Domingo XXII del Tiempo Or5dinario. Ciclo A. 3 de septiembre de 2023

El sufrimiento es el tema central de este relato en el que nuevamente Jesús y Pedro entablan una conversación (en esta ocasión lo hacen en privado), por el escándalo que ha provocado el anuncio que el Maestro ha hecho a sus discípulos, anticipando la pasión y muerte que ha de padecer al final de su vida terrena.

Cargar la propia cruz y seguir en fidelidad al Señor no forma parte de la práctica cristiana de aquellos que tienen fe, pero en un Dios imaginado de una manera distinta del Dios que Jesús nos revela.

¿Dios quiere que suframos?, ¿merece la pena sufrir?, ¿cuándo hay que sufrir y cuándo no? Preguntas de siempre a las que Mateo, contemplando a Jesús en su pasión, quiere dar respuesta en su evangelio.

Dios no quiere el sufrimiento humano y nos enseña que el dolor forma parte de la vida, pero que nunca este ha de separarnos de nuestro amor a Cristo y al prójimo.

 

DESARROLLO

Si recordamos, en el relato anterior, Jesús ha sido confesado por Pedro, el discípulo principal, como el Mesías e Hijo de Dios. Seguimos con la misma escena de intimidad, pero ahora Jesús hace a los suyos el primero de los tres anuncios de su muerte, anticipando así sus consecuencias. Él conoce el trágico final de su vida por querer ser fiel a la misión que el Padre le ha encomendado, el anuncio del reino de Dios. 

El Mesías e Hijo de Dios da un paso adelante al aceptar su pasión y muerte. A partir de aquí entramos en un tema central y un debate del cristianismo de todos los tiempos: el sufrimiento. 

En el diálogo entre Jesús y Pedro, apreciamos que este último todavía no ha dejado de ser el discípulo imperfecto, aunque reconoció el mesianismo y la divinidad de su Maestro. Sin embargo, Pedro, llevado por la percepción de su época, que le hacía esperar la llegada de un Mesías glorioso, no supo aceptar el camino de la cruz. 

Pedro es aquí un representante de todos aquellos discípulos que a lo largo de los siglos se han escandalizado y no han llegado a comprender a Jesús, porque el sufrimiento ha sido para ellos un obstáculo para la fe. Tal vez también nosotros, en algún momento, hemos sido y somos uno de ellos.

La cuestión está en la interpretación que hagamos sobre la instrucción controvertida que nos da Jesús a sus discípulos, a los bautizados: cargar la cruz y seguirle. En una sociedad occidental como la nuestra, de confort y comodidades, las personas somos cada vez más vulnerables e incapaces de afrontar el sufrimiento. Y no digamos ya las nuevas generaciones. Así, pues, hoy intentamos solucionar los problemas desde la huida y mirando hacia otro lado, o tomando decisiones drásticas que hasta atentan a la misma vida del ser humano. El pecado (egoísmo, envidias, ansias de poder, acumulación de riquezas…) y en ocasiones nuestra manera desacertada de vivir, son la mayor de las veces la causa de nuestro sufrir. 

Dios no quiere el sufrimiento y nos ayuda a combatirlo con el esfuerzo y las exigencias de la conversión. Jesús, que no tuvo pecado, no ama ni busca el sufrimiento, ni para él ni para los demás, aunque hay quienes creen lo contrario al malinterpretarlo. Lo que agrada a Dios no es el dolor, sino la actitud con la que una persona asume las cruces que nacen del seguimiento fiel a Cristo. El sufrimiento por amor al Padre y a las personas no frena a Jesús en su entrega y servicio total, como tampoco las experiencias dolorosas son para él un obstáculo que le impida llegar hasta el final, con una ejemplar fidelidad a su misión. El sufrimiento que te obliga a dejar de seguir a Jesús, es el que, como cristiano, has de rechazar. Y esa es la cruz de cada día. 

Destaquemos de las palabras de Jesús en este relato, que lo importante para él no son los acontecimientos de la historia o lo que ocurra en el escenario de la sociedad en la que nos toca vivir, sino que, mirando desde el horizonte del juicio final, lo importante será el desenlace definitivo que tendrá la vida de cada uno cuando estemos delante de Dios.

Emilio J. Fernández, sacerdote

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