sin haber aprendido a amar como lo hace Dios, buscaremos el interés desde nuestro egoísmo. Amar a Dios con todo el corazón y con todo el ser, es amarlo sin cortapisas, sin poner condiciones y sin pedir nada a cambio. El amor al prójimo, a la persona, al otro que es tan humano como yo, con grandezas y con miserias, tiene que ser un amor que no me ponga a mí el primero, que no me encierre en mí mismo. Y ese amor al hermano es lo que le importa y satisface a Dios de mí, más que todas las promesas, ofrendas y regalos que podamos hacerle. Dios no entiende otro lenguaje que no sea el amor, por eso Dios es de silencios cuando toman voz sus acciones, siempre llenas de amor: en la cruz calla y muere por ti y por mí, por amor.

Emilio José Fernández, sacerdote

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