Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 4 de junio de 2021

En la liturgia de los domingos anteriores hemos meditado relatos del evangelista Marcos que tratan sobre la misión de Jesús durante la primera etapa de ésta, en la que se ha dedicado intensamente al anuncio del Reino de Dios mediante parábolas y milagros. Este tiempo ha transcurrido en la región de Galilea, un territorio donde los judíos se encuentran mezclados con extranjeros y paganos. Jesús viene a cerrar esta primera etapa en el pueblo donde ha vivido junto a su familia desde la infancia hasta el comienzo de su vida pública. En Nazaret él ha sido conocido por sus paisanos y ha participado en la vida social y religiosa de esta pequeña aldea tan insignificante en su época, que ni si quiera sale mencionada en la Biblia.

Los habitantes de Nazaret, que conocen de toda la vida a Jesús y a su familia, ya tienen un concepto prefijado de él, pues se trata del hijo de María y del carpintero. Hasta esta localidad galilea han llegado noticias de Jesús, de su mensaje y de los milagros realizados por la región. Estos hechos que le están dando fama, despiertan en sus paisanos una expectación y al mismo tiempo el rechazo hacia a él porque rebasa el nivel social que tenía su humilde familia. Sus paisanos no conciben que Jesús haya sido elegido como Mesías de Dios para llevar a cabo sus planes de liberación. Ellos no se dejan cuestionar por las presentes accione de Jesús, sino que lo cuestionan a él porque tampoco se dejan sorprender por un Dios que rompe los esquemas establecidos y que es imprevisible. Esto pone de manifiesto que, aunque creían conocerlo lo suficiente, les falta lo más importante para aceptar su condición divina como Hijo de Dios y Mesías: les faltó la fe.

Aquí se pone de manifiesto una vez más uno de los temas que aparecen en el evangelio marquiano: el Dios oculto y presente en Jesucristo. Observamos cómo los milagros de curaciones han sido una solución inmediata a los problemas de la gente sencilla, pero que no han servido para provocar la fe de la mayoría de quienes han sido testigos. Sin la fe permanecemos en una ceguera que no nos permite ir más allá de lo puramente humano y terrenal, por eso, sin la fe, no podemos reconocer en el Nazareno al Mesías e Hijo de Dios; ni al Reino de Dios que él nos revela en los signos que realiza.

Jesús escandaliza a sus paisanos y a todo el que no tiene fe. Pero también escandaliza a quien lo diviniza tanto que no es capaz de aceptar su humanidad. Lo contradictorio del cristianismo es que Jesús nos va a revelar su divinidad en su muerte en la cruz. En ese momento su humanidad se manifiesta, ante todo, en su abajamiento y humildad. Eso hace que su humanidad vaya más allá de ser únicamente uno como nosotros. Sólo el que se ha escandalizado de que el carpintero sea el Mesías e Hijo de Dios, puede empezar a entender que, para Dios, el Mesías e Hijo de Dios es alguien bien distinto a lo que nosotros esperamos o deseamos, porque ha venido a enseñarnos el corazón de Dios, que nos ama hasta el extremo de aceptar nuestra humanidad con todas sus consecuencias, para mostrarse presente en lo débil, en lo pequeño e insignificante. Ese es el verdadero Dios y no el que, llevados por nuestros deseos, miedos, intereses…, nos hemos imaginado y hasta creado: un Dios a nuestra medida.

La fe me ayuda a descubrir un Dios no sólo en sus grandezas, sino al Dios que se ha encarnado y hecho hombre para estar al lado de los que viven experiencias humanas de sufrimiento, marginación, desesperanza, etc. Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, se ha identificado con todas esas personas, poniéndose a su altura y a su lado en la cruz. No es lo mismo buscar a Dios en su grandeza cuando tú sientes tu fragilidad humana, que encontrar la fragilidad de Dios que se ha hecho tu hermano para amarte con más intensidad en ese momento que a ti te supera. A veces no encontramos a Dios porque lo buscamos en los éxitos, en las riquezas, el poder, el liderazgo, etc. Dios se oculta en el Nazareno, en la humanidad de quien siendo el más grande se hizo el más pequeño. Y en los pequeños de este mundo, en los que menos valor tienen socialmente (enfermos, pobres, drogadictos…), está presente de un modo especial. La falta de fe nos impide apreciar los milagros, grandes y pequeños, que Dios realiza todos los días y a cada instante. Jesús no hace milagros en Nazaret, aunque sí sanó a unos pocos enfermos, pero estos nos son los milagros que esperaban sus paisanos. Tu vida cambiará y se llenará de fe: no cuando veas milagros, sino cuando descubras que Jesús te puede cambiar la vida y enseñarte a vivir de verdad, admirándolo a él por su forma de ser y de tratar a lo demás, y de tratarte a ti.

Emilio José Fernández, sacerdote
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