Domingo XXI del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 22 de agosto de 2021

En el pasaje del Evangelio de Juan que hoy será proclamado, nos encontramos con una crisis que las enseñanzas de Jesús han provocado en el grupo de sus seguidores. Jesús anteriormente, en un discurso que resulta bastante duro a parte de sus seguidores, ha anunciado su muerte y las exigencias que conlleva el ser auténticos seguidores del Evangelio.


La fidelidad al Señor en el seguimiento requiere de sacrificios que no se pueden vivir en el día a día sino es con la ayuda de la fe. No es fácil el seguimiento, y se engaña así mismo quien lo vive pensando egoístamente en poder alcanzar el bienestar personal y el poder gozar de más privilegios que los demás. Por eso, aunque muchos lo han conocido, lo han seguido…, con el paso de tiempo lo han ido abandonando porque no se han visto alcanzadas sus expectativas personales y porque no han sabido amar de verdad a Jesús, prefiriendo una vida más cómoda, sin exigencias y complicaciones y centrada en satisfacer sus necesidades personales. Eso no es ser discípulo ni ser un auténtico cristiano. Los que antes quisieron hacerle rey porque les sació su hambre con la multiplicación de los panes, ahora lo abandonan decepcionados porque no han sido capaces de dar el paso a la fe, a la confianza, al amor y a las exigencias.
Esta crisis entra en el seno de una Iglesia en muchas ocasiones dividida, incomprendida, perseguida… Los Doce simbolizan a la Iglesia, a la que Jesús se dirige y pregunta: “¿También vosotros queréis iros?”. Y es la pregunta a cada uno de nosotros cuando nos encontramos cansados de la vida, saturados de problemas y de sufrimientos, con la sensación de que tener fe no mejora nuestro presente ni nos aporta esperanza para nuestro futuro. En esos momentos en que dudamos de Dios, de su cercanía y de su ayuda, la pregunta se nos hace a nosotros también, porque siempre seremos libres para elegir, para coger y para dejar. Dios nunca nos obligará, puesto que seguirle y amarle ha de ser una decisión libre y firme.
Jesús hoy nos recuerda que no solo somos carne, sino que también somos espíritu. Tenemos un alma que busca a Dios y necesita de Él. Cuando sólo nos centramos en nuestro cuerpo, en lo terreno, en lo material, llevados por el pecado nos podemos olvidar de Dios y distanciarnos de Él. Estas dos concepciones de la persona, según la carne o según el espíritu, vienen a hacernos comprender que Jesús tiene una doble visión de la persona y que también nosotros podemos tener una doble visión de él. El Jesús de la carne es aquel a quien quieren coronar porque han admirado su poder, que les puede solucionar todos sus problemas. El Jesús según el Espíritu es aquel que se presenta como el servidor de todos hasta dar su vida por cada uno de nosotros, y este Jesús no les interesa a quienes viven de manera egoísta, según la carne. Vivimos según la carne cuando ponemos en el centro de nuestra vida lo terrenal y lo material, a nosotros mismos; vivimos según el espíritu cuando ponemos en el centro de nuestra vida a Dios, su voluntad, el Evangelio.
Quien de verdad tiene fe, en los momentos de la prueba, tiene claro a quien escoger. “¿Señor, a dónde iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”, responde Pedro como portavoz de los Doce. Una respuesta desde lo profundo del corazón que está convencido de quién verdaderamente merece la pena. Una respuesta de quien ha conocido otras propuestas de felicidad y no ha encontrado ninguna como la de conocer y tener a Jesús, el Hijo de Dios, en su vida. Vivimos en un mundo en el que a diario y constantemente estamos invadidos de mensajes por los medios de comunicación, las redes sociales…, mensajes de ideologías, de políticas, de sueños…, que nos ofrecen felicidad, seguridad, optimismo… Los que tenemos fe porque de verdad creemos en Jesús, lo amamos y le damos la importancia que se merece en nuestro corazón, no lo podemos abandonar por grandes que sean las pruebas, porque sabemos que sin él nada tendría sentido y nuestra vida estaría llena de vacíos. Por eso Jesús y su mensaje nos llena, nos da vida y ganas de vivir.
Por eso ha habido a lo largo de la historia personas que se han convertido al cristianismo dando un giro radical a sus vidas, dejando atrás un pasado y unos proyectos para abrazar a Jesús y el Evangelio, incluso algunos dando su vida en el martirio y muchos otros soportando los esfuerzos que requiere la coherencia de vida como cristiano. A Jesús se le toma o se le deja, pero no podemos hacer un cristianismo a nuestra medida, cogiendo lo que nos gusta del Evangelio, quedándonos sólo con lo que nos resulta fácil y agradable. Y en esa lucha interior tuya y ante la tensión de ser auténtico, más de una vez escucharás: “¿Tú también quieres irte?” Depende de la fe que tengas, o de si eres una persona de carne o de espíritu, para marcharte o quedarte. Pero si Jesús de verdad está en tu corazón, nunca lo abandonarás ni lo cambiarás por nada ni por nadie. Esa es la diferencia entre la fe hecha amor y la fe hecha interés propio.
Emilio José Fernández, sacerdote
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