Vigésimo cuarto Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 15 de septiembre de 2019

 

¡QUÉ ALEGRÍA MÁS GRANDE!

Estoy seguro de que en bastantes ocasiones de nuestra vida, hemos tenido la experiencia de sentirnos desorientados y perdidos porque no sabíamos muy bien qué hacer, qué decir o a dónde ir. Con frecuencia experimentamos que lo que hacemos, decimos o vivimos no tiene mucho sentido y parece que todo nos da igual, por lo que nos dejamos arrastrar por la situación, por lo más cómodo y lo que todo el mundo hace; o por las circunstancias del momento. No me cabe la menor duda de que esto es algo frecuente y casi normal en un gran número de personas, sean de la situación social, económica o política que sean y vivan donde vivan.


Con las cosas así, no está de más el recordarnos que Dios cuida amorosamente de nosotros, nos tiene agarrados por delante y por detrás, cuida nuestras entradas y salidas, sale a nuestra búsqueda y nos devuelve al camino perdido, porque no permanece impasible ante lo que ha perdido.
Así nos lo cuenta el evangelio de hoy con las llamadas parábolas de la misericordia (Lc 15,1-32). “Ellas nos narran historias muy parecidas: una pérdida, una búsqueda intensa, un hallazgo y una alegría compartida. Y lo que destaca sobre todo son las actitudes del pastor, de la mujer, del padre: no permanecen impasibles ante lo que han perdido” (la Casa de la Biblia). Y estas actitudes que Jesús hace suyas y las vive intensamente, parece que escandalizaban a las personas más religiosas de su entorno. “Los fariseos y los letrados lo criticaban diciendo: Ése acoge a descreídos (pecadores) y come con ellos” (Lc 15,2). Pero él actúa así porque Dios es así, porque Dios se preocupa de una manera especial de estas personas que necesitan más atención, cuidados y mimos, así como que se les respete, se les valore, se les quiera. Por ello, no se puede quedar impasible sin hacer nada cuando lo que preocupa es la felicidad y la dignidad de hombres y mujeres concretas.
¡Qué alegría más grande si sabemos que alguien cuida de ti!; que alguien cuide y se preocupe de nosotros porque somos importantes para ellos nos hace crecer y sentirnos seguros. De aquí el buscar siempre nuestra felicidad y el sentirnos bien. Moisés, aun sabiendo que su pueblo es de dura cerviz y que se desvía del camino señalado por Dios, suplica al Señor, su Dios para que no los castigue (Éx 32,7-11.13-14). Pablo comunica su experiencia personal de que siendo pecador, Dios lo ha escogido para ejercer el ministerio de apóstol con alegría: “El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús” (1Tim 1,12-17). Y, el Salmo 50 nos invita a vivir y sentir la misericordia de Dios profundamente, porque ella provoca grandes cambios en nuestra vida, en lo más profundo de nuestro ser hasta renovarnos por dentro y crear un corazón puro capaz de amar y de vivir cada momento con la tranquilidad de que somos queridos.
Dios ama a todos, sea cual sea su conducta. Igual le pasa a ese padre y esa madre que, sin dejar de amar al hijo o la hija, le corrigen lo que hacen mal y le piden que cambie: “hijo, yo te quiero, pero eso que haces no me gusta, no está bien y se ha de cambiar”. ¡Qué hermosas palabras llenas de ternura y misericordia para provocar cambios en las conductas de las personas! Se nos quiere, no por lo que hacemos, sino por lo que somos, porque somos importantes para ellos.
Quiero acabar este comentario con palabras que no son mías, pero las comparto: “Hay algo que los creyentes no hemos de olvidar nunca. Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida. Cuando nos encontramos perdidos, una cosa es segura: Dios nos está buscando. Esta es la buena noticia de Jesús. Dios es alguien que busca precisamente a los perdidos” (Florentino Ulibarri). Y ese buscar a los perdidos es para que seamos felices y hagamos felices a los demás. Ahí queda eso.
José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado, Albuñán y Cogollos


PREGUNTAS:
1. ¿Cómo es Dios para el hijo menor, para el hijo mayor y para el padre de la parábola evangélica escuchada?
2. ¿Quiénes son los que están “perdidos” en nuestro ambiente? ¿Qué hacer por ellos?
3. ¿En qué sentimos que la experiencia del encuentro con Dios es fuente de alegría?

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.