Vigésimo octavo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 13 de octubre de 2019

VIVIR LA VIDA DESDE LA ACCIÓN DE GRACIAS

Vamos a centrarnos este domingo en el texto evangélico que nos presenta San Lucas (17,11-19) –el único evangelista que lo hace-, porque está lleno de fuerza, de entusiasmo y de bastante realismo. Él nos va a llevar a mirar nuestra realidad para ver que, en medio de nosotros, hay determinadas enfermedades o sufrimientos que provocan, de entrada, cierto rechazo o prejuicios, como es el sida, hepatitis C, drogadictos, prostitución, homosexualidad, a las que se les ve dificultad de curación, o rehabilitación, o de integración. Sin embargo, hay otr

as –que siendo también de difícil curación-, como el cáncer o deformaciones psíquicas y físicas, provocan compasión y entrega por parte de todos, ya que pensamos que llegan sin esperarlas y producidas por no sé qué cosas. Está claro que unas y otras se viven y se valoran de diferente manera.

Pensemos en las personas que las padecen, en lo que están viviendo o sufriendo, así como lo que viven de alegría y esperanza, que les hace sentirse dignos y con derechos. Nos ponemos en su situación y tratamos de entenderlos con gozo.

Ahora, miramos a los diez leprosos que Jesús cura y profundizamos en lo que nos quiere decir: para la mentalidad israelita, la lepra era considerada como un castigo divino y quienes la sufrían eran vistos impuros, legal y religiosamente, siendo expulsados de la comunidad civil y del culto religioso, con lo que ello llevaba de marginación y exclusión a todos los niveles, incluso llegando a vivir lejos, tener que anunciar su situación para que nadie se les acercara, porque el que lo hacía quedaba impuro, así como que eran vistos como pecadores. Además, se consideraba una enfermedad incurable a no ser por un milagro. Con las cosas así, el que Jesús se les acercase y les curase, era visto como un signo de que el Reino de Dios había llegado ya. Pero un reino que llega en la persona de Jesús que da la vida y la salud porque nos quiere, porque su tarea es llevar al Padre a toda persona que se le ha dado.

Así, dar las gracias a Dios por el bien recibido, por la salud recobrada (el samaritano leproso del Evangelio y también el sirio Naamán de la primera lectura -2Re 5,14-17-), es descubrir ese amor de Dios manifestado en Cristo Jesús y ponerse a su servicio y a expandir por todos lados que la salvación consiste en dejar aquello que nos divide y separa, para acogerse a lo que nos une y dignifica como personas. Los nueve leprosos que quedan curados y van a presentarse a los sacerdotes, no vuelven a dar gracias a Dios porque aún creen en esa Ley y religiosidad que excluye y divide a todos aquellos que no son iguales ni cumplen lo que está mandado.

La fe en Jesús nos hace libres y cura nuestras “enfermedades”, pero de nosotros depende la orientación que tome nuestra vida. Es necesario ponerse en camino para quedar limpios, libres y rehabilitados como personas; “levántate, vete, tu fe te ha salvado” (Lc 17,19), es la palabra de Jesús a este leproso y a otras muchas personas que cura y restablece a lo largo de su misión en la tierra.

Ahora, echemos una mirada a nuestras vidas y a nuestras historias para hacernos sensibles ante todas aquellas veces que hemos sentido la necesidad de dar gracias a Dios porque hemos recibido de su parte alguna clase de presencia que, sin ser extraordinaria ni milagrosa, ha provocado en nosotros alegría, gozo y paz porque ha mejorado nuestra vida, tanto física como psíquica e, incluso, espiritual. “Gracias, Señor”, es la palabra agradecida de los que se sienten protegidos por Dios en todo momento, de aquellos que saben que Dios no los abandona. Solo da gracias el que es capaz de salir de sí mismo y ver en los otros, en el Otro, una ayuda permanente que le hace crecer y sentirse parte de un grupo, de un pueblo y de una comunidad. Y, nosotros, celebramos la Eucaristía como la acción de gracias por excelencia, que nos invita a la admiración por Dios y por sus obras.

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la parroquia Santa María del Socorro. Roma

 

Dibujo de Miguel Redondo.