Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 5 de septiembre de 2021

Jesús sigue su peregrinar y su tarea de anuncio del Evangelio y del Reino de Dios por lugares con una población considerada poco religiosa y en tierra de paganos. El texto de hoy, del evangelista Marcos, nos pone nuevamente ante la escena de una actuación extraordinaria de Jesús, en la que una vez más vemos su interés por el ser humano y su poder misericordioso que devuelve la salud a un enfermo que tenía problemas para poder comunicarse con los demás, lo cual le dificultaba en sus relaciones con los demás y en el poder llevar una vida con total normalidad.

El que se va a beneficiar va a ser un sordo que al mismo tiempo también tiene dificultad para hablar. La enfermedad produce debilidad y tristeza, aislamiento de la propia persona, marginación…, pero además una conciencia de culpa por considerarse algunas de las enfermedades fruto del pecado, como consecuencia, el sentirse castigado y rechazado por Dios.

El sordo y mudo, dentro de la mentalidad religiosa judía, es también considerado de manera simbólica todo aquel que no conoce la Ley de Dios, y no sólo porque sea pagano, y el que se encierra en sí mismo. Para las comunidades primitivas cristianas es todo discípulo del Señor que muestra su incapacidad a acoger las enseñanzas del Maestro. Por eso es Jesús el que ha de abrirles los oídos del corazón y les destrabe la lengua, para que escuchen la palabra de Dios y puedan ser buenos testigos y mensajeros del Evangelio.

El siglo veintiuno es considerado el tiempo de las comunicaciones sociales, por lo que se supone que estamos más y mejor informados que nunca. Pero a pesar de ello son muchos, incluidos cristianos, los que no escuchan la palabra de Dios, la desconocen y no le dan el valor que se merece. El sordo es también el que no escucha a sus semejantes desde una actitud dialogante y no impositiva. El sordo es el que no se deja aconsejar ni orientar porque cree que lo sabe todo y vive desde el individualismo y aislamiento. El sordo es también el que no tiene sensibilidad ante el sufrimiento y el drama de la humanidad, de sus semejantes y de su prójimo, desentendiéndose de todo lo que no le afecte a él directamente. El mudo es el que no ora y no se comunica con Dios ni tampoco lo hace con sus hermanos, es aquel que silencia las injusticias por el miedo de salir perjudicado. Es el que por miedo también no da testimonio de su fe y deja de ser profeta de su época.

Cristo aparece una vez más como el liberador de todo lo que nos oprime y de lo que no nos deja realizarnos como personas y como creyentes. La Iglesia tiene que ser anunciadora del Evangelio, aunque social y políticamente se lo quieran impedir en muchos de los ambientes humanos. Y cada uno de nosotros, en nuestra comunidad cristiana, no podemos ser pasivos: tenemos que hablar y ser escuchados, porque se trata de un derecho de todo cristiano, de todo hijo de Dios.

La fe en Jesús nos libera de la soledad y del individualismo, porque nos integra en la comunidad de los discípulos de Jesús, en la Iglesia, y nos hace ser mensajeros, que primero escuchan la palabra de Dios, la viven, y luego la anuncian para que ese milagro realizado por Jesús se siga sucediendo día a día y cada vez haya menos sordos y menos mudos. Déjate sanar por Jesús, para luego unirte a Él y colaborar en esa sanación de cada hombre y mujer.

Emilio José Fernández, sacerdote

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