Domingo VI del Tiempo de Pascua. Ciclo C. 22 de mayo de 2022

Una semana antes de celebrar la solemnidad litúrgica de la Ascensión del Señor a los cielos, este relato del evangelista Juan recoge parte de un discurso de Jesús que está construido en un contexto de despedida.

Ante la inminente partida de Jesús, la comunidad cristiana y cada uno de sus discípulos (nosotros) podrían tener un sentimiento de abandono o de orfandad, pero el Resucitado resuelve el vacío que pudiera dejarnos su ausencia revelándonos tres formas de su nueva presencia en la comunidad y en cada uno de nosotros: Jesús vive en la comunidad y en cada uno de nosotros; la venida del Padre y del Hijo en cada uno de nosotros; y la donación del Espíritu Santo, que actúa en nosotros.

Esta nueva presencia de Dios que Jesús nos revela, nos muestra una nueva forma de relación entre Dios y los hombres, cambiando así el concepto antiguo que de Dios se tenía y la forma de relacionarse Dios con la humanidad.

Antes, en el Antiguo Testamento, Dios estaba en la dimensión de lo sagrado, distante e inalcanzable para el hombre, porque el mundo y el hombre quedaban en la esfera de lo profano, provocando una división entre lo sagrado y lo profano, y dando lugar en el creyente a un distanciamiento de la realidad que le rodeaba.

A partir de ahora Dios no será una realidad exterior y distinta al hombre; y ya no necesitaremos de mediadores, especialmente el Templo y la Ley, para relacionarnos con Él, porque la comunidad y cada cristiano se han convertido, por Cristo, en morada de Dios y hemos sido “sacralizados” por él. Ya no tenemos que buscar a Dios fuera de nosotros ni reducir nuestra fe al cumplimiento de normas para sentirnos seguros y acomodados, sino que lo que necesitamos es dejarnos encontrar por Él en nosotros mismos, para tener esa libertad de movernos según las circunstancias de cada día y estar abiertos a los retos de cada momento.

El Espíritu de Dios que se nos ha dado nos protege, guía, consuela, anima…, y cuando nos abrimos a él y lo acogemos nos santifica y llena de Dios, de vida y de paz. El problema del hombre de hoy y de los cristianos es que no creemos ni consideramos al Espíritu Santo lo suficiente, siendo a veces el gran olvidado, lo cual nos empobrece, nos hace sentirnos perdidos y abandonados.

Emilio José Fernández, sacerdote

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