Trigésimo segundo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 10 de noviembre de 2019

 

ESPERANZA EN LA VIDA

 En definitiva, la Palabra de Dios de hoy, es casi una consecuencia lógica del amor de Dios que comentábamos el domingo pasado. Si Dios –el cariño de Dios- es tan grande con nosotros y nos quiere tanto, no puede renunciar a su obra ni dejarla abandonada, sino que su palabra y acción última siempre es la vida, porque “es Dios de vivos” nos afirma el Evangelio de hoy (Lc 20,27-38). Y, porque es un Dios de vivos, la misma muerte queda superada; primero con la resurrección de Jesús y, luego con la resurrección de todos aquellos que confían en él y le aman. Hasta tal punto esto es así, que “vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará” (2Mac 7,1-2.9-14). Es el amor constante de Dios el que nos consuela y nos da fuerza para que testimoniemos con palabras y obras lo que creemos y esperamos (2Tes 2,16-3,5) porque ello es fuente de vida en todo momento y circunstancia, lo que motiva nuestro vivir y actuar diario a favor de la vida.

Entrar en esta lógica de la vida es apasionarse por ella, defendiéndola y construyéndola siempre para testimoniar que el Dios en el que creemos, que el Dios de Jesús está apasionado, entusiasmado por dar vida siempre, incluso en aquellas circunstancias que nos pueden parecer adversas y contradictorias.

Estamos tratando hoy lo central de nuestra fe, es decir, aquello a lo que, en última instancia, estamos obligados a creer, aquello que da validez a nuestra fe, que es creer y confesar que Cristo Jesús muerto en la cruz, ha resucitado y vive en medio de nosotros; como nos dice San Pablo, “Si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra fe”. Esto ha de ser creído con tal fuerza y esperanza porque fundamenta nuestro creer, nuestro ser y nuestro vivir en la Iglesia que nos ha transmitido la fe.

Hace un tiempo, tuve la posibilidad de asistir a una Eucaristía en portugués y me produjo una profunda alegría y confianza el escuchar el saludo inicial del sacerdote “O Señor esteja con vosco”, que yo entendí “el Señor esté ya con vosotros”, y la consiguiente respuesta de los que allí celebrábamos “Ele está no meio de nós” traducido como “Él está ya en medio de nosotros”, porque me resonó como una profunda confesión de fe en que Dios vive resucitado entre nosotros y nos acompaña siempre. Así, al terminar la celebración, el sacerdote nos despidió diciendo “vamos em paz” (“vayamos en la paz de Cristo”) y, nuestra respuesta fue “e o Señor nos acompanhe” (“que el Señor nos acompañe”). Qué sencillez de palabras, pero qué profundas resonaron en mí en aquellos momentos de encuentro con otros sacerdotes que trabajan en medio de los pobres y con los pobres. También ahora resuenan y me ayudan en el acompañar personas y familias en dificultad que esperan una acogida y respuesta esperanzada a sus búsquedas de vida y lucha por la vida. Esas palabras me ayudan a testimoniar mi fe en el Jesús muerto y resucitado para dar vida y dignificar toda vida.

Es verdad que la vivencia de nuestro cristianismo no siempre ha sabido presentar a Dios como Dios de vida, pero ello no nos lleva a renunciar al Dios de vivos que Jesús nos ha mostrado, sino que más bien nos impulsa a “purificar” esas imágenes y vivencias. También Jesús se enfrentó a ello y encontró en la misma Palabra de Dios argumentos a su favor (Cf. Éx 3,6) contra aquellos saduceos, materialistas que se servían de la religión para explotar al pueblo y vivir con más privilegios. Así, la vivencia de la resurrección según Jesús, les provoca porque para Él no es una mera continuidad de esta vida, sino algo totalmente nuevo donde la vida de los resucitados será una vida transfigurada (hijos de Dios) y vivida en presencia de Dios (como ángeles) y donde las relaciones humanas superarán las limitaciones presentes. Por eso, la misión de la Iglesia es proclamar la resurrección y la vida.

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la parroquia Santa María del Socorro. Roma

PREGUNTAS:

  1. ¿Hasta qué punto soy capaz de defender la vida?
  2. ¿Cómo me anima esperar en la Resurrección? ¿A qué me compromete?
  3. ¿Cómo doy testimonio de la Resurrección?

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.