AGRADECIMIENTO DE ANTONIO FAJARDO TRAS LA MUERTE DE SU MADRE

GRACIAS a todas las personas que, con motivo del fallecimiento de mi madre, me habéis acompañado con vuestra presencia física y vuestra oración en la capilla ardiente o en la misa exequial, también a los que, no pudiendo estar a mi lado, me habéis hecho llegar vuestras condolencias.

En la vida hay cruces muy grandes, y sin duda una de ellas es la pérdida de los seres queridos, de un ser tan querido y amado como es una madre. Pero también os digo desde mi corazón quebrantado por la pena que para cada cruz Dios tiene un cirineo. Nunca estamos abandonados a nuestra suerte, nunca estamos solos en nuestras desgracias; Dios siempre está junto a nosotros socorriéndonos y confortándonos. Yo experimento en estos momentos la fortaleza de la fe aun en medio de la soledad y el dolor que siento.

 

Humanamente hablando, para un sacerdote sus padres lo son todo. Nosotros no tenemos esposa e hijos en quien volcar nuestro amor. Además, en mi caso, mis padres han vivido siempre conmigo; ellos me han sido de mucha ayuda en el ministerio sacerdotal, su fe sencilla pero profunda, su capacidad de aguantar las adversidades, su facilidad para perdonar las ofensas, su paciencia en la enfermedad, han sido siempre para mí un estímulo para no decaer ante las dificultades.

A Huéscar mis padres llegaron cargados de años y de dolencias físicas. Veníamos de Purullena, un pueblo donde fueron muy felices porque se sintieron acogidos desde el primer momento y muy queridos siempre. Además, estaban cerca de Guadix donde tenían sus raíces y, por tanto, sus amistades y el ambiente que les era propio. Cuando don Juan García Santacruz me trasladó de aquella parroquia a Huéscar, mis padres, a pesar del desgarro que les suponía dejar sus orígenes, las amistades y la seguridad de la tierra conocida, no dudaron ni por un solo momento en venirse a Huéscar. Recuerdo que me dijeron: “Donde tú vayas, vamos nosotros”. Ellos como yo, sabíamos que ya no volverían a Guadix hasta el momento de ser enterrados, pero su hijo sacerdote era lo primero. Me dieron la vida y dieron su vida por mí. 

Termino estas letras con la palabra de Rubén Darío, que quiero sea un homenaje a todos los que, como mis padres, han amado y aman de modo incondicional:


Amar, amar, amar siempre, con todo
el ser y con la tierra y con el cielo,
con lo claro del sol y lo oscuro del lodo
amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.

Y cuando la montaña de la vida
nos sea dura y larga y alta y llena de abismos
amar la Inmensidad que es de amor encendida
y arder en la fusión de nuestros pechos mismos.


Gracias de todo corazón, desde lo más profundo de mi alma. Antonio Fajardo Ruiz.