Domingo de Pentecostés. Ciclo B. 23 de mayo de 2021

La Fiesta de Pentecostés (a los cincuenta días de la Fiesta de la Pascua), es de origen judío y su celebración en Israel se recoge en algunos textos del Antiguo Testamento.
Con el cristianismo, la celebración de la Fiesta de Pentecostés se convierte en la conmemoración de la donación del Espíritu Santo y su actuación en la Iglesia, hecho que tiene lugar cuando los discípulos de Jesús se encontraban reunidos, llenos de temor y desorientados tras la muerte del Señor. Al recibir el Espíritu Santo, la primera comunidad cristiana se llena de valentía para proclamar la buena noticia en toda la ciudad de Jerusalén y se nos presenta como el nuevo pueblo de Dios lleno del Espíritu Santo, por lo que Pentecostés se convierte también en la fiesta del nacimiento de la Iglesia. Y en Pentecostés la liturgia católica pone fin al tiempo pascual.

Este pasaje del evangelista Juan nos sitúa en el día de la resurrección del Señor, cuando los discípulos, tras la muerte y entierro del Jesús, se encontraban recogidos y encerrados en una habitación al final del día, llenos de dudas y de temores, sintiendo en la muerte del Maestro su fracaso y el de ellos mismos. No saben qué hacer, se sienten perdidos, sin esperanza y con poca predisposición para la fe. Sin el Señor la Iglesia ha perdido la razón de su existencia y se siente sin proyecto y sin futuro.

La presencia del Señor resucitado refuerza la unión y la misión de la comunidad creyente, libera del miedo y del pesimismo, dando paso a la alegría y a la paz, recibiendo la misión de anunciar el Evangelio y recibiendo el don del Espíritu Santo para llevar a cabo ese encargo.

Fe, comunidad y misión serán claves a partir de ahora para entender a la Iglesia y a cada cristiano. Cristo nos envía a cada uno de los bautizados, de la misma manera que a su vez él fue enviado por el Padre. Cumplir la misión es al mismo tiempo cumplir la voluntad del Padre y del Hijo. Somo enviados de Dios, mensajeros y colaboradores de Jesús, con el encargo de construir una nueva humanidad basada en los valores evangélicos. Una vez más nos encontramos con que los elegidos para esta misión no son los más idóneos, pero son aquellos a los que el Señor ha llamado para ser testigos de su bondad y de su misericordia. Para la misión no estamos solos, se nos ha dado para realizarla la mejor de las ayudas: el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nos convierte en hombres y mujeres de espíritu, en nuevas personas que ya no viven para sí mismas sino para Dios, al que llevan cada día y a cada momento en su interior, por el Espíritu Santo que nos habita y ocupa nuestras entrañas desde el día de nuestro nacimiento a la fe a través del Bautismo.

El Espíritu Sato nos llena de fe para descubrir la existencia y presencia amorosa de Dios en nuestras vidas y permanecer fieles a Él a pesar de las dificultades y padecimientos. Nos da la esperanza para no quedarnos en la nostalgia del pasado ni en la inmediatez del presente, sino que nos hace mirar con alegría a un futuro que estar por llegar y siempre supera lo anterior. Nos da la caridad como la capacidad de amar a Dios desde lo profundo del corazón y de amar a los hermanos de una manera comprometida con el prójimo.

Ya termina la Pascua y con su clausura apagamos el cirio pascual que nos ha presidido y acompañado en las celebraciones litúrgicas durante la cincuenta pascual, como símbolo de la presencia del Resucitado que ilumina el mundo, la Iglesia y nuestras vidas. Durante cincuenta días hemos sido iluminados por Cristo a través de la escucha de su palabra, de los sacramentos y de la vida fraterna. Ahora se apaga el cirio porque somos nosotros los que a partir de ahora hemos de iluminar con nuestras vidas, palabras y obras a los demás, contagiando la fe a quienes aún no conocen a Dios ni el Evangelio.

Emilio José Fernández, sacerdote
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