Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 11 de septiembre de 2022

Lucas nos presenta tres parábolas que solo aparecen en sus escritos y que responde a una de las principales temáticas de su evangelio: la misericordia de Dios que Jesucristo nos revela.

Ya desde los comienzos de su ministerio público Jesús ha ido escandalizando con su palabras y obras a los grupos religiosos más fundamentalistas del judaísmo, ya que Jesús se ha acercado y ha acogido a quienes social y religiosamente eran marginados y considerados impuros.

La parábola de "la oveja perdida", la de "la moneda perdida" y la de "el hijo pródigo" nos muestran una única enseñanza: que para Dios no todo pecador y alejado de Él está perdido, sino que Dios siempre se esfuerza por la reconciliación, por encontrar y recuperar lo perdido y alejado.

¿Y por qué Dios actúa así? La respuesta nos la da Jesús a través de las mismas parábolas: porque cada uno de nosotros somos lo más valioso para Dios Padre. Dios nos ama de manera colectiva y de manera individual. Nos ama tanto que lo que más le duele es que tú no le ames, aunque haya muchos otros de sus hijos que lo amen.

Estas parábolas, dirigidas a letrados y fariseos, tienen la doble intención de que los discípulos del Maestro también las conozcamos y las meditemos, para que la comunidad cristiana tampoco rechace a los pecadores ni a los alejados de la fe. Hay un interés muy grande en mostrarnos a nosotros la misericordia del Padre, misericordia que también se manifiesta en el mismo Jesús, para que también nosotros seamos misericordiosos: perdonemos, nos dejemos perdonar y acojamos a los demás. Hemos de ser misericordiosos porque Dios lo es con nosotros; porque no somos mejores que los demás, aunque tengamos fe, cumplamos con los preceptos religiosos, hagamos obras de caridad… Si no amamos con misericordia como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, aunque nos creamos con méritos para estar cerca de Dios, estaremos alejados de su corazón.

No siempre estamos a la altura de lo que Dios espera de nosotros. No siempre cumplimos sus deseos y en muchas ocasiones nos podemos alejar de Él hasta sin darnos cuenta. Por eso necesitamos de su misericordia.

En las comunidades cristianas, en las familias, y en todo grupo humano la convivencia saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Es difícil vivir la fraternidad, el amor y el perdón. Por eso hay tanto sufrimiento humano a consecuencia de las envidias, enfrentamientos, chismes, etc. de los unos con los otros. Sólo la misericordia repara, sana, cura y alegra. Dios hoy nos da la clave, pero mientras nosotros no pongamos de nuestra parte con nuestra conversión personal, las heridas que provoca el pecado de cada uno convertirán en un infierno lo que debiera ser un banquete.

Emilio José Fernández, sacerdote
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