Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 19 de enero de 2020

Comenzamos el tiempo Ordinario tras las fiestas de la Navidad que concluyeron el domingo pasado con la fiesta del Bautismo del Señor; fiesta que se prolonga hoy en el Evangelio con el testimonio de Juan Bautista sobre Jesús. Es característica del evangelio de Juan la insistencia en el testimonio para comunicar la fe. ¡Y es verdad! El testimonio es nuestra mejor carta de presentación. Pero sólo se puede transmitir lo que se vive y se ha experimentado primero.


Por eso, en una época como la nuestra, tan escéptica en tantas cosas, tan alérgica a los discursos vacíos, el testimonio vivo de las personas es todavía y será siempre la mejor herramienta de evangelización. Ya lo decía Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos”.
Por ello, hoy más que nunca hacen falta urgentemente los testigos; no los que hablen de oídas, de “aprendidas” o de libros, sino los que transmitan desde el corazón y la propia vida.
Y, para ello, os invito a recorrer el itinerario, en tres pasos, que nos propone Juan el Bautista en el Evangelio de este domingo y que nos ha de ayudar a proponer a Cristo en medio del mundo. Porque, esa, es la única razón de ser que tiene la Iglesia (y cuando hablamos de Iglesia, hablamos de todos y cada uno de los bautizados).
El primer paso en este itinerario es reconocer nuestra ignorancia. Juan dice en el evangelio: “Yo no lo conocía”; es decir, se da cuenta de que no conoce a Jesús lo suficiente… ¿Y nosotros? Si no constatamos que tenemos esa carencia de conocer más a Jesús no buscaremos el encuentro con él. Juan Reconoce su ignorancia y, por eso, lo busca.
Un segundo paso en el itinerario que nos propone Juan necesario para evangelizar, es tener experiencia de Jesús. Pasar del “yo lo sé”, al “Yo lo he visto” de Juan Bautista porque “ver” es experimentar, vivir, haber sentido la presencia real y transformadora de Dios en nuestras vidas. Dice Juan en el Evangelio: “yo lo he visto, he contemplado”. La fe es cuestión de experiencia; de encuentro personal con Él. Si no existe ese encuentro, podemos saber el credo y los mandamientos, los sacramentos y muchas preguntas del catecismo… pero, con mucho respeto, hay que decir que no hay fe.
No podemos convertir nuestra fe sólo en conceptos o en un listado de cosas que aprender de memoria olvidando que, también, es una experiencia por vivir. Y la liturgia, los símbolos, los sacramentos, todo lo que hacemos en la celebración, la oración, nos tiene que ayudar y llevar a tener esa experiencia.
Un tercer paso del itinerario de Juan es ser testigos. Juan Dice: “Yo lo he conocido y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Para ser testigos no hacen falta muchos argumentos sino esa experiencia de Jesús. Y, en este sentido, es fácil ser testigo porque hablas de lo que has vivido, de lo que has experimentado. Por tanto no es cuestión de muchos argumentos y muchas palabras… Recordemos a Santa Teresa de Calcuta; decían de ella que no hablaba mucho; de hecho, parece ser que ella hizo una especie de voto de no hablar mucho pero su presencia, nos mostraba a Cristo Jesús.
Si los católicos no tenemos experiencia de Jesucristo, de la Palabra de Dios, de los sacramentos, de la Eucaristía, de la confesión… no podemos dar testimonio. Porque hablar de oídas es fácil pero no convence, no ayuda… esto se tiene que experimentar en primera persona.
Yo os animo a recorrer este itinerario en la propia vida: constatar nuestra ignorancia frente a Jesús, vivir con Él para experimentarlo y ser testigos. ¡Es nuestra tarea!
Terminemos con unas palabras del Papa Francisco: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. […]. Prefiero una iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida”. (EG 49).

Antonio Travé