Domingo XXII del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 30 de agosto de 2020

Para descubrir el mensaje del Evangelio de este domingo, primero, debemos situarlo en su contexto: Este evangelio es continuación del de la semana pasada, en el que Jesús preguntaba a sus discípulos: “Y vosotros, ¿Quién decís que soy?”. Y Pedro respondía: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”; es decir, Pedro, hace una confesión de fe. Y terminaba diciendo Jesús a Pedro: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

La declaración de Pedro, el anuncio de la pasión y la llamada al seguimiento forman una unidad, se entienden uno a partir de los otros.

Y una vez aclarado el contexto, podemos decir que en el evangelio de este domingo, las radicales palabras de Jesús a seguirle resultarían incompresibles sino tuviéramos en cuenta que Él es el Hijo de Dios. Que se dan después de la confesión de Pedro. Y, además, sólo Dios puede pedirnos un seguimiento como el que hoy nos solicita Jesús.

Tres ideas quiero compartir con vosotros a raíz del evangelio:

La primera: la cruz. Jesús anuncia su pasión y dice que el que quiera seguirle que cargue con su cruz. No sé cómo nos sienta esto a nuestros oídos cuando uno de los rasgos más característicos de nuestra sociedad es la incapacidad para el sufrimiento y la renuncia. Nuestra civilización del confort y la comodidad no quiere ni oír hablar de ello. Pero ¿qué pensar de una sociedad que evita, esconde y rechaza cualquier tipo de sufrimiento? ¿Qué decir de una sociedad donde muchos son incapaces de la más mínima renuncia y lo estamos viendo con el uso, por ejemplo, de las mascarillas? ¿No estaremos estropeando nuestra propia vida? Por ello, las palabras de Jesús deben cobrar de nuevo toda su actualidad y ser Buena Noticia para nosotros: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. ¿Nos da miedo a nosotros la cruz? Eso sería un signo de que aún no estamos muy avanzados en la vida espiritual. Debemos pedir a Dios la gracia de no tener miedo a la cruz, de saber vivirla y llevarla.

A medida que se crece en santidad, crece también el deseo de afrontar las cruces por amor, que es lo que hace Jesús en la cruz.

El santo Cura de Ars decía: “Oh Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia: y acepto sufrir todo lo que queráis, toda mi vida”. ¿Seríamos capaces de decir lo mismo a Dios: estoy dispuesto a lo que sea?...

A cuanta gente escucho decir que lo importante es la salud. Y ciertamente que es algo muy bueno; pero es ¡Mentira! Pues lo importante es tener fe; porque podemos tener salud y ser muy infelices y entonces ¿de qué nos sirve? En cambio, es imposible tener mucha fe y ser infelices. Esto lo muestra claramente que en España muere más gente por suicidios que por accidentes de coche en la carretera.

No tengamos miedo a la cruz, que se manifiesta en la enfermedad, en las dificultades económicas, en la traición de los amigos, etc. Porque la cruz, bien vivida, es instrumento de salvación y nunca se nos dará una cruz que no podamos vivir.

La segunda idea que hace referencia a las palabras de Jesús a Pedro: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”. Es muy fácil caer en la rutina de verlo todo desde nosotros; más cuando hoy se ensalzan “mis derechos”, “mis caprichos”, mis gustos”…, por eso, de vez en cuando debemos “subir al piso de arriba” y ver nuestra vida como la ve Dios. Y revisarlo todo: nuestras relaciones humanas, cómo tratamos a los demás,  nuestra evangelización, cómo vivimos el perdón. Pongamos algunos ejemplos:

.- Tenemos patrimonio, algunos ahorros, pues debemos administrarlos con la caridad que nos pide el evangelio: dar incluso de lo que necesitamos (como aquella viuda del evangelio). No con el egoísmo que nos inculca el mundo: todo para mí, que yo esté bien y lo que quede para mí y los míos. Esto no es evangélico.

.- Otro ejemplo: Hay un enfermo grave en casa y no se avisa al sacerdote para administrar la Unción por no “asustar”. Criterio muy pagano y muy poco evangélico. ¡Cuántas veces he llegado a casa a ver un enfermo y me dicen los familiares que no se entere que es el cura vaya que se asuste!... Aunque yo siempre pienso: el susto, ¿para quién es? ¿Para el enfermo o para los familiares? Cuando el sacerdote administra la Unción, lo que hace es rezar por aquella persona a Dios para que la sane y se cure…

.- Otro ejemplo más: Un feligrés de misa dominical enferma o está impedido de venir durante meses a la parroquia y no avisa al sacerdote ni al grupo de visitadores para recibir la comunión, ni la confesión, por “no molestar”. Criterio humano. Los sacerdotes estamos para dar la vida por vosotros, visitaros nunca es ni será una molestia.

Podríamos seguir poniendo ejemplos y llegaríamos a la misma conclusión: mirar nuestra vida desde Dios y no sólo con criterios humanos. De lo contrario pensaremos como los hombres y no como Dios.

Tercera idea que me sugiere el evangelio por estas otras palabras de Jesús: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”. Puede parecer una paradoja pero nuestra vida no está hecha para ser guardada, sino para ser entregada. Me guardo la vida cuando me busco a mí mismo, mi comodidad, mi bienestar, mis caprichos, mis diversiones, mis series de televisión, y entrego mi vida cuando busco el bien de los demás. ¿Mi vida, cómo anda en ese aspecto?

Jesús nos ha dicho que “El que quiera venirse conmigo… ”. Por lo tanto es una oferta: “El que quiera…”. Jesucristo respeta nuestra libertad. Somos libres de seguirle o de no seguirle. Somos libres de seguirle como a nosotros nos parece, que en el fondo es no seguirle, o de seguirle como él desea ser seguido, lo cual hoy nos expone con mucha claridad.

Es con nuestras decisiones concretas que desarrollamos un seguimiento u otro.

Por tanto, hagamos resumen: ¿Cómo vivimos la cruz? ¿Pensamos cómo Dios o cómo los hombres? ¿Me busco a mí, o me entrego buscando el bien de los demás? Tres preguntas que Jesús nos plantea y que debemos responder de manera personal.

¡Qué el Señor nos ilumine a todos!

Antonio Travé

MisiTiraCómica2020 35Web