Carta Pastoral "María, Estrella de la Evangelización. La fuerza evangelizadora de la Piedad popular"

 

María, Estrella de la evangelización.

La fuerza evangelizadora de la piedad popular

Carta pastoral de los Obispos del Sur de España al cumplirse

el 30º aniversario del viaje apostólico de San Juan Pablo II a Sevilla y Huelva

Introducción

  1. Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 11, 28). Leemos en el Evangelio de san Lucas que, mientras Jesús enseñaba a la gente, una mujer levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron (Lc 11, 27). Jesús escuchó aquellas palabras llenas de afecto y, sin rechazarlas, invitó a todos los presentes a recorrer el camino mejor, el que consiste en escuchar la Palabra de Dios y cumplirla. Aquel grito espontáneo lleno de cariño se convirtió en ocasión propicia para que Jesucristo declarara una nueva bienaventuranza que señalaba directamente a su Madre. Si la Virgen María es dichosa por haber acogido en sus entrañas y haber dado a luz al Verbo eterno hecho carne, es aún más dichosa por escuchar la Palabra de Dios y llevarla a cumplimiento. El elogio del Hijo incluía a la Madre, y, desde Ella, el Hijo mostró el camino de la bienaventuranza mejor.
  1. A lo largo de los siglos, la escena descrita por el evangelista se ha repetido de maneras diferentes en la Historia de la Iglesia. «Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[1]. Por eso, quien se encuentra con Él y se deja sorprender por su enseñanza, no puede contener el grito de su corazón, que rebosante de afecto, proclama con alegría la bondad y la belleza del Salvador y de su Santísima Madre. Como hiciera Cristo en aquella ocasión, la Iglesia reconoce la sinceridad de esa proclamación y propone, desde la Palabra de Dios, el camino mejor. En aquel grito sentido, es fácil reconocer la manifestación del amor y de la ternura que inspira tantas expresiones de la piedad popular.
  1. La piedad popular, en efecto, «constituye una expresión de la fe, que se vale de los elementos culturales de un determinado ambiente, interpretando e interpelando la sensibilidad de los participantes, de manera viva y eficaz»[2]. La genuina piedad popular llena de afecto la vida cristiana, recoge lo mejor de cada cultura y lo convierte en expresión viva de la fe. «A través de ella, la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común. Por eso, la piedad popular es un gran patrimonio de la Iglesia. La fe se ha hecho carne y sangre»[3].
  1. El carácter genuinamente cristiano de la piedad popular tiene su fundamento en la verdad de la Encarnación: el Verbo se hizo carne asumiendo una humanidad verdadera, «el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra»[4], por eso, el testimonio cristiano radica en lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la vida se hizo visible (1 Jn 1, 1-2). La vida litúrgica y sacramental, en el tiempo de la Iglesia, permite de forma privilegiada el encuentro vivo con Jesucristo Resucitado, pues «lo que era visible en Nuestro Salvador ha pasado a sus misterios»[5]. Las genuinas expresiones de la piedad popular prolongan la vida litúrgica de la Iglesia sin sustituirla, de ahí la necesidad de un discernimiento pastoral para apoyar la piedad popular y, llegado el caso, «para purificar y rectificar el sentido religioso que subyace en estas devociones y para hacerlas progresar en el conocimiento del Misterio de Cristo»[6].
  1. «En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo»[7]. En las expresiones de la piedad popular reconocemos cómo la fe se ha encarnado en una cultura y se sigue transmitiendo. Si en algunos ámbitos eclesiales, esas expresiones se han mirado con desconfianza, los últimos Papas nos han ayudado a percibir el valor admirable de la piedad popular en la vida y misión de la Iglesia. San Pablo VI recordaba que la piedad popular «refleja una sed de Dios que solo los pobres y sencillos pueden conocer»[8]. San Juan Pablo II invitaba a considerar cuidadosamente las formas de la piedad popular «mediante una pastoral de promoción y renovación, que les ayude a desarrollar todo lo que es expresión auténtica de la sabiduría del Pueblo de Dios»[9]. Benedicto XVI consideraba la piedad popular como «un precioso tesoro de la Iglesia Católica»[10]. Francisco, por su parte, desde el inicio de su pontificado, ha subrayado la fuerza evangelizadora de las expresiones de la piedad popular y ha llamado expresamente a alentarla y fortalecerla, pues «tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológicoal que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización»[11].
  1. Sin duda, uno de los rasgos más característicos de la vida cristiana en las diócesis de Andalucía es la riqueza multiforme de su piedad popular. Sus expresiones acompañan a los fieles a lo largo de su vida terrena, configuran el ritmo de las celebraciones del Año litúrgico y dan forma, incluso, a nuestra geografía, sembrando de devoción a los Misterios de la vida de Cristo, a María Santísima y a los Santos los lugares más emblemáticos de nuestros campos, pueblos y ciudades. Es innegable que la vitalidad de la Iglesia en nuestras diócesis se reconoce en gran medida gracias a las múltiples expresiones de la piedad popular.
  1. Los obispos de las diócesis andaluzas somos conscientes de la inmensa riqueza de la piedad popular[12]. De ella también está llena nuestra vida cristiana. «Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar»[13]. Como pastores que deseamos transmitir los mismos sentimientos de Cristo Buen Pastor, queremos, una vez más, mirar la piedad popular en nuestras diócesis con afecto entrañable y responsabilidad. «Es cierto que la piedad popular puede derivar hacia lo irracional y quizás también quedarse en lo externo»[14]. Por eso, es necesario en no pocas ocasiones purificarla del “polvo del camino”, como nos recordó San Juan Pablo II en su peregrinación al Santuario de Nuestra Señora del Rocío[15].
  1. Deseamos de todo corazón que en las manifestaciones de la piedad popular resplandezca la belleza del Evangelio vivido fielmente en la plena comunión de la Iglesia Católica. Si la piedad popular perdiera su raíz evangélica y eclesial, y se convirtiera en mera expresión folclórica o costumbrista traicionaría su verdadera esencia. Estamos convencidos de que «la piedad popular es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros […] En el ambiente de secularización que viven nuestros pueblos, sigue siendo una poderosa confesión del Dios vivo que actúa en la historia y un canal de transmisión de la fe. El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador por el cual el pueblo cristiano se evangeliza a sí mismo y cumple la vocación misionera de la Iglesia»[16].
  1. Al cumplirse el trigésimo aniversario del cuarto viaje apostólico de San Juan Pablo II a España, realizado del 12 al 17 de junio de 1993, los Obispos de las Diócesis de Andalucía queremos recuperar algunas de las enseñanzas sobre la piedad popular que en aquella ocasión nos ofreció. «El recuerdo del pasado ha de servir de estímulo y acicate para afrontar con decisión y coraje apostólicos los desafíos del presente»[17]. Aquella visita apostólica tuvo un marcado acento eucarístico y mariano: además de clausurar el XLV Congreso Eucarístico Internacional en Sevilla, en cuya catedral ordenó a 37 sacerdotes, visitó en Huelva el santuario de Nuestra Señora de la Cinta, el Monasterio de la Rábida -donde coronó la imagen de Nuestra Señora de los Milagros- y, como un romero, peregrinó al santuario de Nuestra Señora del Rocío.
  1. En esos lugares marianos, San Juan Pablo II llamó a María Santísima “Estrella de la evangelización”, recuperando el título que le diera San Pablo VI[18]. Evocó, además, el pasaje evangélico de las bodas de Caná y mostró la actualidad de la súplica de la Virgen María que intercede por sus hijos: No tienen vino (Jn 2, 3). «Con estas mismas palabras María se dirige hoy a una sociedad como la nuestra, que, pese a sus hondas raíces cristianas, ha visto difundirse en ella los fenómenos del secularismo y la descristianización, y “reclama, sin dilación alguna, una nueva evangelización” […] Los signos de descristianización que observamos no pueden ser pretexto para una resignación conformista o un desaliento paralizador; al contrario, la Iglesia discierne en ellos la voz de Dios que nos llama a iluminar las conciencias con la luz del Evangelio»[19].
  1. Pasados treinta años de aquel diagnóstico, comprobamos que los fenómenos del secularismo y la descristianización afectan también gravemente a realidades y expresiones vinculadas a la piedad popular. En continuidad con los hermanos obispos que nos han precedido al frente de las diócesis de Andalucía, queremos de nuevo volver la mirada al hermoso patrimonio eclesial de la piedad popular a fin de ofrecer orientaciones que ayuden a mostrar su fuerza evangelizadora y favorezcan su purificación, siempre necesaria. Nos mueve a ello la reiterada invitación de los últimos Papas que nos llaman a la urgente tarea de la Nueva Evangelización. «Urge -nos decía hace treinta años San Juan Pablo II- un nuevo esfuerzo creador en la evangelización de nuestro mundo. El reto es decisivo y no admite dilaciones ni esperas. Ni hay motivos para el desaliento, pues, por muchas que sean las sombras que oscurecen el panorama, son más los motivos de esperanza que en él se vislumbran: vuestras propias raíces cristianas, vuestra fe en Jesucristo, vuestra devoción a su divina Madre. De ello habéis de sacar las energías capaces de dar impulso a la nueva evangelización»[20].
  1. Así pues, con el presente documento deseamos, por un lado, recordar el lugar importantísimo de la piedad popular en la vida cristiana, y, por otro, ayudar a nuestros fieles a sacar de las propias raíces cristianas las energías para impulsar con toda la Iglesia una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría que brota del encuentro vivo con Jesucristo. Adoptando la terminología del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (2002), entendemos por “piedad popular” «las diversas manifestaciones cultuales, de carácter privado o comunitario, que en el ámbito de la fe cristiana se expresan principalmente, no con los modos de la sagrada Liturgia, sino con las formas peculiares derivadas del genio de un pueblo o de una etnia y de su cultura»[21]. Aunque en numerosas ocasiones se utilizan como sinónimas las expresiones “piedad popular” y “religiosidad popular”, emplearemos preferentemente la primera de ellas al entender que la segunda es más vaga y designa una experiencia que no se limita al ámbito de la fe cristiana.

1. La piedad popular en la vida cristiana

  1. Te colma de gracia y de ternura (Sal 102, 4). El salmista canta la bondad del Señor hacia los hombres proclamando la grandeza, no sólo de su amor, sino también de su ternura. El Señor, en efecto, nos ama con cariño y delicadeza. La dicha del creyente tiene su fundamento en el amor de Dios que colma todas las dimensiones de la vida. Entre todas las criaturas, solo el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), de ahí las facultades que le distinguen: porque es capaz de Verdad, está dotado de entendimiento; porque es capaz de Belleza está dotado de afectos; porque es capaz de Bondad está dotado de voluntad; porque es capaz de Comunión, está dotado de libertad. Estas capacidades no hacen sino expresar la grandeza y dignidad del ser humano que es capaz de Dios. En estas capacidades residen los anhelos más profundos y verdaderos de la condición humana, que, al ser colmados, producen la felicidad. No se equivocaba san Agustín de Hipona cuando reconocía: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti»[22].
  1. Estas cuatro capacidades ponen en ejercicio las dimensiones constitutivas de la vida cristiana: creer, celebrar, vivir (comprometerse) y orar. En efecto, si el cristiano se define por lo que cree (dimensión confesante), por lo que celebra (dimensión celebrativa), por lo que vive (dimensión de compromiso) y por lo que ora (dimensión orante), la piedad popular se descubre entonces como realidad que atraviesa esas dimensiones llenándolas de “calor” y afecto. Para que la vida cristiana, en todas sus dimensiones, sea percibida como bienaventuranza es necesaria la integración de la piedad popular en la armonía de lo que se cree, de lo que se celebra, de lo que se vive y de lo que se ora.
  1. No es verdaderamente cristiano quien simplemente acepta el Credo, pero ha abandonado la celebración litúrgica, el compromiso por la transformación del mundo que brota de la caridad o la vida de oración. Tampoco lo es quien reduce la vida cristiana a algunas celebraciones en determinados momentos de la vida, pero no se deja iluminar por la luz de la fe ni acepta su dimensión apostólica. Como tampoco es verdaderamente cristiano quien se entrega a una acción que no brota de la Liturgia ni tiende a ella, ni está sostenida por una caridad iluminada por la fe y alimentada por el trato con el Señor en la oración. Si falla alguna de las dimensiones de la vida cristiana, toda ella se ve seriamente dañada.
  1. Se entiende, entonces, que el solo ejercicio de ciertas prácticas de piedad no puede ser considerado manifestación auténtica de la fe. La piedad popular, para que sea realmente lo que está llamada a ser, es decir, para que ponga y exprese el afecto de la vida cristiana, ha de armonizarse con la doctrina de la fe de la Iglesia, con su celebración litúrgica, con el compromiso apostólico y misionero en favor de la evangelización y de la transformación del mundo, y con la vida de oración. El primer objetivo de este documento es mostrar precisamente cómo se integra la piedad popular en la vida de quien cree, celebra, se compromete y ora desde la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, presente en la Iglesia.

1.1. La piedad popular y la Profesión de la fe

  1. La piedad popular, cuando es genuina, tiene como fuente la fe. Por eso, la autenticidad cristiana de los ejercicios de piedad y devociones debe verificarse desde su conformidad con la doctrina de la fe, tal como es profesada por la Iglesia en el Credo. Bien lo saben las Hermandades y Cofradías cuando en su “función principal” realizan año tras año la protestación de la fe, es decir, la confesión pública de la fe de la Iglesia con los acentos propios que distinguen a cada Hermandad. Mediante ese acto solemne se pretende cumplir lo que el apóstol san Pablo enseña: Porque, si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación (Rom 10, 9-10). Carece de sentido profesar con los labios lo que no se cree con el corazón, o, lo que es lo mismo, declarar externamente el Credo y vivir de manera contraria a la fe y moral de la Iglesia. Así, la conformidad de las manifestaciones de la piedad popular con la doctrina de la fe de la Iglesia Católica se puede verificar analizando los siguientes aspectos: su inspiración evangélica, el respeto por la “jerarquía de verdades”, el sentido eclesial, la proyección pedagógica y catequética, la relevancia salvífica y un correcto sentido de la inculturación.
  1. El Evangelio es la medida y el criterio para valorar toda forma de expresión de la piedad cristiana. No es aceptable una oración cristiana sin referencia, directa o indirecta, a las páginas bíblicas[23]. El Evangelio debe ser el inspirador del lenguaje y de las formas de los ejercicios piadosos. En este sentido, reiteramos las repetidas recomendaciones del Magisterio de la Iglesia en favor del rezo, individual y comunitario, de oraciones como el Santo Rosario y el Via crucis. En estas oraciones, de clarísima inspiración bíblica, el alma cristiana acompaña, de la mano de la Santísima Virgen María, a Cristo en los Misterios de su vida y aprende a seguirle cargando con la cruz. En la fidelidad a la Palabra de Dios está el principal y mejor antídoto contra toda forma de superstición.
  1. El respeto por la llamada “jerarquía de verdades” implica el reconocimiento en los ejercicios de piedad de una gradación en el culto acorde al Misterio de Dios y a su designio de salvación, tal como Él mismo lo ha revelado. Las manifestaciones de la piedad popular deben conducir al mayor encuentro con Cristo, pues de Él brota y a Él tiende el único culto que justa y merecidamente se llama cristiano[24]. En cuanto expresiones del culto cristiano que tienen en la Liturgia su fuente y su culmen, los ejercicios piadosos hallan en Cristo su plena expresión y por medio de Él conducen en el Espíritu Santo al Padre. Eso significa que todas las prácticas de piedad, incluidas las referidas a la Santísima Virgen María y a los Santos, deben «expresar la dimensión trinitaria que distingue y caracteriza el culto al Dios de la revelación neotestamentaria, el Padre, el Hijo y el Espíritu; la dimensión cristológica, que subraya la única y necesaria mediación de Cristo; la dimensión pneumatológica, porque toda auténtica expresión de piedad viene del Espíritu y en el Espíritu se consuma; el carácter eclesial, por el que los bautizados, al constituir el pueblo santo de Dios, rezan reunidos en el nombre del Señor (cfr. Mt 18,20) y en el espacio vital de la Comunión de los Santos»[25].
  1. Las manifestaciones de la piedad popular, cuando son auténticas, muestran el verdadero rostro de la Iglesia, Esposa de Cristo. El amor que la Iglesia Esposa profesa hacia su Señor está sostenido por la acción del Espíritu Santo que pone en los fieles cristianos el anhelo de un encuentro cada vez más pleno con Jesucristo. Mientras llega el Esposo, el Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven! (Ap 22, 17). Por eso, la piedad popular genuina, en cuanto expresa con afecto el amor de la Iglesia, está animada por la acción del Espíritu Santo. Se requiere un delicado y paciente discernimiento a la hora de reconocer la presencia del Espíritu en muchos ejercicios piadosos. Dos criterios nos ayudarán especialmente a ello: la autenticidad de los frutos y el sentido eclesial. Respecto a lo primero, un ejercicio de piedad popular será auténtico si en la persona que lo practica brillan los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí (Ga 5, 22-23). Respecto a lo segundo, se reconoce la validez de los ejercicios piadosos en la medida que ayudan a expresar la comunión de la Iglesia, fortaleciendo los lazos de concordia entre los miembros del Pueblo de Dios: Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados (Ef 4, 4). Carecería de sentido reivindicar unas formas de piedad que sembraran la división entre los miembros de la Iglesia.
  1. Los ejercicios de piedad han sido históricamente un medio muy eficaz para la transmisión del mensaje evangélico y, posteriormente, para conservar la fe cristiana. Por eso, «la catequesis y las actividades educativas no pueden descuidar, al proponer una espiritualidad viva, la referencia al patrimonio que representa la piedad popular, especialmente los ejercicios de piedad recomendados por el Magisterio»[26]. Si es verdad que en la transmisión de la fe (evangelización, catequesis y educación cristiana) no se puede prescindir de la piedad popular, es igualmente verdadero que los ejercicios piadosos han de ir siempre acompañados de una correcta catequesis. «La catequesis tendrá especial cuidado en apreciar la fuerza evangelizadora de las expresiones de la piedad popular, integrándolas y valorándolas en su proceso formativo y dejándose inspirar por la elocuencia natural de los ritos y signos del pueblo en lo que se refiere a la salvaguardia de la fe y a su transmisión de una generación a otra. En este sentido, muchas prácticas de piedad popular son un camino ya trazado para la catequesis. Además, la catequesis tratará de devolver ciertas manifestaciones de la piedad popular a sus raíces evangélicas, trinitarias, cristológicas y eclesiales, purificándolas de deformaciones o actitudes erróneas y convirtiéndolas en oportunidades para un nuevo compromiso con la vida cristiana»[27].
  1. Cuando la piedad popular es vivida como expresión de la fe confesada, celebrada y comprometida brilla también por medio de ella la grandeza de la vocación cristiana y la alegría de la salvación que el Padre nos ofrece en el Hijo por el don del Espíritu Santo. Por el contrario, cuando la vida cristiana se identifica exclusivamente con algunos ejercicios de piedad popular se «puede favorecer un alejamiento progresivo de los fieles respecto a la revelación cristiana y la reasunción indebida o equivocada de elementos de la religiosidad cósmica o natural; se pueden introducir en el culto cristiano elementos ambiguos, procedentes de creencias precristianas, o simplemente expresiones de la cultura y psicología de un pueblo o etnia; se puede crear la ilusión de alcanzar la trascendencia mediante experiencias religiosas viciadas; se puede comprometer el auténtico sentido cristiano de la salvación como don gratuito de Dios, proponiendo una salvación que sea conquista del hombre y fruto de su esfuerzo personal...; se puede, finalmente, hacer que la función de los mediadores secundarios, como la Virgen María, los Ángeles y los Santos, e incluso los protagonistas de la historia nacional, suplanten en la mentalidad de los fieles el papel del único Mediador, el Señor Jesucristo»[28]. Una vez más, es necesario insistir en la necesidad de una adecuada formación catequética, litúrgica y misionera para superar esos riesgos. El tesoro de la piedad popular se puede destruir si se reduce a una manifestación meramente cultural sin adhesión de fe, si se aleja de la comunión eclesial o se convierte en una práctica tradicional llevada a cabo por personas que han perdido la conciencia de su significado original. «Estos riesgos se ven incrementados por la cultura mediática, que ha llevado a acentuar los aspectos emocionales y sensacionalistas de los fenómenos religiosos, a veces únicamente por intereses económicos»[29].
  1. Finalmente, en relación con la doctrina de la fe, la piedad popular está llamada a manifestar el correcto sentido de la llamada “inculturación”. «Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio»[30]. Está en conformidad con la Tradición constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos todo aquello que está en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo[31]. Por “inculturación de la fe” entendemos la «íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas»[32]. Por medio de la inculturación, la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad. Los ejercicios piadosos son expresión de una correcta inculturación cuando expresan el mensaje evangélico en su integridad y verdad, de modo que lo cultural se descubre como preparación para el evangelio[33]. La piedad popular es un punto de partida óptimo para sanar usos culturales dañados[34].

1.2. La piedad popular y la Liturgia

  1. La relación entre Liturgia y piedad popular ha sido expresamente abordada por el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (cf. SC 13). El Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia del año 2001 ha desarrollado posteriormente las orientaciones conciliares. La aplicación de las directrices ahí ofrecidas es una tarea aún pendiente en muchos aspectos. Invitamos, pues, a todos los responsables de la acción pastoral de la Iglesia, sea cual sea su misión, a conocer y dar a conocer el Directorio, dejándose iluminar con sentido filial por sus orientaciones. Atendiendo a la realidad concreta de las diócesis andaluzas, creemos especialmente urgente recordar algunas de sus directrices.
  1. «La Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10). Por eso, en primer lugar, debe mantenerse, tanto en el pensamiento como en la acción, el primado de la Liturgia. No se debe olvidar que, mientras los sacramentos son necesarios para vivir en Cristo, las formas de piedad popular pertenecen al ámbito de lo facultativo. Es por ello imprescindible que se dé preeminencia a la participación en la Misa dominical, al sacramento de la Penitencia, a la oración litúrgica y al año litúrgico sobre cualquier manifestación devocional. Téngase en cuenta que «esta obligada preeminencia no puede comprenderse en términos de exclusión, contraposición o marginación»[35], ya que «la participación en la Sagrada Liturgia no abarca toda la vida espiritual» (SC 12). Como alimento espiritual para su vida cristiana, los fieles también cuentan con los ejercicios piadosos, los cuales han de organizarse «de modo que vayan de acuerdo con la Sagrada Liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la Liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos» (SC 13).
  1. La preeminencia de la Liturgia sobre las devociones populares se comprende fácilmente ahí donde existe una adecuada formación litúrgica. Hace un año, el Papa Francisco nos regaló la Carta Apostólica Desiderio desideravi (29.6.2022) sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, con la que quiso invitar «a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana» (n. 16). Para vencer la “mundanidad espiritual”, el Papa propone volver a descubrir la centralidad de la liturgia en la vida cristiana. Es fundamental recuperar el “sentido de lo sagrado” y el decoro en nuestras celebraciones, comprendiendo bien que la «participación consciente, activa y fructuosa» de todos los fieles en la Liturgia, que buscó la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II (SC 11), no significa confundir la celebración con otras acciones eclesiales en las que los fieles “hacen más cosas”, como la catequesis, las reuniones de formación o los encuentros para festejar comunitariamente momentos de la vida. La participación litúrgica es verdaderamente activa, fructuosa y consciente cuando «en las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hace todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC 28).
  1. «En sus manifestaciones más auténticas, [la piedad popular] no se contrapone a la centralidad de la Sagrada Liturgia, sino que, favoreciendo la fe del pueblo, que la considera como propia y natural expresión religiosa, predispone a la celebración de los Sagrados misterios»[36]. Es importante que las prácticas devocionales no alteren las celebraciones litúrgicas. La necesaria armonía entre Liturgia y piedad popular pasa siempre por el respeto de las normas litúrgicas. No se debe confundir solemnidad con pomposidad, ni sencillez con mezquindad. Los añadidos devocionales a la celebración no la hacen más solemne, como tampoco la hace más sencilla la supresión de lo estipulado por la norma litúrgica. La recuperación de las catequesis mistagógicas puede ayudar muy bien a gustar el sentido auténtico de la Liturgia y, desde ella, valorar mejor la riqueza de las expresiones de la piedad popular.
  1. En la tarea de adecuar las prácticas devocionales a la Liturgia es fundamental mantener el ritmo propio del año litúrgico. La Liturgia nos concede volver cada año a lo mismo, pero nunca de la misma manera. Se nos regala la posibilidad de salir de nuevo al encuentro de Quien primero nos ha encontrado. Vivir con la Iglesia al ritmo del año litúrgico es una oportunidad preciosa para renovar la vida cristiana acompañando a Cristo en los misterios de su vida. Aprovechar esa oportunidad requiere sintonizar con lo que celebramos en cada momento del año. Por eso, «es preciso que los ejercicios piadosos se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada Liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos» (SC 13).
  1. Lo dicho del ritmo anual vale también para el ritmo semanal marcado por el Domingo, primer día de la semana. Recientemente se ha cumplido el vigésimo quinto aniversario de la Carta Apostólica Dies Domini (“El Día del Señor”) del Papa Magno San Juan Pablo II sobre la santificación del Domingo (31.5.1998). Al inicio de este precioso documento, cuya lectura sigue siendo de grandísima utilidad para todos los fieles, el Papa recordaba que «a los discípulos de Cristo se pide que no confundan la celebración del Domingo, que debe ser una verdadera santificación del Día del Señor, con el “fin de semana”, entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso o diversión» (n. 4). Para que el Domingo sea de verdad el día dedicado al Señor es imprescindible renovar el encuentro con Cristo vivo en la participación de la Santa Misa, fortaleciendo los vínculos con la Iglesia mediante un descanso digno que cuide la vida familiar y se abra a la solidaridad con el prójimo. El mismo Juan Pablo II recordaba a propósito del domingo el riesgo de que algunas tradiciones populares y culturales invadan la celebración de los domingos, «mezclando con el espíritu de la auténtica fe cristiana elementos que son ajenos o que podrían desfigurarla». Invitando a rechazar todo lo que no sea conciliable con el evangelio, el Papa pedía a los pastores «actuar con discernimiento para salvar los valores presentes en la cultura de un determinado contexto social y sobre todo en la religiosidad popular, de modo que la celebración litúrgica, principalmente la de los domingos y fiestas, no sea perjudicada, sino que más bien sea potenciada»[37].

1.3. La piedad popular y el apostolado

  1. Junto a la profesión y a la celebración de la fe se encuentra, como acción constitutiva de la vida cristiana, el compromiso que nace de la caridad, es decir, lo que el apóstol san Pablo llama la fe que actúa por el amor (Ga 5, 6). Una vida de fe que no se tradujera en obras concretas de caridad no sería auténtica. Con claridad lo recuerda el apóstol Santiago: lo mismo que el cuerpo sin aliento está muerto, así también la fe sin obras está muerta (Sant 2, 26). La fe en Jesucristo, Redentor del hombre, conduce a la doble tarea de la evangelización y de la transformación del mundo. Todos y cada uno de los cristianos, según su propio estado de vida en la Iglesia, están llamados a anunciar el evangelio y a colaborar con su trabajo a la recapitulación de todas las cosas en Cristo. La promoción de la justicia, la preocupación por los más necesitados o la defensa de la dignidad humana no son tareas opcionales para el seguidor de Jesucristo. «No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35; Mt 25, 31-46)»[38]. Con estas palabras, san Juan Pablo II, al convocar el Año de la Eucaristía, indicaba dos señales inequívocas de una auténtica vida eucarística: el amor mutuo y, de modo especial, la atención a los necesitados. Ambas señales revelan también la autenticidad de una piedad popular que encuentra en la eucaristía su fuente y su culmen.
  1. En relación con el compromiso que brota del amor, la piedad popular está llamada a crear el clima adecuado en el cual se aprendan y pongan en práctica numerosas virtudes cristianas. Cuando es auténtica, la piedad popular «manifiesta una sed de Dios que sólo los sencillos y los pobres pueden conocer, vuelve capaces de generosidad y de sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe; comporta un sentimiento vivo de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante; genera actitudes interiores, raramente observadas en otros lugares, en el mismo grado: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desprendimiento, apertura a los demás, devoción»[39]. La piedad popular es, en efecto, escuela de compromiso cristiano. Frente a la pretensión dañina de quienes se empeñan en desterrar de los espacios públicos las manifestaciones de fe, la piedad popular puede ofrecer recursos valiosísimos para la tarea evangelizadora.
  1. La piedad popular «tiene necesidad de ser continuamente evangelizada, para que la fe que expresa llegue a ser un acto cada vez más maduro y auténtico»[40]. Para que las expresiones de la piedad popular estén al servicio de la evangelización es necesario que reciban primero el Evangelio. La descristianización que padecemos no comporta sólo la pérdida de la fe o su falta de relevancia para la vida personal y social, sino también un oscurecimiento del sentido moral. «La evangelización comporta también el anuncio y la propuesta moral»[41]. Cada vez somos más conscientes de que las Hermandades y Cofradías, los Santuarios o los ámbitos eclesiales donde se cultiva la piedad popular son destinatarios directos de la evangelización. El reto evangelizador se encuentra hoy con el riesgo de ceder, por fuera, al laicismo que pretende desterrar de los espacios públicos la expresión de la fe y se obstina en plantear las relaciones humanas (política, economía, convivencia social, etc.) como si Dios no existiera, provocando, por dentro, una secularización interna que vacía de encuentro con el Señor todo lo que la Iglesia cree, celebra, vive y ora. El Papa Francisco se refiere a esta secularización interna llamándola “mundanización”. Tampoco están exentas las Hermandades del riesgo de la mundanización. No faltarán quienes quieran servirse de las Hermandades para sus intereses personales o quienes las usarán para convertirlas en meras conservadoras de antigüedades, como se custodian las piezas de un museo, o para reducirlas a meras organizadoras de eventos festivos.
  1. El riesgo de la mundanización se vence con la conversión, es decir, volviendo la vida al Señor, teniendo la valentía de reconocer todo aquello que no se ajusta a su Evangelio y caminando en docilidad al Espíritu Santo por la senda que Cristo mismo nos traza en su Iglesia: El que quiera ser discípulo mío, que se niegue a sí mismo, cargue con la cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo? (Lc 9, 23-25). En cualquier campo de la vida personal, familiar, social y política, la moral ofrece un servicio original e insustituible no solo para cada persona, sino también para la sociedad. No es posible desconectar la fe de la moral. La auténtica piedad popular no olvida las implicaciones morales de la fe y contribuye a fortalecer la coherencia entre lo que se cree y se vive.

1.4. La piedad popular y la vida de oración

  1. La piedad popular auténtica nace de la oración y conduce a la oración. Los evangelistas refieren que los momentos decisivos del caminar terreno del Verbo encarnado están marcados por la oración. La oración de Jesús revela su verdadera identidad: Él es el Hijo amado del Padre, que permanece en comunión con Él. Sus palabras y silencios, su actuación y modo de padecer revelan su condición divina y humana. La oración de Jesús es expresión en el tiempo de la comunión que mantiene en la eternidad con el Padre y el Espíritu Santo. Por eso, cuando Jesús nos invita a la oración, nos llama a participar de su misma comunión en la Trinidad Santa.
  1. Cuando Jesús ora, nos enseña a orar. La oración cristiana tiene su fundamento en la oración de Jesús. Orar en cristiano significa participar en la relación amorosa que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Cuando los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar, Jesús nos regala las palabras para que nos dirijamos al Padre y nos promete el Espíritu Santo para que permanezcamos en su comunión. La oración cristiana no es un ejercicio de relajación, ni un encerrarse en uno mismo para alcanzar una tranquilidad egoísta. La oración auténtica es vivencia de comunión. La “soledad” de la persona que ora está siempre acompañada. No se equivocaba Santa Teresa de Jesús cuando definía la oración como un «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (V 8,5). Por eso, la oración cristiana acompaña toda la vida, en momentos de alegría y de tribulación.
  1. Las Hermandades están llamadas a ser talleres de santidad, donde se cuide la formación espiritual de sus miembros y se sigan los ejemplos de auténtica perfección evangélica, que no faltan en la historia de las Hermandades[42]. Recordaba el Papa Francisco que los obispos latinoamericanos han definido la piedad popular como una espiritualidad, una mística, es decir, como un «espacio de encuentro con Jesucristo». De ahí su exhortación siempre válida: «Acudid siempre a Cristo, fuente inagotable, reforzad vuestra fe, cuidando la formación espiritual, la oración personal y comunitaria, la liturgia. A lo largo de los siglos, las Hermandades han sido fragua de santidad de muchos que han vivido con sencillez una relación intensa con el Señor. Caminad con decisión hacia la santidad; no os conforméis con una vida cristiana mediocre, sino que vuestra pertenencia sea un estímulo, ante todo para vosotros, para amar más a Jesucristo»[43].
  1. Al entrar en el nuevo milenio, san Juan Pablo II afirmaba que «hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral»[44] e invitaba a poner toda programación pastoral bajo el signo de la santidad, desarrollando una pedagogía de la santidad verdadera y propia, capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Proponía entonces los elementos que no podían faltar en esta pedagogía: oración, Eucaristía dominical, sacramento de la Reconciliación, primacía de la gracia, y escucha y anuncio de la Palabra. Cuando hemos sido llamados por el Papa Francisco a prepararnos para la celebración de un nuevo Jubileo en el año 2025, volvemos a descubrir la necesidad de «recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo. Oración, para agradecer a Dios los múltiples dones de su amor por nosotros y alabar su obra en la creación, que nos compromete a respetarla y a actuar de forma concreta y responsable para salvaguardarla. Oración como voz “de un solo corazón y una sola alma” (cf. Hch 4, 32) que se traduce en ser solidarios y en compartir el pan de cada día. Oración que permite a cada hombre y mujer de este mundo dirigirse al único Dios, para expresarle lo que tienen en el secreto del corazón. Oración como vía maestra hacia la santidad, que nos lleva a vivir la contemplación en la acción»[45]. Como peregrinos de esperanza, aprovechemos la celebración del Jubileo de 2025 para fortalecer el vínculo de la piedad popular con la oración, de modo que sus expresiones formen parte de la “gran sinfonía de oración” que estamos llamados a vivir como preparación a la gracia jubilar.

2. Las Hermandades y Cofradías al servicio de la nueva evangelización

  1. En la última visita ad limina de los obispos españoles celebrada en enero de 2022, durante el encuentro con los obispos de Andalucía, Extremadura, Murcia e Islas Canarias, el Papa Francisco nos pidió expresamente estar cerca de las Hermandades y Cofradías reconociendo su aportación importantísima a la piedad popular. Al preguntarle cómo llevar a cabo esa cercanía y qué cuidar de forma especial, nos remitió a dos documentos: su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (24.11.2013) y el número 48 de la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8.12.1975) del Papa San Pablo VI. Recientemente, en un encuentro mantenido con la Confederación de Cofradías de las Diócesis de Italia, Francisco se ha vuelto a referir a esos dos documentos para aclarar bien el lugar que corresponde a la piedad popular en el contexto de la nueva evangelización[46]. En la llamada del Sucesor de Pedro reconocemos los caminos que el Espíritu Santo está pidiendo a la Iglesia recorrer en el momento presente. Atendiendo a esta llamada, podemos volver a recordar los rasgos de la identidad católica de las Hermandades y su contribución específica a la evangelización.

2.1. La llamada del Sucesor de Pedro a las Hermandades

  1. Diez años después del viaje a Sevilla y Huelva, San Juan Pablo II publicó la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28.6.2003), donde volvió a recordar la importancia de la piedad popular y de las Hermandades en la tarea de la nueva evangelización. Viendo las necesidades evangelizadoras de la vieja Europa, el Papa pidió prestar especial atención a la piedad popular: «Se ha de dedicar también una atención especial a lapiedad popular. Muy extendida por las diversas regiones de Europa mediante las cofradías, procesiones y peregrinaciones a numerosos santuarios, enriquece el itinerario del año litúrgico, inspirando usos y costumbres familiares y sociales. Todas estas formas deben ser consideradas cuidadosamente mediante una pastoral de promoción y renovación, que les ayude a desarrollar todo lo que es expresión auténtica de la sabiduría del Pueblo de Dios […] En el campo de la piedad popular hay que vigilar constantemente los aspectos ambiguos de algunas de sus manifestaciones, preservándolas de desviaciones secularistas, consumismos desconsiderados o también de riesgos de superstición, para mantenerlas dentro de formas auténticas y juiciosas. Se ha de llevar a cabo una pedagogía apropiada, explicando cómo la piedad popular se ha vivir siempre en armonía con la liturgia de la Iglesia y vinculada con los Sacramentos»[47].
  2. Por su parte, Benedicto XVI, se refirió en numerosas ocasiones al papel de la piedad popular con relación a la nueva evangelización. Así, por ejemplo, al dirigirse a la Comisión Pontificia para América Latina con motivo del encuentro dedicado a la incidencia de la piedad popular en el proceso de evangelización, en abril de 2011, ofreció indicaciones valiosísimas para la misión evangelizadora en Hispanoamérica que son luminosas para toda la Iglesia. Afirmaba el Papa que, para llevar a cabo la nueva evangelización, dentro de un proceso que impregne todo el ser y el quehacer del cristiano «no se pueden dejar de lado las múltiples demostraciones de la piedad popular. Todas ellas, bien encauzadas y debidamente acompañadas, propician un fructífero encuentro con Dios, una intensa veneración del Santísimo Sacramento, una entrañable devoción a la Virgen María, un cultivo del afecto al Sucesor de Pedro y una toma de conciencia de pertenencia a la Iglesia. Que todo ello sirva también para evangelizar, para comunicar la fe, para acercar a los fieles a los sacramentos, para fortalecer los lazos de amistad y de unión familiar y comunitaria, así como para incrementar la solidaridad y el ejercicio de la caridad. Por consiguiente, la fe tiene que ser la fuente principal de la piedad popular, para que ésta no se reduzca a una simple expresión cultural de una determinada región. Más aún, tiene que estar en estrecha relación con la sagrada Liturgia, la cual no puede ser sustituida por ninguna otra expresión religiosa»[48].
  1. Junto a este reconocimiento de la importancia de la piedad popular, Benedicto XVI señaló algunas expresiones que deben ser corregidas: «No se puede negar, sin embargo, que existen ciertas formas desviadas de religiosidad popular que, lejos de fomentar una participación activa en la Iglesia, crean más bien confusión y pueden favorecer una práctica religiosa meramente exterior y desvinculada de una fe bien arraigada e interiormente viva. A este respecto, quisiera recordar aquí lo que escribí a los seminaristas el año pasado: “La piedad popular puede derivar hacia lo irracional y quizás también quedarse en lo externo. Sin embargo, excluirla es completamente erróneo. A través de ella, la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común. Por eso, la piedad popular es un gran patrimonio de la Iglesia. La fe se ha hecho carne y sangre. Ciertamente, la piedad popular tiene siempre que purificarse y apuntar al centro, pero merece todo nuestro aprecio, y hace que nosotros mismos nos integremos plenamente en el Pueblo de Dios”[49]»[50].
  1. Al inicio de su pontificado, en el marco del Año de la fe, el Papa Francisco exhortó a las Hermandades a cuidar la pertenencia eclesial. «La piedad popular es una senda que lleva a lo esencial si se vive en la Iglesia, en comunión profunda con vuestros Pastores. Queridos hermanos y hermanas, la Iglesia os quiere. Sed una presencia activa en la comunidad, como células vivas, piedras vivas. Los obispos latinoamericanos han dicho que la piedad popular, de la que sois una expresión es “una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia” (Documento de Aparecida, 264). ¡Esto es hermoso! Una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia. Amad a la Iglesia. Dejaos guiar por ella. En las parroquias, en las diócesis, sed un verdadero pulmón de fe y de vida cristiana, aire fresco. Veo en esta plaza una gran variedad antes de paraguas y ahora de colores y de signos. Así es la Iglesia: una gran riqueza y variedad de expresiones en las que todo se reconduce a la unidad, la variedad reconducida a la unidad y la unidad es encuentro con Cristo»[51].
  1. En esa misma ocasión, Francisco recordó a las Hermandades la tarea importantísima que están llamadas a cumplir. «Tenéis una misión específica e importante, que es mantener viva la relación entre la fe y las culturas de los pueblos a los que pertenecéis, y lo hacéis a través de la piedad popular. Cuando, por ejemplo, lleváis en procesión el crucifijo con tanta veneración y tanto amor al Señor, no hacéis únicamente un gesto externo; indicáis la centralidad del Misterio Pascual del Señor, de su Pasión, Muerte y Resurrección, que nos ha redimido; e indicáis, primero a vosotros mismos y también a la comunidad, que es necesario seguir a Cristo en el camino concreto de la vida para que nos transforme. Del mismo modo, cuando manifestáis la profunda devoción a la Virgen María, señaláis al más alto logro de la existencia cristiana, a Aquella que, por su fe y su obediencia a la voluntad de Dios, así como por la meditación de las palabras y las obras de Jesús, es la perfecta discípula del Señor (cf. LG 53). Esta fe, que nace de la escucha de la Palabra de Dios, vosotros la manifestáis en formas que incluyen los sentidos, los afectos, los símbolos de las diferentes culturas... Y, haciéndolo así, ayudáis a transmitirla a la gente, y especialmente a los sencillos, a los que Jesús llama en el Evangelio “los pequeños”. En efecto, “el caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador” (Documento de Aparecida, 264). Cuando vais a los santuarios, cuando lleváis a la familia, a vuestros hijos, hacéis una verdadera obra evangelizadora. Es necesario seguir por este camino. Sed también vosotros auténticos evangelizadores. Que vuestras iniciativas sean “puentes”, senderos para llevar a Cristo, para caminar con Él. Y, con este espíritu, estad siempre atentos a la caridad. Cada cristiano y cada comunidad es misionera en la medida en que lleva y vive el Evangelio, y da testimonio del amor de Dios por todos, especialmente por quien se encuentra en dificultad. Sed misioneros del amor y de la ternura de Dios. Sed misioneros de la misericordia de Dios, que siempre nos perdona, nos espera siempre y nos ama tanto»[52].
  1. Como se ha recordado[53], recientemente el Papa Francisco ha vuelto a dirigir palabras de orientación a las Hermandades. Al recibir a la Confederación de Cofradías de las Diócesis de Italia, asociación nacida en el Jubileo del año 2000, les ha invitado a prepararse al nuevo Jubileo de 2025, sabiéndose «una realidad muy significativa para esta preparación y posterior celebración». Les ha pedido después que se dejen animar por el Espíritu Santo y que caminen abiertos a los signos de los tiempos y a las sorpresas de Dios[54]. Y les ha propuesto tres líneas fundamentales para recorrer ese camino: “evangelicidad”, es decir, caminar tras las huellas de Cristo; “eclesialidad”, entendida como caminar juntos; y “misionariedad”, o sea, caminar anunciando el Evangelio.
  1. Con la primera línea, exhorta el Papa a cultivar la centralidad de Cristo en la vida, en la escucha cotidiana de la Palabra de Dios. Para ello, propone llevar el libro de los Evangelios en el bolsillo para leer un poco cada día. «Os exhorto, por tanto, a cultivar la centralidad de Cristo, organizando y participando regularmente en momentos formativos, en la asistencia asidua a los sacramentos, en una intensa vida de oración personal y litúrgica. Vuestras antiguas tradiciones litúrgicas y devocionales estén animadas por una vida espiritual intensa, con fervor, y por el compromiso concreto de la caridad. Y no tengáis miedo de actualizarlas en comunión con el camino de la Iglesia, para que puedan ser un don accesible y comprensible para todos, en los contextos en los que vivís y trabajáis, y un estímulo a acercarse a la fe también para los alejados»[55].
  1. Con la segunda línea, el Papa propone a las Hermandades que recuperen su secular experiencia de sinodalidad y la plasmen en proyectos comunitarios de formación, discernimiento y deliberación, en contacto vivo con la Iglesia local, con los obispos y las diócesis. «Vuestros consejos y vuestras asambleas no se reduzcan nunca a encuentros puramente administrativos o particularistas; sean siempre y antes que nada lugares de escucha de Dios y de la Iglesia, de diálogo fraterno, caracterizado por un clima de oración y de caridad sincera. Solo así podrán ayudaros a ser realidades vivas y a encontrar nuevas vías de servicio y de evangelización»[56]. Importa recordar en este punto que los llamados “criterios de eclesialidad”, enunciados por San Juan Pablo II para las asociaciones laicales, se refieren también a las Hermandades y Cofradías. Esos criterios son: el primado de la vocación a la santidad, la responsabilidad de confesar la fe católica, el testimonio de comunión con el Papa y los obispos, la participación en la misión evangelizadora de la Iglesia y el compromiso social a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia[57].
  1. Con la tercera línea, Francisco ha pedido a las Hermandades que caminen anunciando el Evangelio, testimoniando la fe y cuidando especialmente a quienes padecen las nuevas pobrezas de nuestro tiempo. «Estudiad bien cuáles son las nuevas pobrezas. Nosotros quizá no las conocemos, pero hay muchas, las nuevas pobrezas. La historia de las Hermandades tiene en este sentido un gran patrimonio carismático. ¡No dejéis decaer esta herencia! Mantened vivo el carisma del servicio y de la misión, respondiendo con creatividad y valentía a las necesidades de nuestro tiempo»[58]. Las obras de misericordia, corporales y espirituales, ayudas a identificar las pobrezas que hoy adquieren matices propios. Como las pobrezas económicas o físicas que se reconocen en la falta de alimentos, de vestido, de vivienda digna, el paro de larga duración o la imposibilidad de acceder al trabajo para los jóvenes. Las pobrezas culturales, como la falta de oportunidades para recibir formación, con la consiguiente exclusión social y cultural. Las pobrezas sociales, como la soledad de los mayores o de quienes han perdido a familiares y seres queridos, la incomunicación, la incapacidad para abrirse camino en las administraciones públicas, la discriminación o marginación. Las pobrezas espirituales, como el vacío interior, la pérdida del sentido de la vida, la confusión moral o la desesperanza.

2.2. La identidad católica de las Hermandades

  1. Históricamente, las Hermandades surgieron a finales del siglo XI junto a los monasterios con una triple finalidad[59]: culto, beneficencia y penitencia. El culto a Dios se plasmó en la conmemoración de los misterios de la vida de Cristo, especialmente de la pasión y muerte del Señor durante la Semana Santa, además de la veneración de María Santísima, sobre todo con el Santo Rosario, y de los santos, añadiendo los sufragios por las almas del purgatorio. La beneficencia respondía a la enseñanza de la Iglesia sobre la práctica de las obras de misericordia, corporales y espirituales, traduciéndose en acciones de solidaridad social que dieron lugar a “artes” y corporaciones que cultivaban la fraternidad en el ejercicio de obras asistenciales, como albergues y hospitales. La penitencia buscaba la formación y el perfeccionamiento moral de los miembros de la Hermandad, llamando a la conversión en tiempos de calamidades y crisis morales. Esas motivaciones se resumían en un solo propósito que movía a los fieles a formar parte de una Hermandad: “por temor de Dios y amor a Cristo” (pro Dei timore et Christi amore)[60].
  1. En época más reciente se han reformulado esos mismos fines dando a la formación un espacio propio y ubicando la penitencia en una comprensión más amplia del culto y de la beneficencia. Hablamos así de los tres fines que sitúan a las Hermandades en la comprensión más reciente de la Iglesia como misterio de comunión[61]: formación, culto y acción caritativa. La llamada de los últimos Papas a impulsar una nueva etapa evangelizadora nos ha hecho más conscientes de la necesidad de añadir un cuarto fin: la participación activa en la misión evangelizadora de la Iglesia. «Hoy la urgencia de la evangelización exige que también las Hermandades participen más intensa y directamente en el trabajo que la Iglesia realiza para llevar la luz, la redención, la gracia de Cristo a los hombres de nuestro tiempo, impulsando iniciativas adecuadas, tanto para la formación religiosa, eclesial y pastoral de sus miembros, como para los ámbitos humanos y sociales en los que se debe introducir la levadura del Evangelio»[62]. En el momento histórico que nos toca vivir, las Hermandades deben apoyar su vida en cuatro pilares inseparables: la formación, el culto (liturgia y devociones), la caridad y la evangelización.

2.3. La tarea evangelizadora de las Hermandades

  1. Si «la Iglesia existe para evangelizar»[63], las Hermandades que sean auténticamente eclesiales existirán también para evangelizar. Y esto, con una doble orientación: hacia dentro y hacia fuera. La primera preocupación de una Junta de gobierno, en cuanto cabeza de una Hermandad, debe ser llevar el evangelio a todos sus miembros. Si la pertenencia a una Hermandad no convierte en mejores católicos a sus miembros, de poco o nada sirven sus esfuerzos. Las tareas, proyectos o preocupaciones de quienes están al frente de una Hermandad no deberían centrarse prioritariamente en mejorar su patrimonio material, sino en el cuidado espiritual y corporal de quienes forman la Hermandad. La riqueza de una Hermandad son las personas y, entre ellas, especialmente, las más necesitadas. En el cuidado de los más pobres nos espera Cristo. Por eso, los pobres son la riqueza de la Iglesia. Y deberían ser el centro de atención de todos los miembros de la Iglesia, también de las Hermandades. Así, en el momento presente, las Hermandades pueden contribuir decisivamente a la tarea evangelizadora si contribuyen a la transmisión de la fe, se comprometen en la práctica de las obras de misericordia y son portadoras de esperanza para nuestro mundo.
  1. a) Las Hermandades, escuelas de vida cristiana
  1. En su visita al Santuario de Nuestra Señora del Rocío, el Papa San Juan Pablo II invitó a todos los presentes a hacer de ese lugar «una verdadera escuela de vida cristiana»[64]. Esa feliz expresión define muy bien una de las tareas que las Hermandades pueden llevar a cabo en favor de la evangelización: la transmisión de la fe. Cuando las Hermandades cuidan su identidad eclesial generan espacios donde se transmite la fe de padres a hijos, y de hermanos entre sí. La propuesta formativa de las Hermandades debe prestar especial atención a las familias, a los más pequeños y a los jóvenes. Parroquias, movimientos y colegios pueden encontrar en las Hermandades un entorno complementario de fe donde desarrollar de manera completa los itinerarios de iniciación cristiana. Es recomendable que, junto a las vocalías de infancia y juventud, en las Juntas de gobierno de las Hermandades exista también una vocalía de iniciación cristiana, que, de acuerdo con las directrices diocesanas y de la propia parroquia, ofrezca los recursos para que niños, jóvenes y adultos puedan completar su iniciación cristiana, catequética y sacramentalmente. Se entiende así, que solo pueden formar parte de una junta de gobierno quienes hayan completado su iniciación, habiendo recibido los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía, junto con el hábito de la Confesión sacramental. En un mundo que se obstina en plantearse como si Dios no existiera, dañando el orden creado y falseando el matrimonio y la familia, las Hermandades pueden ofrecer espacios de fraternidad eclesial donde la verdad del amor humano, la belleza de la familia fundada en el sacramento del matrimonio y el bien infinito de toda vida humana, resplandezcan sin engaños.
  1. Parecen escritas para hoy las palabras que pronunció en el Santuario de Nuestra Señora de la Cinta, hace treinta años, el Papa San Juan Pablo II: «El alejamiento de Dios, el eclipse de los valores morales ha favorecido también el deterioro de la vida familiar, hoy profundamente desgarrada por el aumento de las separaciones y divorcios, por la sistemática exclusión de la natalidad –incluso a través del abominable crimen del aborto–, por el creciente abandono de los ancianos, tantas veces privados del calor familiar y de la necesaria comunión intergeneracional. Todo este fenómeno de oscurecimiento de los valores morales cristianos repercute de forma gravísima en los jóvenes, objeto hoy de una sutil manipulación, y no pocos de ellos víctimas de la droga, del alcohol, de la pornografía y de otras formas de consumismo degradante, que pretenden vanamente llenar el vacío de los valores espirituales con un estilo de vida orientado a tener y no a ser […] La idolatría del lucro y el desordenado afán consumista de tener y gozar son también raíz de la irresponsable destrucción del medio ambiente»[65]. En tal contexto, las Hermandades podrán ser verdaderas escuelas de vida cristiana si no olvidan sus orígenes, avivan sus raíces y reviven aquellas virtudes que hicieron grande su historia. La vitalidad de las Hermandades a la hora de transmitir la fe se podrá verificar atendiendo a las vocaciones nacidas en ellas, bien sea a la vida matrimonial, bien a la vida consagrada, bien al sacerdocio.
  1. b) Las Hermandades, refugios de misericordia
  1. Cuando el Papa Francisco recuerda que la Iglesia existe para evangelizar, añade un matiz referido al momento presente, insistiendo en que la evangelización hoy implica salir al encuentro de las heridas de nuestros contemporáneos[66], de ahí que la Iglesia sea presentada como un “hospital de campaña”[67]. Ahí tenemos otra tarea que las Hermandades pueden aportar en la misión evangelizadora: ser refugios de misericordia, donde se ofrece el consuelo de la misericordia divina a tantas personas heridas. «Toda Hermandad tiene como vocación propia crear vínculos de fraternidad a partir del misterio de la vida de Cristo que evoca. En un mundo donde las heridas, divisiones y fracturas afectan cada vez más a las familias, a los esposos, a los hijos en edad cada vez más prematura, a los jóvenes y a los ancianos, a las vocaciones consagradas y a la vida social, es necesario ayudar a todos a que se encuentren de nuevo con Jesucristo en su Iglesia, para que experimenten el consuelo de su misericordia en los sacramentos, en la oración y devociones, en el testimonio auténtico de caridad especialmente con los más necesitados»[68].
  1. Las Hermandades son verdaderos refugios de misericordia si en ellas existe una preocupación real y concreta por las necesidades de sus miembros. Nada hay más contrario a la vida de una Hermandad que las divisiones y enfrentamientos entre quienes la forman. Nada más alejado de una persona que se dice cofrade o de hermandades, que vivir en contra de la enseñanza de la Iglesia en materia de fe y moral. Las Hermandades no están para romper la fidelidad de los esposos ni para quebrar las familias, sino para todo lo contrario: para defender la verdad del matrimonio, para que marido y mujer fortalezcan su vínculo matrimonial, y su amor sea el fundamento de una familia donde la transmisión de la fe a los hijos sea prioritaria. Las Hermandades no están para que haya divisiones en ella entre pudientes y necesitados, sino para que entre sus miembros haya verdadera comunión de bienes. Las Hermandades no están para el espectáculo externo, sino para el cuidado de la vida interior de sus miembros, de modo que toda manifestación pública y externa de fe, sea auténtica y no fingida.
  1. c) Las Hermandades, portadoras de esperanza
  1. Las Hermandades, en fin, contribuirán a la evangelización si son portadoras de esperanza. Históricamente las Hermandades han destacado por cuidar la oración por sus miembros difuntos. Los sufragios por las almas del Purgatorio son súplicas insistentes a Dios «para que tenga misericordia de los fieles difuntos, los purifique con el fuego de su caridad y los introduzca en el Reino de la luz y de la vida»[69]. Estos sufragios son, ante todo, la celebración de la Santa Misa y, después, otras expresiones de piedad como oraciones, limosnas, obras de misericordia e indulgencias aplicadas en favor de los difuntos. Estas expresiones chocan cada vez más con una mentalidad materialista, carente de esperanza, ajena a la fe en Cristo muerto y resucitado. «Está muy difundido en la sociedad moderna, y con frecuencia tiene consecuencias negativas, el error doctrinal y pastoral de ocultar la muerte y sus signos»[70]. El cuidado de los sufragios por los difuntos se ha convertido hoy en un lugar de primera evangelización donde las Hermandades pueden seguir cumpliendo una tarea imprescindible. Como en otros ámbitos de la vida cristiana, es necesaria la formación del Pueblo fiel para que no ignore la suerte de los difuntos y no se aflija como los que no tienen esperanza (cf. 1 Tes 4, 13). Las Hermandades, a través de la devoción a sus Titulares, están llamadas a dar testimonio de Cristo Resucitado mediante el acompañamiento en el duelo y las prácticas de la piedad popular que ayudan a mantener encendida la llama de la esperanza.
  1. Las Hermandades, además, son portadoras de esperanza cuando ponen su patrimonio al servicio de la evangelización, por el camino de la belleza. «El impresionante patrimonio artístico acumulado por las Hermandades en sus oratorios e iglesias puede y debe servir también a esta finalidad apostólica; la gran cantidad de hábitos, insignias, estatuas, crucifijos … con los que las Hermandades participan en las funciones y procesiones sagradas; el impacto que aún hoy las manifestaciones de las Cofradías pueden tener no sólo en el ámbito de la práctica religiosa, sino también en el campo del “folklore” inspirado en la tradición cristiana: todo puede y debe servir al apostolado eclesial, especialmente al litúrgico y catequético»[71]. San Juan Pablo II no dudaba en afirmar que el patrimonio de las Hermandades debe estar al servicio de la evangelización, bien en el campo de la Liturgia bien en el de la catequesis. El mismo Papa Santo, recordaba en otro contexto la enseñanza común de la Iglesia sobre la proyección caritativa que también deben tener los bienes artísticos de la Iglesia: «ante los casos de necesidad, no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino; al contrario, podría ser obligatorio enajenar estos bienes para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello»[72].
  1. Una de las expresiones más relevantes de la piedad popular es, sin duda, la veneración de las imágenes. «La imagen no se venera por ella misma, sino por lo que representa»[73]. Frente al error iconoclasta[74], la Iglesia ha defendido con fuerza la veneración de las imágenes sagradas reconociendo su fundamento en el Misterio de la Encarnación del Verbo[75]: «las particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. Él ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados, porque el creyente que venera su imagen “venera a la persona representada en ella”»[76]. «La función principal de la imagen sagrada no es procurar el deleite estético, sino introducir en el Misterio»[77]. Por eso, las imágenes sagradas son objeto de devoción verdadera cuando representan lo que la palabra revelada comunica[78]; cuando a través de lo que vemos, somos llevados al amor que no vemos[79]; cuando ayudan a la oración y mueven a la imitación[80].
  1. Junto a la correcta comprensión de la veneración de las imágenes se deben cuidar especialmente las procesiones para que sean auténticas manifestaciones de fe. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (2001) ya advirtió de riesgos reales que pueden dañar su identidad católica: «que prevalezcan las devociones sobre los sacramentos, que quedan relegados a un segundo lugar, y de las manifestaciones exteriores sobre las disposiciones interiores; el considerar las procesiones como el momento culminante de la fiesta; que se configure el cristianismo, a los ojos de los fieles que carecen de una instrucción adecuada, como una “religión de santos”; la degeneración de la misma procesión que, de testimonio de fe acaba convirtiéndose en mero espectáculo o en un acto folclórico»[81]. Para que las salidas procesionales sean verdaderas manifestaciones de fe, el Directorio propone una adecuada instrucción desde una triple perspectiva. Desde el punto de vista teológico, se debe enseñar que las procesiones son signo de la condición de la Iglesia peregrina, del testimonio público de fe que la comunidad cristiana debe dar en la sociedad y de la tarea misionera de la Iglesia. Desde el punto de vista litúrgico, las procesiones se deben orientar hacia la Liturgia, cuidando el recorrido, los momentos de oración, la presidencia eclesiástica, los cantos y la música, así como el inicio y el final marcados por la oración y bendición por un ministro ordenado. Finalmente, desde el punto de vista antropológico, se debe subrayar la importancia de caminar juntos, como expresión de la comunión que existe entre los miembros del Pueblo de Dios[82].

Conclusión

  1. Al cumplirse el trigésimo aniversario del viaje apostólico de San Juan Pablo II a Sevilla y Huelva, invitamos a los fieles de las Diócesis de Andalucía, a seguir recogiendo su legado de santidad para seguir impulsando, en comunión con toda la Iglesia y bajo la guía del Sucesor de Pedro, la tarea inaplazable de una nueva evangelización. Como romeros peregrinos, busquemos siempre el abrazo materno de María Santísima, sabiendo que «es la fe cristiana, es la devoción a María, es el deseo de imitarla lo que da autenticidad a las manifestaciones religiosas y marianas de nuestro pueblo. Pero esa devoción mariana, tan arraigada en esta tierra de María Santísima, necesita ser esclarecida y alimentada continuamente con la escucha y la meditación de la palabra de Dios, haciendo de ella la pauta inspiradora de nuestra conducta en todos los ámbitos de nuestra existencia cotidiana»[83].
  1. Para que la piedad popular sea expresión sincera de la belleza de la vida cristiana y proclamación gozosa de que el Señor, compasivo y misericordioso, nos colma de gracia y de ternura (cf. Sal 102, 8. 4), debemos recibir, cada día más, a María Santísima como Madre, tal como nos pidió Jesús en la cruz antes de entregar su último aliento (cf. Jn 19, 27). Responde al reto de la evangelización, socorriendo a nuestros contemporáneos con el bálsamo del Evangelio y no cediendo a la mundanización, quien pone su vida en manos de Nuestra Señora con creciente confianza. Con la Virgen María recibimos, custodiamos y transmitimos a Cristo, el Salvador. «En la mañana de Pentecostés, Ella presidió con su oración el comienzo de la evangelización bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea Ella la estrella de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promover y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y llenos de esperanza»[84].

14 de junio de 2023

(30º aniversario de la visita de San Juan Pablo II

al Santuario de Nuestra Señora del Rocío)

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

+ José María Gil Tamayo, Arzobispo de Granada

+ Jesús Catalá Ibáñez, Obispo de Málaga

+ Demetrio Fernández González, Obispo de Córdoba

+ Rafael Zornoza Boy, Obispo de Cádiz y Ceuta

+ Santiago Gómez Sierra, Obispo de Huelva

+ José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez

+ Francisco Jesús Orozco Mengíbar, Obispo de Guadix

+ Antonio Gómez Cantero, Obispo de Almería

+ Sebastián Chico Martínez, Obispo de Jaén

+ Teodoro León Muñoz, Obispo Auxiliar de Sevilla

+ Ramón Valdivia Giménez, Obispo Auxiliar de Sevilla

 

María, Estrella de la evangelización

La fuerza evangelizadora de la piedad popular

 

 

Introducción

 

  1. La piedad popular en la vida cristiana

1.1. La piedad popular y la Profesión de fe

1.2. La piedad popular y la Liturgia

1.3. La piedad popular y el apostolado

1.4. La piedad popular y la vida de oración

  1. Las Hermandades y Cofradías al servicio de la nueva evangelización

 

2.1. La llamada del Sucesor de Pedro a las Hermandades

2.2. La identidad católica de las Hermandades

2.3. La tarea evangelizadora de las Hermandades

  1. a) Las Hermandades, escuelas de vida cristiana
  2. b) Las Hermandades, refugios de misericordia
  3. c) Las Hermandades, portadoras de esperanza

Conclusión

 

[1] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (24.11.2013) 1.

[2] San Juan Pablo II, Mensaje a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (21.9.2001) 4.

[3] Benedicto XVI, Carta a los seminaristas (18.10.2010) 4.

[4] Misal Romano, Prefacio de la Natividad del Señor II.

[5] San León Magno, Sermo 74, 2 (CCL138A, 457).

[6] CCE 1676. Son muy oportunas, en este sentido, las palabras de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe: «Cuando afirmamos que hay que evangelizarla o purificarla [la piedad popular], no queremos decir que esté privada de riqueza evangélica. Simplemente deseamos que todos los miembros del pueblo fiel, reconociendo el testimonio de María y también de los santos, traten de imitarles cada día más. Así procurarán un contacto más directo con la Biblia y una mayor participación en los sacramentos, llegarán a disfrutar de la celebración dominical de la Eucaristía, y vivirán mejor todavía el servicio del amor solidario» (Documento de Aparecida [2007], 262).

[7] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (24.11.2013) 126.

[8] San Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8.12.1975) 48.

[9] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28.6.2003) 79.

[10] Benedicto XVI, Discurso en la Sesión inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13.5.2007) 1.

[11] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (24.11.2013) 126.

[12] La Asamblea de Obispos del Sur de España ha dedicado en las últimas décadas importantes documentos monográficos a la piedad popular, cf. El catolicismo popular en el sur de España (20.10.1975); Carta Pastoral El catolicismo popular. Nuevas consideraciones pastorales (1985); Carta Pastoral Las Hermandades y Cofradías (1988). Otros documentos contienen importantes referencias a este tema, cf. Las Iglesias diocesanas en Andalucía (1980); Declaración Pastoral Algunas exigencias sociales de nuestra fe cristiana (1986); Instrucción pastoral Andalucía en el camino de la Nueva Evangelización (1995).

[13] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (24.11.2013) 125.

[14] Benedicto XVI, Carta a los seminaristas (18.10.2010), 4.

[15] San Juan Pablo II, Mensaje a los rocieros (14.6.1993).

[16] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (2007), Documento de Aparecida, 264.

[17] San Juan Pablo II, Homilía en la celebración eucarística en el santuario de Nuestra Señora de la Cinta (14.6.1993) 3.

[18] Cf. San Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8.12.1975) 82.

[19] San Juan Pablo II, Homilía en la celebración eucarística en el santuario de Nuestra Señora de la Cinta (14.6.1993) 4.

[20] San Juan Pablo II, Homilía en la celebración eucarística en el santuario de Nuestra Señora de la Cinta (14.6.1993) 7.

[21] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 9.

[22] San Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1 (BAC N 11, 73).

[23] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 12.

[24] Cf. San Pablo VI, Exhortación Apostólica Marialis cultus (2.2.1974), Intr.

[25] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 186.

[26] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 59.

[27] Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, Directorio para la Catequesis (23.3.2020) 340.

[28] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 57.

[29] Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, Directorio para la Catequesis (23.3.2020) 339.

[30] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (24.11.2013) 69.

[31] Cf. GS 44; AG 15. 22.

[32] San Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio (7.12.1990) 52.

[33] Cf. Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, Directorio para la Catequesis (23.3.2020) 395-400.

[34] «Toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración. En el caso de las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es precisamente la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas»: Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (24.11.2013) 69.

[35] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 11.

[36] San Juan Pablo II, Mensaje a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (21.9.2001) 4.

[37] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini (31.5.1998) 80.

[38] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine (7.10.2004) 28.

[39] San Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8.12.1975) 48.

[40] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Vicesimus quintus annus (4.12.1988) 18.

[41] Cf. San Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor (6.8.1993) 107.

[42] «En la época de grandes cambios que estamos atravesando, la Iglesia os necesita también a vosotros, queridos amigos, para llevar el anuncio del Evangelio de la caridad a todos, recorriendo caminos antiguos y nuevos. Así pues, vuestras beneméritas cofradías, arraigadas en el sólido fundamento de la fe en Cristo, con la singular multiplicidad de carismas y la vitalidad eclesial que las distingue, han de seguir difundiendo el mensaje de la salvación en medio del pueblo, actuando en las múltiples fronteras de la nueva evangelización. Para cumplir esta importante misión, necesitáis cultivar siempre un amor profundo al Señor y una dócil obediencia a vuestros pastores. Con estas condiciones, vuestras cofradías, manteniendo bien firmes los requisitos de “evangelicidad” y “eclesialidad”, podrán seguir siendo escuelas populares de fe vivida y talleres de santidad; podrán seguir siendo en la sociedad “fermento” y “levadura” evangélica, contribuyendo a suscitar la renovación espiritual que todos deseamos. Por tanto, es vasto el campo en el que debéis trabajar, queridos amigos, y os animo a multiplicar las iniciativas y actividades de cada una de vuestras Hermandades. Os pido sobre todo que cuidéis vuestra formación espiritual y tendáis a la santidad, siguiendo los ejemplos de auténtica perfección cristiana, que no faltan en la historia de vuestras cofradías. Muchos de vuestros hermanos, con valentía y gran fe, se han distinguido a lo largo de los siglos como sinceros y generosos obreros del Evangelio, a veces hasta el sacrificio de la vida. Seguid sus pasos. Hoy es más necesario que nunca cultivar un verdadero impulso ascético y misionero para afrontar los numerosos desafíos de la época moderna»: Benedicto XVI, Discurso a la Confederación de Cofradías de las Diócesis de Italia (10.11.2007).

[43] Francisco, Homilía en la Santa Misa con ocasión de la Jornada de las Cofradías y la Piedad Popular en el Año de la fe (5.5.2013) 1.

[44] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (6.1.2001) 30.

[45] Francisco, Carta a Mons. R. Fisichella para el Jubileo 2025 (11.2.2022).

[46] «En el contexto de la nueva evangelización, la piedad popular constituye de hecho una poderosa fuerza de anuncio, que tiene mucho que ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Aquí me refiero a la Evangelii gaudium 126. Pero sobre la piedad popular, el que sigue siendo el texto más fuerte, que ayuda mucho, es el de san Pablo VI, en la Evangelii nuntiandi. Conviene volver siempre a ese texto, que ha aclarado bien el lugar de la piedad popular en la vida de la Iglesia. La Evangelii nuntiandi sigue siendo actual: esa es una exhortación apostólica profética, que ayuda, ¡que hace ir adelante!»: Francisco, Discurso a la Confederación de Cofradías de las Diócesis de Italia (16.1.2023).

[47] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28.06.2003) 79.

[48] Benedicto XVI, Discurso a la Pontificia Comisión para América Latina (8.4.2011) 3.

[49] Benedicto XVI, Carta a los seminaristas (18.10.2010) 4.

[50] Benedicto XVI, Discurso a la Pontificia Comisión para América Latina (8.4.2011) 5.

[51] Francisco, Homilía en la Santa Misa con ocasión de la Jornada de las Cofradías y la Piedad Popular en el Año de la fe (5.5.2013) 2.

[52] Francisco, Homilía en la Santa Misa con ocasión de la Jornada de las Cofradías y la Piedad Popular en el Año de la fe (5.5.2013) 3.

[53] Cf. supra 36.

[54] «Por eso os animo a cultivar con empeño creativo y dinámico vuestra vida asociativa y vuestra presencia caritativa, que se fundan en el don del bautismo y que conllevan un camino de crecimiento bajo la guía del Espíritu Santo. Dejaos animar por el Espíritu y caminad: como hacéis en las procesiones, hacedlo así en toda vuestra vida de comunidad. La riqueza y la memoria de vuestra historia no se deben convertir nunca en motivo de repliegue sobre vosotros mismos, de celebración nostálgica del pasado, de cierre hacia el presente o de pesimismo por el futuro; sean más bien estímulo fuerte para reinvertir hoy vuestro patrimonio espiritual, humano, económico, artístico, histórico y también folclórico, abiertos a los signos de los tiempos y a las sorpresas de Dios. Con esta fe y con esta apertura, quien os ha precedido, dio origen tiempo atrás a vuestras Hermandades. Sin esta fe y esta apertura, nosotros hoy no nos encontraríamos aquí, tan numerosos, para dar gracias al Señor por tanto bien recibido y cumplido. ¡Con tantas Hermandades!»: Francisco, Discurso a la Confederación de Cofradías de las Diócesis de Italia (16.1.2023).

[55] Ibidem.

[56] Ibidem.

[57] Cf. San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles laici (30.12.1988) 30.

[58] Ibidem.

[59] Cf. San Juan Pablo II, Homilía en la celebración del Jubileo de las Hermandades (1.4.1984) 4.

[60] Así reza, como un estribillo, en los estatutos de las hermandades medievales, cf. p.ej. M. Al Kalak, M. Lucchi (ed.), Gli statuti delle confraternite modenesi dal X al XVI secolo, CLUEB, Modena 2011.

[61] Cf. LG 33-36; AA 6-8.12.13.18-19; CIC 298.

[62] San Juan Pablo II, Homilía en la celebración del Jubileo de las Hermandades (1.4.1984) 5.

[63] San Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8.12.1975) 14.

[64] «Os invito, por ello, a todos a hacer de este lugar del Rocío una verdadera escuela de vida cristiana, en la que, bajo la protección maternal de María, bajo sus ojos maternos, la fe crezca y se fortalezca con la escucha de la palabra de Dios, con la oración perseverante, con la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía. Este, y no otro, es el camino por el que la devoción rociera ganará cada día en autenticidad. Además, la verdadera devoción a la Virgen María os llevará a la imitación de sus virtudes. A través de ella y por su mediación, descubriréis a Jesucristo, su Hijo, Dios y Hombre verdadero, que es el único Mediador entre Dios y los hombres»: San Juan Pablo II, Discurso al final de la celebración mariana en el Santuario de Nuestra Señora del Rocío (14.6.1993) 3.

[65] San Juan Pablo II, Homilía en la celebración eucarística en el santuario de Nuestra Señora de la Cinta (14.6.1993) 6.

[66] «La Iglesia puede y debe ayudar al renacer de una Europa cansada, pero todavía rica de energías y de potencialidades. Su tarea coincide con su misión: el anuncio del Evangelio, que hoy más que nunca se traduce principalmente en salir al encuentro de las heridas del hombre, llevando la presencia fuerte y sencilla de Jesús, su misericordia que consuela y anima»: Francisco, Discurso en la entrega del Premio Carlomagno (6.5.2016).

[67] «La Iglesia me parece un hospital de campaña: tanta gente herida que nos pide cercanía, que nos pide a nosotros lo que pedían a Jesús: cercanía, proximidad»: Francisco, Discurso al Encuentro organizado por el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización (19.9.2014).

[68] Francisco, Discurso a la Confederación de Cofradías de las Diócesis de Italia (16.1.2023).

[69] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 251.

[70] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 251.

[71] San Juan Pablo II, Homilía en la celebración del Jubileo de las Hermandades (1.4.1984) 5.

[72] San Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis (30.12.1987) 31.

[73] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 241.

[74] Cf. CCE 476-477, con las referencias al Concilio II de Nicea (787): DS 600-603.

[75] «Por ello me atrevo a representar a Dios, el invisible, no como invisible sino en tanto que por nosotros se ha vuelto visible, al participar de nuestra carne y de nuestra sangre (cf. Heb 2,14). No represento la divinidad invisible, sino que represento la carne de Dios que fue vista. Pues, si es imposible representar un alma, ¿cuánto más a Dios, el que le concedió al alma su inmaterialidad?»: Juan Damasceno, Sobre las imágenes 1,4 (ed. Torres Guerra, 39).

[76] CCE 477; DS 601.

[77] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 246.

[78] San Gregorio Magno (+604), p.ej., defiende las imágenes en las iglesias porque son la Biblia de los sencillos. En julio del año 599 escribió a Sereno, obispo de Marsella, quien había eliminado las imágenes en los templos para rechazar el error de los “adoradores de imágenes”. El Papa Gregorio alabó su celo por rechazar el error de los idólatras, pero le reprochó no haber comprendido el valor de las imágenes en los templos: «Porque las pinturas están en las iglesias para que, los que no conocen las letras, vean en las paredes lo que no pueden leer en los libros»: San Gregorio Magno, Ep. IX, 209 (OGM V/3, 438).

[79] Como reza el Prefacio I de Navidad, Misal Romano: «Porque gracias al misterio de la Palabra hecha carne, / la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos / con nuevo resplandor / para que conociendo a Dios visiblemente, / él nos lleve al amor de lo invisible».

[80] En el relato de su vida, Santa Teresa de Jesús cuenta la conmoción que le produjo el encuentro inesperado con una imagen de Cristo que había llegado al convento en 1554: «…vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros»: V. 9, 1.

[81] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 246.

[82] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (17.12.2001) 247.

[83] San Juan Pablo II, Discurso al final de la celebración mariana en el Santuario de Nuestra Señora del Rocío (14.6.1993) 3.

[84] San Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8.12.1975) 82.