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Es tiempo de dar razón de nuestra fe

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Estamos en un mes en el que se suceden muchos acontecimientos que afianzan nuestra fe y que suponen la movilización de muchos esfuerzos y sinergias: primeras comuniones, confirmaciones, flores a María, fiestas patronales, etc.

 

Pues bien, es el momento de “dar razón de nuestra esperanza” (1Pe 3,15), de nuestra fe, por lo que quiero escribir estas letras para ello, en clave de profesión de fe, es decir voy a relatar en quién creo. Podría recitar todo el credo y pararme poco a poco en cada frase, pero sería largo y tedioso, así que me centro en Jesús que nació de santa María Virgen.

La Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre el llamado a la santidad en el mundo actual en los números 129 a 146 me anima a ello, porque allí se habla de la parresía como un elemento importante para llegar a la santidad. Es esa audacia, ese empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Es sello del Espíritu, es feliz seguridad que nos lleva a gloriarnos del Evangelio que anunciamos y de que nada “podrá separarnos del amor de Dios” (Rm 8,39).

Mi experiencia me dice que quien conoce la vida de Jesús llega a quedar fascinado y tocado por ella. Y yo entiendo la vida de Jesús como una buena vida, en la que él “hizo el bien”, es decir, eligió el amor, la cercanía, la relación nunca excluyente, el cuidado de los demás y sobre todo de los necesitados; no es solo una vida ejemplar sino capaz de fascinar y revelar la posibilidad de una “bondad” que se quiere inspiradora para la propia vida. Pero también hay una atracción por la vida hermosa vivida por Jesús: su nunca estar aislado, su vida en una comunidad (otro distintivo de la santidad que vemos en la llamada a la santidad que nos hace el papa -GE 140 a 146-), en una red de afectos, su vivir la amistad, su relación con la naturaleza permanecen muy elocuentes. Su vida religiosa, no en el sentido de una vida sin fatiga, crisis y contradicciones, sino una vida con profundidad, porque Jesús tenía una razón por la cual valía la pena gastar la vida y dar su vida hasta la muerte: esta es su alegría, su bienaventuranza. Y en este Jesús creo yo porque estaba lleno de Dios y de Espíritu Santo. De un Dios que es siempre novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, de la costumbre o de lo de siempre. Nos pide que desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los oídos, y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz de Jesús Resucitado, porque la Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados que nos desinstalen, nos sorprendan porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante (cfr. GE 135-139), pues de este modo la Iglesia en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo la sorpresa del Señor.

La Virgen María no está lejos de esta experiencia. Ella es la mujer creyente, la que ha creído porque hace lo que “Él os diga” (Jn 2,5); es la mujer solidaria que visita a Isabel (no para murmurar, sino para ayudar y bendecir a Dios); es la mujer humilde (que está al pie de la cruz, que no reivindica el ser la madre de Dios cuando le dicen a su Hijo que le buscan…); y la mujer agradecida que canta a su Señor el Magníficat (Lc 1,46-55) expresando con ello el poder, la fidelidad y el amor de Dios por los humildes y necesitados. María es un ejemplo de esta predilección de Dios por los sencillos, de este amor de Dios por los pequeños, de aquellos que deciden ser solidarios y servir, preservando los pequeños detalles del amor (cfr. GE 145). María tenía una vitalidad interior porque sabe quién es ella y quién es Dios (cuando no sabemos quiénes somos o no nos queremos demasiado, nos perdemos y perdemos a los que tenemos cerca). Para ella Dios es un Dios que salva, que mira nuestra humillación, hace en nosotros obras grandes y su misericordia llega a sus fieles; hace proezas, dispersa a los soberbios, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; es el Dios que colma de bienes a los humildes y despide a los ricos vacíos y es fiel a su promesa. Dime qué imagen tienes de Dios y te diré cómo es tu fe.

Pues este es mi testimonio por si a alguien también le sirve. Seamos felices hoy y siempre.

 

 

 

José Mª Tortosa

Párroco de Jérez del Marquesado, Cogollos de Guadix y Albuñán.