Trigésimo tercero Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 17 de noviembre de 2019

 

PERMANECER FIRMES Y PERSEVERANTES

Confieso con toda humildad y serenidad que el tema de la Palabra de Dios de este domingo no me resulta fácil afrontarlo por múltiples razones, entre ellas el tener que hablar del final de los tiempos parece que no se contempla si miramos la sociedad que continuamente se desarrolla ante nuestros ojos o que, como en otros tiempos, se ha abusado inadecuadamente del fin del mundo, que ya no se quiere oír ni hablar de ello. También, de todos es sabido y vivido por muchos, que nos encontramos en tiempos de prisas, modas del momento, relaciones humanas superfluas y de poca duración; inconstancia en los proyectos o compromisos; “una sociedad líquida”, lo que hoy vale, mañana ya no sirve; cultura del usar y tirar, como mucho reciclar; es decir, vivimos a una velocidad tal que nos cuesta seguir el ritmo, llegando a producir en nosotros estrés, depresión, pesimismo entre otras cosas, porque nos da la sensación de que no llegamos o no estamos a la altura de las circunstancias.

Parece que mantener valores y tradiciones no tiene sentido ni sirve para nada, por lo que el permanecer firmes y perseverantes parece que no se lleva ni merece la pena. Y, esto no ocurre sólo socialmente, sino que también se vive en nuestra propia fe y dentro de la Iglesia. Se nos acusa de conservadores y carcas cuando nos oponemos –con razones- al ritmo que quiere imponer la sociedad, llegando a decirnos que estamos fuera de la sociedad o no la entendemos, pero ¿qué hay de verdad en esto? Creo que no se puede generalizar así porque sí, ni ver el todo en una parte, pues se pierde el horizonte total; ni tampoco todo vale ni todo es inútil, sino que en el término medio está la virtud nos dice la sabiduría popular.

En todos los tiempos algo de esto se ha vivido y la Palabra de Dios se hace eco de ello poniendo sus remedios y sugerencias con un lenguaje simbólico lleno de contenido. Un lenguaje que nos quiere presentar el hecho de que la historia camina permanentemente y que en ese caminar, según nuestra fe, interviene la mano de Dios para conducirla a su fin. Un fin que no nos exime de las responsabilidades actuales, sino que más bien nos provoca para que intervengamos y pongamos en práctica nuestros valores cristianos de solidaridad, justicia, amor, entrega, búsqueda del bien común y de la vida digna: “a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia” (Miq 3,19-20a). Y, ante este final, no tiene sentido la ociosidad y el no trabajar (2Tes 3,7-12), sino que más bien se ha de perseverar hasta el final según nos recuerda el Evangelio de este domingo, “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21,5-19).

Esperamos el futuro viviendo conscientes el presente y esperanzados en que Jesucristo no nos defrauda al decirnos que su segunda venida es una promesa de felicidad. Esto da coraje y valentía a las comunidades cristianas para que puedan vivir en este tiempo de testimonio el seguimiento de Jesús en medio de las pruebas y dificultades constantes.

A aquellos que se quedaron extasiados con la belleza del templo, Jesús les anuncia que la destrucción de éste será definitiva y desde ese momento, la relación de los hombres y las mujeres con Dios no estarán limitadas por un lugar, ni por unas leyes, ni por determinadas prácticas religiosas, sino que, toda la humanidad, será el gran templo de Dios a proteger, cuidar y mimar como ha ido instruyendo Jesús a sus discípulos en su camino a Jerusalén y que, a nosotros también nos alcanza desde que hemos puesto “la mano en el arado” y hemos decidido seguirle en todo momento y circunstancia. El final de los tiempos, llegará y cada uno de nosotros y nosotras estamos comprometidos en esa llegada, estemos donde estemos. Por eso, no podemos dejar de pedirlo -“venga a nosotros tu reino”- y trabajarlo para que sea una realidad día a día y se vaya concretando en cada circunstancia. Habrá persecuciones e incomprensiones, pero ello no nos desanima ni nos paraliza, sino que más bien se transforma en alegría plena como decía San Francisco de Asís.

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la parroquia Santa María del Socorro. Roma

PREGUNTAS:
1. ¿A qué me compromete el saber que “al final del camino” nos espera el encuentro con Dios?
2. ¿Cómo vivo la fe en medio de dificultades, contradicciones e incomprensiones?
3. ¿Qué provoca en mí el rezar “venga a nosotros tu reino”?

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.