Domingo de Pentecostés. Ciclo B. 19 de mayo de 2024

Pentecostés es una de las fiestas más antiguas del judaísmo, que tenía lugar a los cincuenta días (siete días por siete semanas) de la fiesta más importante judía, la Pascua. En un principio era una fiesta de acción de gracias por la recogida de las cosechas. Después pasó a ser una fiesta histórica en la que se recordaba la promulgación de la Ley sobre el monte Sinaí, conocida también como “fiesta de las semanas”. Era una fiesta de peregrinación, por lo que en ese día la ciudad de Jerusalén se llenaba de creyentes judíos venidos de los diferentes lugares de la diáspora (comunidades de judíos que residían en lugares extranjeros).

 

La Iglesia convierte esta fiesta con un sentido nuevo: la donación del Espíritu Santo. Un hecho también histórico que sucede cuando los discípulos, reunidos y llenos de temor sin saber qué hacer una vez muere Jesús, reciben el don del Espíritu que les llevará a salir y anunciar el Evangelio a todos los lugares del mundo, como se expresa en el libro los Hechos de los Apóstoles (2,1-21), cuando se refiere a que los discípulos, habiendo recibido el Espíritu Santo en Pentecostés, podían entender y hablar en todos los idiomas de aquellos peregrinos presentes en Jerusalén.

Así pues, Pentecostés es considerada la fiesta del nacimiento de la Iglesia, constituida en torno a Cristo resucitado, que la preside, y enviada a evangelizar continuando la tarea iniciada por el Maestro.

Los primeros cristianos pasan de estar atrincherados a donarse por entero a la misión de anunciar y hacer extensivo el Reino de Dios. Para tan ardua tarea no estaremos solos ni en lo personal ni en lo comunitario. El Espíritu Santo que hemos recibido en nuestro bautismo nos ha sellado para siempre, nos acompaña en el día a día para iluminarnos, fortalecernos y consolarnos en la batalla dura, porque no es contra personas de carne y hueso sino contra estructuras de dominación y opresión (conflictos, enfermedades, crisis, nuestros pecados, etc.). Por eso el Espíritu nos hace personas resucitadas, llenas de paz, alegría, perdón y vida. Lo que nos falta a cada uno el Espíritu Santo nos lo da si nos abrimos a él, haciéndonos ser más hermanos y santos.

Emilio J. Fernández, sacerdote

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