Ante la muerte de un compañero

Todavía me parece mentira, pero es verdad. Acabo de ver su cadáver en el tanatorio. Es Santiago; mi amigo Santiago, con el que he pasado tan buenos ratos, hablando de nuestras preocupaciones pastorales, comentando temas diocesanos, intercambiando opiniones, casi siempre coincidentes. Aunque él había nacido cuando yo llevaba un año ordenado, nuestra mentalidad en temas fundamentales era común.

Además de amigo, Santiago era un ejemplo para mí. Muchas virtudes podría destacar de él. Baste con citar algunas. Cuando apareció la pandemia, estuvimos varios días sin celebrar la Eucaristía en la capilla grande. Entonces él la celebraba privadamente para las religiosas en su capilla particular. Muchas veces las religiosas le avisaron para administrar la santa Unción a enfermos graves y él lo hacía con toda diligencia. Cuando yo tenía algún problema en el uso del teléfono o del ordenador, acudía a él y me lo resolvía gustosamente.

Por último, he de anotar la paciencia y fortaleza con que llevaba su grave enfermedad, que le impedía alimentarse comiendo como los demás. No llego a imaginar lo que este problema le haría sufrir, cuando se veía obligado a tomar los alimentos mediante una cánula conectada con el estómago.

Confío plenamente en que el Señor lo haya recibido en su seno y lo recompense de cuantas privaciones sufrió en la tierra.

Descanse en Paz mi buen amigo Santiago, a cuya intercesión me remito.

Guadix, 24 de marzo de 2021.

Leovigildo Gómez Amezcua