Domingo XXVII del Tiempo ordinario. Ciclo B. 3 de octubre de 2021

Nos encontramos nuevamente a Jesús en ese diálogo que viene manteniendo y que va acompañado de un mensaje con el que intenta instruir a sus seguidores y a los cristianos de todos los tiempos, ofreciéndonos un modelo nuevo de comunidad y de convivencia.

En esta ocasión el encuentro se produce con el grupo religioso judío conocido como los fariseos, que se consideraban ortodoxos y fieles cumplidores de la Ley de Dios. Por eso vienen a plantear a Jesús una pregunta que contiene una intención maliciosa de ponerlo en evidencia y acusarlo de confundir a la gente y de ponerla en contra de la voluntad divina. Ante la pregunta de que si es o no lícito que un hombre repudie a su mujer, Jesús no va ha responder nada que esté en contra de la Ley pero sí va a aprovechar la ocasión que se le ofrece para ir al fondo de la cuestión, donde el problema no es el repudio del hombre hacia la mujer sino la desigualdad de derechos entre el hombre y la mujer que había en la sociedad de aquel tiempo, donde la mujer estaba siempre desprotegida, desvalorada y discriminada. Se trata de una sociedad en la que el hombre gozaba de tener todos los privilegios, derechos y favoritismos.

El matrimonio tiene una dimensión social en todas las culturas y los pueblos, con una serie de derechos que reconocen la unión entre un hombre y una mujer. Esta unión se produce por un pacto entre las familias de los esposos o entre los mismos esposos, y en el que no siempre la mujer está al mismo nivel del hombre y en ocasiones sólo se le considera por su capacidad reproductora.

Desde el punto de vista religioso, el matrimonio para los judíos es la voluntad de Dios desde el mismo instante de la creación de la humanidad, por el cual, el hombre y la mujer fueron creados para esa unión entre ellos, y que Dios bendice. Para Jesús, esa unión ha de estar sostenida por el amor entre los esposos y que lleva a la fidelidad y a la entrega mutua, como una vocación vivida en una igualdad entre el hombre y la mujer que va más allá de toda reivindicación feminista, porque, ante todo, esa igualdad lo que busca es el bien mutuo. Por eso Jesús, lo que está indicando también es que en la comunidad cristiana que él nos propone, a diferencia de otros grupos humanos en los que los hombres tienen todo el poder y los derechos y en los que la mujer no cuenta para nada, el hombre y la mujer viven en igualdad y son tratados en igualdad. Por consiguiente, Jesús nos propone una comunidad en la que todos tengamos los mismos derechos, en la que nadie se sienta discriminado y todos nos amemos los unos a los otros, porque precisamente es el amor la Ley principal. De esta forma Jesús da acogida a la mujer, que en su tiempo estaba marginada y excluida en algunos de los casos. Aquí tenemos, una vez más, un ejemplo de cómo Jesús tiene preferencia por los más débiles, desprotegidos y desfavorecidos de la sociedad y de las comunidades.

En esta misma línea, la segunda parte del texto de este pasaje del Evangelio insiste en lo mismo, pero esta vez poniendo como protagonistas a los niños, que en la sociedad y en las familias de la época no tenían derechos, no se les consideraba ni eran valorados. Cuando los discípulos intentan impedir que un grupo de niños se le acercaran, vemos cómo Jesús, con una serie de gestos (abrazos, bendición e imposición de manos), muestra su preferencia, amor y ternura hacia ellos que representan nuevamente a los más débiles, desprotegidos y desfavorecidos de la sociedad y de la misma comunidad cristiana.

Así, pues, Jesús nos propone un nuevo modelo de comunidad a los que nos consideramos sus seguidores y nos propone un nuevo modelo en las relaciones humanas, el cual viene fundamentado en el amor que él nos tiene y nos muestra especialmente en la cruz, que conlleva la acogida, la entrega, la solidaridad, el perdón… El amor es lo que tiene que mover nuestras vidas y ha de estar presente en la relación que viven los esposos, la familia, los amigos y la comunidad creyente. Y donde hay amor, se vive y se defiende la igualdad.

Emilio José Fernández, sacerdote

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