Domingo XXI del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 23 de agosto de 2020

Este pasaje del Nuevo Testamento aparece a lo largo del año litúrgico en varias ocasiones. Es un texto importante. Habitualmente nos centramos mucho más en la primera parte del evangelio: la pregunta que Jesús hace a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Una pregunta a la que hay responder de manera personal e intransferible. Pero, hoy, permitidme centrarme en la segunda parte: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.


Palabras de Jesús de las que se deduce claramente que la Iglesia tiene un componente humano (sobre Pedro) y un componente divino (“edificaré mi Iglesia”).
Es importante tener claro este doble componente porque nos ayuda a entender la Iglesia y, por tanto, a vivirla. Saber vivir la Iglesia es importantísimo.
Si olvidamos que la Iglesia tiene un componente humano nos escandalizamos de los pecados de los hijos de la Iglesia hasta el punto de que hay quien pierde la fe y hasta la abandona. Y aunque estos no se justifican, sí hay que tener en cuenta que la dimensión humana de la Iglesia hace que siempre habrá cosas que no van como tendrían que ir: laicos, sacerdotes, obispos, que hacen lo que no tendrían que hacer...
Siguiendo este hilo, también podemos hablar de lo rápidos que somos a enumerar todo aquello que tendría que corregir la Iglesia y cómo nos cuesta aplicárnoslo a nosotros.
Cuantas veces escucho: “La Iglesia tendría que ser más pobre”. Pero, ¿y tú? ¿Has comenzado a ser un poco más pobre? Porque el mirar a los otros no puede ser excusa para hacer lo mismo… Por eso, que tu coche sea del estilo de Jesús; que tus vacaciones sean del estilo de Jesús; y que tus comidas en restaurantes sean del estilo de Jesús. Pues tú eres Iglesia.
O también, seguro, hemos escuchado cosas como esta: “La Iglesia tendría que ser más valiente a denunciar las injusticias sociales”- ¡Cierto! Pero tú, que eres Iglesia, ¿has comenzado a ser más valiente y comprometido denunciando las injusticias?
Podríamos seguir poniendo ejemplos (cosa que también es aplicable a los no creyentes) pero llegaríamos a la misma conclusión: ¿por qué en lugar de corregir y mirar a otros, como la Iglesia, no comenzamos por mirarnos y corregirnos a nosotros mismos bien porque somos parte de la Iglesia y, en el caso de los no creyentes, por ser más coherentes?
Cosa que me lleva a pensar, en nuestro caso, en lo siguiente: ¿por qué muchas veces hablamos de la Iglesia como si nosotros no formáramos parte de ella?
Parece que la Iglesia son el Vaticano, la curia, los jerarcas, y no todos nosotros, los bautizados. Y hablamos de ello como si fuesen “ellos” los malos…
La palabra “Iglesia” ha de resonar en nuestros labios como una palabra amable, que deja un buen sabor al ser pronunciada. Y esto aunque la Iglesia sea imperfecta y llena de limitaciones. O, ¿es que sólo podemos amar aquello que es perfecto? Porque si es así, no amaríamos nada: ni la mujer o el esposo, ni los hijos, ni los nietos, ni el sacerdote. ¡Nada!
“Es que Jesús no habría construido nunca el Vaticano”. ¿Cuándo entenderemos que la diferencia que hay entre el Evangelio y el Vaticano es la misma que hay entre Jesús y Pedro? Nos escandalizamos del componente humano de la Iglesia. Cosa que quiere decir que no hemos entendido lo suficiente qué es la Iglesia y el peso que tiene este componente humano.
Quien para no creer nos reproche los defectos de la Iglesia, le tendríamos que hacer todo este discurso de la dimensión humana de la Iglesia. ¡No cree en la Iglesia porque tiene defectos, en cambio estás con su mujer/marido que tiene, también, defectos!
A mí me duele ver muchas cosas en la Iglesia que no funcionan, pero hay un previo irrenunciable: es mi madre, la amo como es y sin ella yo no tendría fe pues me ha regalado a Jesucristo y cuanto sé de él.

Hasta aquí, todo esto respecto la dimensión humana de la Iglesia.

Pero permitidme terminar hoy con algo que a mí me hace mirar con esperanza a la Iglesia que es precisamente, su dimensión divina. Esto es: Jesús presente y actuante en la Iglesia. Por mucho desastre que yo sea, Cristo no deja de hacerse presente en la mesa de la Eucaristía y no deja de perdonar los pecados de los que confiesan. Y por esto, la Iglesia ha durado XXI siglos. Porque Cristo está presente y actuante en ella. Jesús dice “edificaré mi Iglesia”. No es un montaje humano. Es instituida por Dios.
La dimensión humana de la Iglesia nos reclama un mirar benevolente. La dimensión divina de la Iglesia nos reclama un mirar de fe. Si no miramos con fe la Iglesia, en cuatro días dejamos de venir.
Acabo con un canto a la esperanza sobre la Iglesia. No soy ningún experto en historia de la Iglesia, pero leyendo algo sobre el tema, pienso que la Iglesia no ha estado nunca mejor que ahora. Me explico:
.- Nunca hemos tenido un presbiterio tan vocacional como ahora. Antes había motivaciones sociales, económicas, culturales para hacerse sacerdote, ahora no. Esto provoca que nunca hayamos tenido una calidad tan alta en el presbiterio.
.- Nunca hemos tenido unos obispos tan pastores.
.- Nunca habíamos tenido cien años con unos Papas tan extraordinarios.
.- Nunca habíamos tenido un laicado tan preparado como ahora, nunca tan conocedores de su papel como ahora. Hasta hace cuatro días el laico no tenía ningún papel en la Iglesia. Todo lo hacían los sacerdotes, y los religiosos y religiosas.
.- Nunca se había hablado de la llamada universal a la santidad como ahora.
Ahora vivimos un tiempo de purificación, de cambio de época, pero a nosotros, a nuestra amada Iglesia, nos espera un gran futuro.
Antonio Travé

MisiTiraCómica2020 34Web