Domingo XI del Tiempo ordinario. Ciclo A. 18 de junio de 2023

Este relato de Mateo es una síntesis de los comienzos evangelizadores de Jesús, que de llevar una actividad misionera en solitario pasa a rodearse de colaboradores que se le unen y que van conformando la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, representado en los doce apóstoles.

El anuncio del Evangelio y la implantación del reino de Dios es urgente y al mismo tiempo no está terminada, por lo que Jesús nos hace partícipes a todos los bautizados.

Mateo subraya que Dios es el garante de esta misión y que sin él nosotros no podemos desarrollarla. Necesitamos la ayuda de Dios y necesitamos que él siga buscando y llamando a quienes, como obreros, quieran unirse a esta empresa de la evangelización que lleva a cabo toda la Iglesia y de modo particular todo cristiano.

DESARROLLO

Este relato comienza describiéndonos, a modo de resumen, la actividad misionera de Jesús, que comienza en solitario y que consiste en la tarea incesante de anunciar y enseñar el Evangelio, y de hacer presente la llegada del reino de Dios curando las enfermedades y achaques de un pueblo que se siente abatido y renegado por el abandono de sus dirigentes religiosos. El Maestro va visitando los pueblos y aldeas con la intención de poder darse a conocer a todos, lo que supone vivir en una continua itinerancia.

A continuación, el evangelista coloca el discurso de la misión, que es una llamada que hace el Señor a la comunidad cristiana para advertir de que la tarea misionera de la Iglesia siempre es urgente y nunca se termina, es decir, no deja de ser actual. Además, la vocación misionera no es de unos pocos sino de todos los cristianos, representados en los doce apóstoles, que a su vez son un símbolo del nuevo pueblo de Dios en comparación con las doce tribus de Israel que conformaban el antiguo pueblo de Dios.

Hay mucho por hacer y se necesita la colaboración de todo el que esté dispuesto. Aun así, tenemos que orar y pedir ayuda a Dios para que no falten nunca obreros en su mies, porque los protagonistas de la evangelización no debemos ser nosotros ni depende de nuestros méritos y esfuerzos. Sin Dios este proyecto está destinado a no dar frutos, ya que nosotros solos no lo podemos llevar a cabo.

Jesús convoca al grupo de los apóstoles para darles la autoridad y que puedan continuar lo que él ha iniciado. Esta autoridad consiste en tener la capacidad de dominar las fuerzas del mal como lo hace el Señor: curando enfermedades y expulsando demonios, que es lo mismo que liberar a las personas de todo lo que las paraliza, fortalecerlas para que puedan hacer frente a las durezas de la vida, los sufrimientos y dolores de alma y cuerpo, devolviendo la esperanza y despertando el amor a la vida.

Por último, Jesús insiste en que los destinatarios de la misión han de ser exclusivamente los hijos e hijas de Israel. Esto se debe a que el evangelio de Mateo está escrito para comunidades cristianas cuyos miembros, mayoritariamente, son de mentalidad judía porque proceden del judaísmo. Sin embargo, en el capítulo 28 aparece la intención de Jesús de que la evangelización sea universal y llegue a todos los pueblos de la tierra. Así pues, ahora nos toca a nosotros tomar el relevo y ser los misioneros de nuestro tiempo, en nuestro entorno y donde sea necesario.

Emilio J. Fernández, sacerdote

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