Domingo XX del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 14 de agosto de 2022

En el relato del evangelista Lucas que hoy se proclamará en la liturgia y que meditaremos, suenan llamativas y raras las palabras de Jesús, porque la primera impresión que nos dejan es de asombro, ya que se trata de un mensaje totalmente distinto al que podíamos esperar de él o al que nos tiene acostumbrados.

El Señor nos muestra un presente que no es amable ni pacífico, que comienza con su llegada y que continuará en un futuro ilimitado. La descripción de todo lo que sucederá nos traslada a situaciones donde la eterna tensión entre el bien y el mal se refleja en la división y enfrentamiento dentro de la misma comunidad cristiana, es decir, en la Iglesia y en cada uno de sus grupos, al igual que entre los miembros de una misma familia.

De esta manera se expresa, que no siempre el sufrimiento, la persecución y el enfrentamiento que podemos encontrar en la Iglesia a causa de la fe vendrán provocados por los no creyentes o los creyentes de otras religiones, sino por la figura de Jesús y el anuncio y vivencia de su Evangelio que suscitan, ahora y siempre, el rechazo que rompe la armonía en la convivencia, porque sus palabras y obras no dejan a nadie indiferente. La vida de Jesús fue una lucha constante para implantar y extender el Reino de Dios debido a los obstáculos y a las resistencias con las que se encontró, vividas en su propia persona y con el trágico final de su muerte violenta en la cruz. Con este antecedente que supone el mismo Jesucristo, es lógico que todos sus seguidores que estamos unidos a él por el bautismo participemos de su mismo destino e incluso de su martirio.

El autor de este relato quiere advertirnos, para que no nos extrañemos, que la vivencia de la fe y del Evangelio no son nada fáciles; y quiere animarnos para que permanezcamos en la fidelidad a Cristo, sabiendo bien que ello nos llevará a encontrar tanto amigos como enemigos. A pesar de todo eso, los cristianos tenemos que apostar por las enseñanzas evangélicas del amor, la fraternidad, la misericordia, la alegría…, pues así es como superaremos en nosotros mismos las amenazas y ataques al Reino de Dios, que, por otro lado, permanecerá en su empeño de conquistar todos los corazones, porque al final el Bien, que es Dios y su reino, vence al Mal.

Emilio José Fernández, sacerdote
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