Vigésimo séptimo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 6 de octubre de 2019

MANTENER LA FE EN TIEMPOS DIFÍCILES

Se oye por muchos sitios que no corren buenos tiempos para la fe, que existen serias dificultades para expresar y vivir lo que uno cree, porque todo ello suena a cosas pasadas, tradiciones vacías, y a conservadurismo, entre otras cosas. Parece como si declararse creyente y decir que se celebran los sacramentos, especialmente la eucaristía (¡vamos!, que se va a misa), o que uno pertenece a un grupo religioso, sea algo raro, anticuado, que no se lleva, o te tachan de conservador, tradicional y, políticamente, de derechas o de partidos conservadores.

 

Es más, parece que Dios no tiene nada que decir ni hacer, que su mensaje es ilusorio y exento de sentido; domina la indiferencia religiosa y el “no me complique usted la vida”, pues no merece la pena este tipo de cosas que me está proponiendo, ni vienen al cuento. Por otra parte, si miramos a la totalidad de nuestro mundo, enmudecemos ante las guerras, el hambre, la explotación, la corrupción, la violencia, los refugiados, las persecuciones, los desastres naturales, las enfermedades incurables o de difícil salida (cáncer, sida, hepatitis), las catástrofes que, también nos narra el profeta Habacuc en la lectura de hoy (Habc 1,2-3;2,2-4) y ante las cuales Dios parece que se muestra indiferente, calla; parece que pasa de largo y es insensible. Pero, desde nuestra fe, afirmamos que “no somos seres abandonados por Dios, sino que tenemos un Dios que es un verdadero Padre, que ama a sus hijos y viene a enseñar y salvar” (beato A. Chevrier).
Es más, toda la Palabra de Dios de este domingo, presenta la fe en Dios como el hilo conductor y se nos habla de ella como fidelidad que da vida y que ayuda a comprender la misión del profeta. Para el apóstol Pablo (2Tim 1,6-8.13-14), la fe es, junto con el amor, la fuerza que hace posible el anuncio de la Buena Noticia. Y, para Jesús, es una propuesta fundamento del servicio cristiano.
Quizás, como los apóstoles, tengamos que pedir al Señor “auméntanos la fe” (Lc 17,5-10) porque sólo vemos lo negativo de aquello que nos rodea. Este auméntanos la fe, lo vivimos como un grito que nos sale desde la humildad y la sinceridad, desde el dejar nuestras propias seguridades y méritos para ponernos en las manos de Otro, del Dios fuente de felicidad que provoca en nosotros una fe más convincente, más viva, más realista, más dinámica y más gozosa. Una fe que habla del Dios Padre misericordioso que nos quiere como verdaderos hijos y que nos deja el Espíritu Santo a través de su Hijo Jesús, para que nos vaya llevando hacia la verdad y nos haga descubrir los signos de su presencia en medio de nosotros, especialmente entre los pobres y las pobrezas concretas que nos rodean allí donde estemos.
O quizás, aún no hayamos hecho todo lo mandado, sino que vamos tirando a medias tintas y como se puede, sin programar la acción, sin preparar ni definir objetivos, sin revisar ni corregir, sin fijarnos mucho en lo que ocurre a nuestro lado, pues poco nos afecta, ¡no va conmigo!
Y, no me cabe ninguna duda de que, hay mucha tarea por delante: Primeramente, dedicar tiempo de calidad a conocer a Jesucristo a través de su Palabra, del Estudio de Evangelio, para seguirle más de cerca y para descubrir qué quiere de nosotros. En segundo lugar, conocer las realidades que nos rodean, los pobres, las pobrezas concretas, los sufrimientos, desalientos…, que están pidiendo por nuestra parte alguna respuesta; y, por último, compartir nuestra vida con aquellos que hemos descubierto en nuestra mirada y con aquellas personas que viven y sienten la fe en Jesucristo, o las que luchan por un mundo mejor.
Entonces, sí podremos decir con el evangelista: “somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”: vivir la fe como una gracia y un don de Dios que se expresa en la entrega gozosa a los demás, en la vivencia alegre de que no estamos solos porque Cristo con su Espíritu y el amor, nos acompaña, nos alienta, nos acoge.
José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la parroquia Santa María del Socorro. Roma

PREGUNTAS:
1. ¿Cómo podemos ayudarnos para que nuestra fe sea cada día más auténtica?
2. ¿Qué cambios provocaría en la Iglesia si los cristianos viviéramos con más intensidad nuestra fe y el servicio a los demás?
3. ¿En qué concreto mi acción para sentirme “siervo que hace lo que tiene que hacer”?

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.