Domingo II de Adviento. Ciclo C. 5 de diciembre de 2021

En el Antiguo Testamento tenemos la figura de los profetas que a través de sus profecías anuncian durante varios siglos antes la llegada del Mesías prometido de Dios, y con él la llegada del reino de Dios.
El pasaje evangélico de hoy nos presenta al profeta que antecede a Jesús: Juan el Bautista. Juan es hijo de unos ancianos, para indicar la madurez de la nación israelita; de un mudo, que simboliza el silencio de un pueblo con falta de fe; y de una estéril, para recalcar que es hijo del Espíritu y que será un hombre extraordinario. No siguió el sacerdocio paterno que era hereditario y se dedicó a ser el mensajero de Dios, el anunciador de su Mesías.


La predicación de Juan el Bautista, según nos cuentan los evangelios, tuvo gran éxito al ser muchos los que lo escuchaban y lo seguían, adquiriendo tal fama que también fueron muchos los que se preguntaron si sería él el Mesías esperado. Algunos de sus discípulos se marcharon y se fueron con Jesús. Otros permanecieron con Juan durante bastantes años, teniendo dificultades con los de Jesús, tanto en vida de éste como después.

Lucas nos presenta la grandeza de Juan el Bautista por ser el precursor del Mesías y el último profeta del Antiguo Testamento. Destaca de él su austeridad, que contrasta con la descripción de un Jesús amigo de fiestas y comilonas. Su mensaje es de penitencia y de conversión ante la amenaza de un Dios que castiga, mientras que Jesús anuncia una nueva noticia, nos habla del amor de Dios y del perdón, del año de gracia y de la liberación.

Lucas nos sitúa a Juan en un momento histórico en el que el paganismo impera en Israel, y el autor lo que hace es que nos lo muestra en sus dos vertientes: el poder político y el poder religioso. Y en ese momento tan concreto de la historia universal es cuando Dios hace llegar a Juan su mensaje. Llama la atención la diferencia que hay entre la precisión de la fecha y la imprecisión del lugar, el desierto, porque no lo considera un lugar geográfico sino simbólico, pues en el lenguaje bíblico el desierto representa el lugar de la soledad, de la conversión y del encuentro con Dios.

Este relato termina con una cita de Isaías que se le aplica a Juan al que se define como la voz que grita en el desierto y que anuncia la venida del Señor. Y así, con esta construcción del relato, el evangelista quiere hacernos llegar un mensaje claro: el nacimiento y la llegada de Jesús no sucede de forma casual, sino que acontece en el momento de la historia en el que era necesario que sucediera. Lucas tiene muy claro que todos estos hechos, como los que suceden en la historia de la humanidad, han sido obra de Dios y han sido planificados por Él, que mueve todos los hilos de la historia humana de manera silenciosa y callada. Con Jesús, Dios y el hombre se encuentran en el espacio y en el tiempo del aquí y del ahora. Por eso también Lucas nos presenta el inicio de la vida pública de Juan y de Jesús en el momento y en el espacio concreto de su tiempo, el que les todo vivir.

Resaltamos cómo los grandes personajes que tienen el poder, y que son nombrados en este relato, no pertenecen al pueblo judío, sino que proceden de Roma y son paganos y extranjeros, para expresar la opresión y la falta de libertad que vive Israel, pero al mismo tiempo también es la expresión de la universalidad de la liberación que llega con el Mesías, que no sólo beneficia a los israelitas, que se consideraban la nación escogida por Dios desde antiguo, sino al mundo entero.

Juan, que no pertenece al poder político ni al religioso, aparece donde nadie espera que suceda nada, en el desierto. Sin embargo, este personaje tiene la peculiaridad del ser el único que escucha la palabra de Dios para después anunciarla, y en ello consiste su misión profética. Siempre es así, no sabemos escuchar a Dios porque esperamos que hable a través de los poderosos, de grandes personajes históricos y destacados… pero Dios habla a través del pobre, del humilde y del sencillo, que son los que necesitan un cambio en su vida. Escuchar a quien grita en el desierto desde una vida pobre y austera se convierte en una llamada a la conversión para aquellos que vivimos en la comodidad, en la opulencia y centrados en nosotros mismos. El pobre representa al hombre que lucha por la superación y que tiene hambre de vivir una nueva vida. Hoy que lo tenemos todo, somos más débiles para enfrentarnos al dolor y al sufrimiento porque vivimos aislados de Dios y de los demás a pesar de tener tantos medios para estar informados y comunicados, pues nuestro problema es que nos falta el amor entre nosotros y que como personas sentimos el vacío, la desilusión y la insatisfacción por no tener bien planteada nuestra vida. Y no hay mejor vida que la que se plantea y se construye al lado de Jesucristo.

Emilio José Fernández, sacerdote
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