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Domingo 10 de enero. Ciclo B. El Bautismo del Señor

Celebramos hoy la fiesta del bautismo del Señor, con la cual culminamos el ciclo litúrgico de navidad y nos introducimos en la liturgia del tiempo ordinario. Este día, el Evangelio de San Marcos nos presenta en un primer momento a Juan el Bautista, quien a orillas del rio Jordán bautizaba con agua como expresión de conversión y arrepentimiento a todos aquellos que se reconocían pecadores, disponiendo así los corazones para la venida del Mesías, de aquel que estaba por encima de él y a quien no era digno ni siquiera de desatarle las sandalias; éste bautizaría no ya con agua, sino con Espíritu Santo.

Y es así, como Jesús llegado desde Nazaret, se pone en fila con los pecadores, pasando por uno de tantos, para ser bautizado por Juan. Aquel que era inmaculado, quien no tenia necesidad alguna de penitencia o conversión, pues no tenía ningún pecado, se solidariza con la humanidad entera y se pone en el lugar de los pecadores… Este es el amor de Dios, que viene a buscarnos a ti y a mí, que desea acogernos solo con una condición: que nos reconozcamos pecadores y necesitados de su gracia y de su amor, pues Él ha venido en busca de los enfermos, ya que los sanos no necesitan médico. Esa va a ser la constante de la vida publica de Jesús, ir al encuentro de los pecadores, hasta llegar al límite del amor, cargando sobre sus hombros nuestros pecados y sufriendo en la cruz, tomando el lugar que nosotros merecíamos por nuestras culpas.

El término griego “bautizar” significa “sumergir”, es así como Jesús decide “bautizarse”, es decir, “sumergirse” totalmente en nuestra realidad, porque desea llegar incluso hasta las zonas más profundas y oscuras de nuestra vida para iluminarlas, transformarlas con su gracia y darnos nueva vida. El cielo que estaba cerrado para el hombre por el pecado, se abre, porque Dios en Jesucristo viene al encuentro de la humanidad, y a través del nuevo y definitivo bautismo con el Espíritu Santo, que en la creación se cernía sobre las aguas, nos recrea y nos hace participes de la vida divina y coherederos de su Reino eterno.

Hoy, gracias al bautismo que en cristo hemos recibido, resuenan en nuestros corazones aquellas palabras del Padre Celestial: “Tu eres mi hijo amado”. Somos en verdad hijos amados de Dios, no hay mayor honor, ni dignidad que ésta, pero este don que Dios nos ha dado en Jesucristo es a la vez una tarea y una responsabilidad, pues debemos vivir una vida acorde a esta maravillosa gracia, manifestando en nuestra vida los rasgos de nuestro Padre Celestial como lo son el amor, la misericordia, la bondad, el perdón y recordando siempre que nuestra salvación no viene solo por ser bautizados, sino sobre todo por vivir como bautizados.

John Alexander Melo Arévalo

20210110 Bautismo