Domingo IV del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 28 de enero de 2024

Comienza Jesús su misión de anunciar la buena noticia de la llegada del Reino del Dios y lo hace acompañado de un grupo de discípulos. Esta actividad evangelizadora sucede en el tiempo y en el espacio que no son nada casuales: en sábado y en la sinagoga de Cafarnaún.

 

Los judíos tenían prohibido por ley realizar actividad alguna los sábados, porque era el día dedicado a Dios y a la oración por excelencia. El lugar preferente para la oración eran las sinagogas. Los letrados, maestros de la Ley, son los encargados de interpretar y velar por este cumplimiento.

Cafarnaún es una pequeña ciudad a orillas del lago de Galilea, encrucijada de caminos por donde pasaban comerciantes no judíos procedentes de otros países, a los que se les consideraba paganos. Y es aquí donde Jesús principalmente desarrollará su actividad.

Ese día y en ese lugar Jesús realiza su primer milagro con el que no sólo ayuda a una persona necesitada sino con el que manda un mensaje que va a ser clave para entenderlo. El exorcismo a un endemoniado supone la liberación de una persona que está poseída y dominada por el Mal, que está presente en el mundo desde la creación de éste. Jesús lucha contra ese Mal poniéndose de parte del hombre, del débil que por sí solo se ve impotente para vencerlo. La victoria del Bien frente al Mal solo puede ser de Dios, por lo tanto, aquí el evangelista Marcos nos presenta a Jesús como Hijo de Dios y a la vez sitúa a Dios de nuestra parte.

Ante este sorprendente gesto de misericordia, los letrados, con un corazón retorcido y anclados en las costumbres, aunque se consideran muy religiosos, no se alegran, más bien recriminan a Jesús por no respetar la ley del sábado en un lugar sagrado. Sin embargo, el pueblo espectador queda admirado por el nuevo mensaje de Jesús que ve en el signo realizado por Jesús una nueva forma de entender la fe y la vida: la bueva noticia del reino de Dios, que con Jesús se hace presente en el mundo.

Dios, que es el Bien, nos libera y sana con su misericordia, la cual está por encima de cualquier decisión humana por muy correcta que parezca. Jesús devuelve a cada uno la dignidad de hijo de Dios cuando perdona nuestros pecados.

Emilio J. Fernández, sacerdote

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