De la luz a la Cruz. El camino de la espiritualidad del sur. Por Manuel Amezcua

Guadix fue el faro de luz de la fe cristiana en medio del mundo pagano. En su condición de cruce de caminos, extendió el resplandor del evangelio en la primera evangelización. Ahora se nos invita a vivir un camino desde la luz de Guadix a la Cruz de Caravaca. Cruz y Luz, en la hondura de la fe, son una sola y misma cosa. Los puertos de Cartagena y Tarragona eran la entrada de las novedades en la Hispania romana; desde la costa, los cruces de caminos expandían las noticias. También la “Buena Nueva” del Evangelio.

La estrella de los caminos accitanos nos conduce, por el norte y el este, desde el antiguo reino de Granada hasta el de Murcia. Partimos de los orígenes del cristianismo ibérico. Aquí, la “prima sedes hispániae” hunde sus raíces martiriales y se multiplica, edad tras edad, en semillas de amapolas rojas en medio del trigal fecundo del Pan de Vida. San Torcuato es el primer obispo y mártir; San Fandila, en el siglo IX, identifica la vitalidad de nuestra iglesia mozárabe; Marcos Criado es testigo martirial entre los moriscos del s. XVI; San Francisco Serrano, dominico de Huéneja, murió en extremo oriente en el XVIII; ya en el XX San Pedro Poveda y Manuel Medina Olmos, otro obispo, encabezan la relación de abundantes beatos mártires de la persecución terrible y gloriosa. No en balde la redención tiene lugar cuando los mártires mueren perdonando a sus verdugos. No existe mayor grado de reconciliación perfecta, ni “mayor amor que el del que da la vida por los amigos”… según Nuestro Señor.

Desde la luz de una iglesia martirial, el esplendor de la Gracia de Dios se hace arte en las ensambladuras góticas, renacentistas y barrocas de una catedral única, que no solo armoniza los espacios de manera admirable, sino también los tiempos y sus formas con perfecta fecundidad. La Eucaristía y la Inmaculada son la razón de ser del culto catedralicio en bellísimas realizaciones de escultura, pintura, música… y obras de orfebrería, bordados y demás artes decorativas.

El peregrino, desde el entorno de la catedral, contempla ruinas ibéricas y romanas en casas y teatros, torreones de albarranas musulmanas almohades, portadas de sinagogas y edificaciones nobiliarias traídas por los castellanos. Iberia, Hispania, Al-ándalus, Sefarad, España… todo en menos de trescientos metros. La Guadix eterna en toda su luz de siglos. Sin duda alguna, la Catedral es el faro más luminoso en este mar de arcilla con tumulto de olas petrificadas en sus cerros. El campanario ocupa el centro de nuestro valle. Desde ahí resuenan las voces episcopales de prelados geniales como Gaspar de Ávalos, el cardenal fundador de universidades; Martín Pérez de Ayala, el legislador tridentino y sinodal; Juan de Montalbán, constructor del templo catedralicio y edificante de la materialidad y espiritualidad de la Diócesis. Todavía, el Cabildo de la Catedral se distinguirá por canónigos tan egregios como Jerónimo de Castroverde, famoso latinista (S. XVII); Esteban Lorenzo de Tristán y Esmerola, héroe nacional de Costa Rica y fundador de sus hospitales y universidades (S. XVIII) ; Federico Salvador Ramón, fundador de las religiosas Esclavas de la Inmaculada Niña (S. XX).

La arquitectura de Lorenzo Rodríguez, discípulo de nuestro maestro Gaspar Cayón de la Vega, y constructor de la Catedral de México; la escultura de Torcuato Ruiz del Peral, que sabe de colores polícromos como de formas en la madera, o la música ya en el siglo XX, de Carlos Ros González y su Escolanía de Niños Cantores… todo ello es testimonio de un arte al servicio de la fe y de una fe engendradora de arte.

La grandeza cívica de la civilización católica, se hace humilde hasta el extremo, pues no podría por menos si quiere ser auténtica, en las Cuevas de Guadix. Cuatro mil años de historia abalan las tumbas pre-ibéricas y pre-argáricas de algunas de nuestras cuevas. Haciendo de la necesidad virtud, el hombre de esta tierra ha conseguido excavar la arcilla para nutrir los cerros de una vitalidad habitada sin parangón en el mediterráneo, como no sea en la diametralmente lejana Capadocia. Aquí, la tierra te habita y es como un vestido interior que te asume dentro de sí misma. Aquí, el barro humilde y la tierra blanda, que hubieran podido ser sólo cárcavas y barranqueras, se transforman en casa de humanidad y albergue de familias: la pobreza es también transformadora.

De las grandes aportaciones cueveras, acaso tres muy importantes: en el siglo XIX, un Deán de la Catedral y Vicario General de la Diócesis, don José Pérez Chico Espínola y Montes, regaló la pintura de la Virgen, el pozo y la huerta de su cueva, para sustentar el perenne culto de la Gloriosa Madre de Dios de Gracia. Con ello, dotaba de un centro espiritual completo al entorno de las Cuevas de Guadix.

En segundo lugar, en el salto de los siglos XIX y XX, durante el hundimiento del ya mediocre imperio y los anhelos de la nación para salir de su decadencia, un tierno seminarista y cura jovencillo, hoy San Pedro Poveda, comienza la aventura espiritual más señera del Guadix de la era contemporánea: “la primera vocación a este nuevo género de apostolado, por medio de la cultura y la educación, la hemos recibido a los pies de la Virgen de Gracia en la Cueva Santa de las cuevas”. Con Poveda nos viene el aliento de una renovación pedagógica que tiene como finalidad el completo renacer de la persona. Su impulso renovador consistió en hacer escuelas de ricos para los pobres… no escuelas empobrecidas y sin medios, sino dotadas de una idoneidad metodológica que entonces no disfrutaba todavía nadie: aulas redondas, bien calefactadas y aireadas, mapas en relieves de arcilla para explicar la geografía, o dramatizaciones teatrales para disfrutar los saberes con sabores participativos… el enseñar deleitando de los clásicos, bautizado por un Apóstol entre los pobres: Evangelio puro.

En tercer lugar, para entender el Guadix, de cuya hondura espiritual no conviene desentenderse, el peregrino hará bien en conocer cómo la fecundidad de los grandes pervive en los espacios y en los tiempos: Antonio Mira de Amezcua, el canónigo autor teatral del Siglo de Oro de nuestra catedral, y Pedro Antonio de Alarcón, que hizo de su catolicismo un modo de novelar la vida, nos llevan de la mano al mejor humanismo. Esto es: aquel que consiste en amar tanto a Dios que el hombre sea siempre querido y en respetar tanto la dignidad humana que Dios sea constantemente glorificado. El dramaturgo, pero sobre todo el novelista, tendrán en las cuevas un referente constante de espiritualidad, en el sentido más amplio pero más hondo.

Todavía, armonizando las bellezas cristianas, judías y musulmanas, antes de partir hacia “el camino de la espiritualidad del sur”, el caminante amigo tendrá en cuenta las grandes armaduras mudéjares de Guadix. Cuentan los antiguos textos hebreos que el Rey Sabio Salomón no quiso alterar la divina presencia en el Arca de la Alianza cuando la situó en el lugar más santo-sancta sanctorum- del templo de Jerusalén. Así, ensambló maderas y maderos, para techar el tabernáculo y dio origen al artesonado. Milenios después, Guadix se aprovechó al máximo de esta belleza que inundaría el Mediterráneo en sinagogas, iglesias y mezquitas. La geometría y todas sus ciencias derivadas, convierten los octógonos en ocho hexágonos y estos, a su vez, en cien triángulos… todos con armónica profundidad y variantes de colores y formas. La matemática se hace armonía mudéjar en los techos de nuestras iglesias. Toda la civilización mediterránea al servicio de una bóveda de madera que prefigura y anuncia la propia bóveda celeste: el artesonado es estrellas que se estrellan contra estrellas.

Pero si Guadix tiene cielos artificiales en los artesonados de sus iglesias y palacios, también posee túneles de agua en el subsuelo de su acrópolis. El cerro primigenio del castro ibérico, del cardus y decumanus de la Acci romana y de la Wadias musulmana, está horadado de acueductos en forma de túneles con canalillo central de tejas invertidas en su ensolado: por ahí el agua ha fecundado las fuentes de la ciudad, sus palacios y conventos.

El agua: he aquí la clave fundamental de Guadix. Dios hace las cosas mejor que nosotros. Nosotros ponemos los pantanos en todo lo hondo y el Señor los hace en todo lo alto. Nuestro pantano es la Sierra, cuya nieve eterna deshiela hilos de vida en fértil maraña de acequias y pozos. Conforme el agua es menos común se atraviesa un altiplano repleto de anhelos de humedad… pero en cada grieta profunda, el verdor emerge milagrosamente y con él, la vida. Así, en Gorafe, cuyos túmulos fúnebres, en dólmenes y nichos, no testimonian tanto la muerte cuanto la vida de culturas pretéritas en milenios de raigambre humana. Aquí la humanidad edificó sociedad y la sociedad dio lugar a intercambios múltiples y lo que era desierto reseco en la superficie se hizo jardín y huerta, repleta de frutales en lo profundo. Las aguas termales, usadas como medicina desde siglos sin memoria, colaboran en Graena y Alicún a este efecto sanador de la experiencia humana: bañarse para la salud…, bautizarse para la salvación…, todo es vida natural y sobrenatural…

La Accitania es el imperio de la arcilla, el mar petrificado en oleaje derramado en cerros que se admiran de sí mismos en la variedad de sus caprichosas maneras de empinarse. La Bastetania es el predominio de un cuarzo blanquecino que baña valles presididos por el Jabalcón, cuya altura excede al Mencal en su grandeza. No es extraño que Zújar diera albergue natural de alturas a la Madre sobrenatural más alta, y así, diera a la Virgen de la Cabeza su roca más alta como trono. Desde allí, se puede contemplar la vida recontada en milenios, con descanso de oasis en medio del secarral. La Bastetania es un milagro y Baza su gracia más perfecta. Aquí los montes y los valles se llaman cerros y hoyas, pues el lenguaje de los hombres y mujeres de esta tierra nunca fue pretencioso, sino más bien ajustado a humildad y sencilla llaneza. De ahí su trasparencia.

En Baza ya, en el Cerro Cepero, el perímetro de una antigua basílica cristiana, nos habla de la pervivencia de una esperanza que conduce a la caridad. La Orden Mercedaria marcó indeleblemente el ser de Baza, albergando en su templo a la Virgen de la Piedad. Desde entonces, y hace ya medio milenio, la Virgen es tan importante que merece la pena perdurar en simbólica batalla por un Cascamorras que la quiere llevar o que nunca la trae: el juego de dos ciudades tan geniales que han convertido la competitividad en convivencia y la rivalidad en fiesta. Cada año, Guadix y Baza enseñan a sus niños cómo hay alguien tan importante que merece la pena pujar en juego por Ella, aunque la puja dure quinientos años: María.

La Madre es tanto más valiosa cuanto más dure un pleito sin otra sentencia que el propio pleitear. Cascamorras evoca el triunfo secular de un fracaso anualmente repetido. Es un “quiero y no puedo” que define el ser de esta tierra: aunque no pueda, sigo queriendo. Somos un impulso ciego alumbrado por la tenue luz de nuestra propia sed de inmortalidad. Cascamorras no es un intento vano camino de un frustrante fracaso, sino el renovado impulso de un ímpetu siempre triunfante. Esta tierra, no es parte de una España vaciada, sino discriminada, pues paga por ser ciudadana de primera, pero lo es de segunda y de tercera.

Ahora bien, lo es sin resignación fatalista, a la espera de una renovación profunda, de las que nacen de lo más hondo, cuyas consecuencias son las únicas perdurables.

Manuel Amezcua Morillas. Cura de las Cuevas y Canónigo Archivero