Décimo Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 28 de julio de 2019

“QUE NO SE ENFADE MI SEÑOR SI SIGO HABLANDO”

Cuando estaba preparando este comentario se me ha venido a la cabeza la palabra “regateo”. ¡Sí! esa palabra que usamos en términos comerciales para conseguir comprar algo a un precio más barato del que pone en la etiqueta. Hay culturas que si no regateas, parece que no estás comprando.


Pues bien, Abrahán en Génesis 18,20-32 utiliza esta artimaña con Dios para impedir que se destruya la ciudad de Sodoma porque puede que no encuentre a nadie inocente.
¡Menuda osadía la de Abrahán! “Que no se enfade mi Señor si sigo hablando”. Pero, también ¡cuánta comprensión de parte de Dios! ¡Qué paciencia! Todo un ejemplo a tener en cuenta en nuestras relaciones personales, en nuestra vivencia de la fe y en nuestro modo de relacionarnos con Dios. No cabe duda que Dios es eternamente misericordioso y que no está “eternamente enojado” como dice la letra de un canto de semana santa que bien podría desaparecer de los cancioneros y de la piedad popular, porque ¡qué mal habla de Dios! Dios no está eternamente enojado, sino eternamente enamorado de sus creaturas y sus criaturas. Es un amor apasionado que le llevó a enviar a su propio Hijo.
Por eso, el salmo 137 que hoy “cantamos” nos da la clave para entender a Dios: “Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste”. ¡Claro que sí! “Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad… Cuando camino entre peligros me conservas la vida… Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”.
Necesitamos ponernos a los pies de Jesús, el Maestro y pedirle, como sus discípulos, que nos enseñe a orar (Lc 11,1-13), no de forma ritual y de corrido, sino con un estilo, con un talante que lleve como notas propias la confianza en Dios y el compromiso personal y comunitario; que cualquier sitio sea un lugar adecuado para la oración. Pedirle que nos enseñe a comprender el verdadero rostro de su Padre (Abba, papaíto, “papi”), que nos enseñe a pedir, que nos enseñe a vivir, que nos enseñe a perdonar; en definitiva, que nos enseñe lo fundamental para vivir una vida feliz y una vida comprometida, una vida con sentido. “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre... Si vosotros, pues que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”. Con todo ello, Jesús nos anima a pedir, a buscar, a llamar incasablemente animados por una confianza sin límites. Nos invita a rezar el Padrenuestro como la expresión de una actitud, de un estilo de vida identificada y enamorada del proyecto de Dios.
“Dios no se interesa sólo de lo que es suyo –el nombre, el reinado, la voluntad divina-, sino que se preocupa también por lo que es de los hombres, -el pan, el perdón, la tentación, el mal-. Igualmente, el hombre no sólo tiene en cuenta lo que le preocupa para poder vivir –el pan, el perdón, la tentación, el mal-, sino que se abre también a lo concerniente a Dios Padre –la santificación de su nombre, la llegada de su reinado, la realización de su voluntad-... Lo que Jesús unió –la preocupación por Dios y la preocupación por nuestras necesidades- nadie lo ha de separar”.
En definitiva, le pedimos a Jesús que nos enseñe a tener pasión por el ser humano, por su realización y su dignidad… y, a tener pasión por Dios. Pasión por el cielo y pasión por la tierra, dos cosas que siempre han de ir unidas en el ser cristiano.


José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado, Albuñán y Cogollos

 

PREGUNTAS:
1. ¿Nos pide la gente que le enseñemos a orar?
2. ¿Cómo es el Dios al que yo dirijo mi oración: un dios tapa-agujeros, un dios circunstancias, un dios amor…? Explica como es el Dios al que oras.
3. Reza el padrenuestro despacio y saboreando cada palabra. No tengas prisa por terminar.