Domingo de Ramos. Ciclo B. 24 de marzo de 2024

 

Después de semanas viviendo el camino cuaresmal en esa búsqueda de Dios, con el deseo de procurar nuestra conversión personal y comunitaria como Iglesia, mostrando arrepentimiento por nuestras faltas y pecados, llegamos a la cima de la montaña, a la meta, a la plenitud con la celebración de la Semana Santa, en la que podremos orar vivencialmente con los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, la Muerte y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.



Al inicio de la celebración litúrgica de la Eucaristía del Domingo de Ramos se proclamará el pasaje del evangelio de Marcos en el que se nos narra la solemne entrada de Jesús en Jerusalén con motivo de la celebración de las fiestas pascuales judías, y de su propia pascua, nuestra pascua.

Marcos junto a Mateo y Lucas hablan de una única subida de Jesús en su vida para celebrar la Pascua en Jerusalén. Juan nos habla de varias más. Los primeros evangelistas sitúan esta subida y estancia en la Ciudad Santa coincidiendo con la última semana de la vida de Jesús y coincidiendo con la fiesta judía de la Pascua, con la cual Israel conmemora su liberación de la esclavitud de Egipto acontecida muchos siglos antes. Esta fiesta tenía lugar en primeva, coincidiendo con la primera luna llena de esta estación, y todo el pueblo de Dios se congregaba en Jerusalén, que por esos días triplicaba su población. El templo era el lugar del encuentro y del culto a Dios, para ellos era el lugar más sagrado de toda la tierra. La ciudad estaba llena de un ambiente festivo y de alegría. Al estar dominada la nación de Israel por el imperio romano, en esos días estaban más calientes los sentimientos de liberación del pueblo judío. Ante esta dominación romana nos encontramos con un grupo de rebeldes nacionalistas, los zelotas, que de manera violenta querían conseguir esa liberación política y militar a la que se sentía sometido el pueblo israelita, y así, siendo libres, poder imponer el Reino de Dios.

Con todo este ambiente, la entrada de Jesús en Jerusalén va más allá de un mero recibimiento, porque es más una manifestación masiva de quienes están hambrientos de un Dios que es el Libertador de su pueblo y de la humanidad que espera la llegada y actuación de su Mesías. Cada uno en este momento de Jesús pudo ver intereses diferentes, por lo que no lo podemos ver como una procesión ordenada de gente religiosa con palmas y ramos de olivo, sino como una manifestación de masas y envuelta en un verdadero bullicio.

Una palabra clave en este relato es "Hosanna", que significa "Sálvanos, por favor". Con ella el pueblo le pedía ayuda a Dios para conseguir la victoria. Palabra que era aclamada y acompañada del gesto de echar los mantos al suelo a modo de alfombra y adornar con ramos el camino, teniendo similitud con el acto de entronización de los reyes de Israel. Pero para que su entrada no se tratase de un acto provocador, Jesús toma medidas para que sea lo más discreta y no alertase a las autoridades, por lo que le preparan un borrico, se hospeda fuera de la ciudad...

Ya el lugar de Jerusalén es muy importante porque no es sólo la Ciudad Santa o la capital de Israel, sino que en el Evangelio Jerusalén es el lugar donde se encuentran los enemigos más peligrosos de Jesús: los sacerdotes, escribas y fariseos. Así pues, Jesús se introduce en el terreno de sus enemigos y se pone a la mano de ellos. Podría haber eludido esta visita para evitar riesgos, pero al mismo tiempo, al hacerlo, su lucha por cambiar el mundo e implantar el Reino de Dios no hubiera sido auténtica ni plena sin el enfrentamiento con aquellos que oprimen al pueblo y lo excluyen de la salvación. En Marcos no es la ciudad la que sale a recibir a Jesús, pues Él atraviesa sus calles y parece que sus habitantes ni se enteran, porque los que reciben a Jesús son los discípulos, los peregrinos, los venidos de fuera: lo aclaman y vitorean.

Jesús decepciona como Mesías porque el pueblo de Israel esperaba la entrada del Mesías en Jerusalén como lo hiciera el rey David que la conquistó violentamente siglos antes, por lo que esperaba la entrada espectacular de un Mesías poderoso, guerrero y triunfador. Jesús no entra montado en un animal, el caballo, que usaban los ricos, los militares y los poderosos, sino que entra en un asno o borrico, que usaban los campesinos y la gente humilde como instrumento de transporte y de trabajo. Jesús ha escogido este animal y no lo ha hecho de manera improvisada, sabía bien quién era y lo que quería, y la imagen que trataba de comunicar. No es un Mesías guerrero sino un Mesías humilde y pacífico. Es un Mesías de paz y no de triunfo. Éste es nuestro Señor y a éste es al que seguimos.

Jesús llega hasta la meta de la entrada de todo peregrino que visita Jerusalén, y dicha meta es el templo. Un templo que más que estar dedicado para el culto se ha convertido en un lugar de negocios y de poder político, donde sólo unos pocos se sienten privilegiados; y donde la mayoría se sienten excluídos y marginados. Y en los días siguientes lo visitará para denunciar allí toda esta corrupción e injusticias y predicar la misericordia de un Dios que es amor para el rechazado, fortaleza para el débil y compasión para el pecador. Al hacer esto, Jesús se ha enfrentado y expuesto al dejar en evidencia a sus enemigos, y no es una actuación imprudente sino de compromiso por defender a aquellos que le importan y que esperan de Él su ayuda. Por ellos ha venido a Jerusalén y de allí no saldrá ya vivo. Allí termina su proyecto, pero allí nacerá de nuevo a una nueva vida y en la que su salvación se hará universal, para toda la humanidad.

Esta escena la vive la Iglesia en nuestro presente y la actualiza como la comunidad que recibe a Jesús, el cual es profesado desde la fe como su Señor y como el verdadero Mesías. La Iglesia lo aclama y bendice, y manifiesta públicamente a los cuatro vientos su fe en Jesús, en el Mesías que padeció pero que fue glorificado con su resurrección. Jesús es para nosotros el Príncipe de la Paz y de la Humildad porque es el Hijo del Rey del Amor y de la Misericordia, del Padre de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que hoy, igual que ayer, grita: "Hosanna", "Sálvanos, por favor", instantes antes de la consagración eucarística en la que viene y nos visita con su humildad y paz en un poco de pan y en un poco de vino.

Emilio José Fernández, sacerdote.

 

Después de semanas viviendo el camino cuaresmal en esa búsqueda de Dios, con el deseo de procurar nuestra conversión personal y comunitaria como Iglesia, mostrando arrepentimiento por nuestras faltas y pecados, llegamos a la cima de la montaña, a la meta, a la plenitud con la celebración de la Semana Santa, en la que podremos orar vivencialmente con los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, la Muerte y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Al inicio de la celebración litúrgica de la Eucaristía del Domingo de Ramos se proclamará el pasaje del evangelio de Marcos en el que se nos narra la solemne entrada de Jesús en Jerusalén con motivo de la celebración de las fiestas pascuales judías, y de su propia pascua, nuestra pascua.

Marcos junto a Mateo y Lucas hablan de una única subida de Jesús en su vida para celebrar la Pascua en Jerusalén. Juan nos habla de varias más. Los primeros evangelistas sitúan esta subida y estancia en la Ciudad Santa coincidiendo con la última semana de la vida de Jesús y coincidiendo con la fiesta judía de la Pascua, con la cual Israel conmemora su liberación de la esclavitud de Egipto acontecida muchos siglos antes. Esta fiesta tenía lugar en primeva, coincidiendo con la primera luna llena de esta estación, y todo el pueblo de Dios se congregaba en Jerusalén, que por esos días triplicaba su población. El templo era el lugar del encuentro y del culto a Dios, para ellos era el lugar más sagrado de toda la tierra. La ciudad estaba llena de un ambiente festivo y de alegría. Al estar dominada la nación de Israel por el imperio romano, en esos días estaban más calientes los sentimientos de liberación del pueblo judío. Ante esta dominación romana nos encontramos con un grupo de rebeldes nacionalistas, los zelotas, que de manera violenta querían conseguir esa liberación política y militar a la que se sentía sometido el pueblo israelita, y así, siendo libres, poder imponer el Reino de Dios.

Con todo este ambiente, la entrada de Jesús en Jerusalén va más allá de un mero recibimiento, porque es más una manifestación masiva de quienes están hambrientos de un Dios que es el Libertador de su pueblo y de la humanidad que espera la llegada y actuación de su Mesías. Cada uno en este momento de Jesús pudo ver intereses diferentes, por lo que no lo podemos ver como una procesión ordenada de gente religiosa con palmas y ramos de olivo, sino como una manifestación de masas y envuelta en un verdadero bullicio.

Una palabra clave en este relato es "Hosanna", que significa "Sálvanos, por favor". Con ella el pueblo le pedía ayuda a Dios para conseguir la victoria. Palabra que era aclamada y acompañada del gesto de echar los mantos al suelo a modo de alfombra y adornar con ramos el camino, teniendo similitud con el acto de entronización de los reyes de Israel. Pero para que su entrada no se tratase de un acto provocador, Jesús toma medidas para que sea lo más discreta y no alertase a las autoridades, por lo que le preparan un borrico, se hospeda fuera de la ciudad...

Ya el lugar de Jerusalén es muy importante porque no es sólo la Ciudad Santa o la capital de Israel, sino que en el Evangelio Jerusalén es el lugar donde se encuentran los enemigos más peligrosos de Jesús: los sacerdotes, escribas y fariseos. Así pues, Jesús se introduce en el terreno de sus enemigos y se pone a la mano de ellos. Podría haber eludido esta visita para evitar riesgos, pero al mismo tiempo, al hacerlo, su lucha por cambiar el mundo e implantar el Reino de Dios no hubiera sido auténtica ni plena sin el enfrentamiento con aquellos que oprimen al pueblo y lo excluyen de la salvación. En Marcos no es la ciudad la que sale a recibir a Jesús, pues Él atraviesa sus calles y parece que sus habitantes ni se enteran, porque los que reciben a Jesús son los discípulos, los peregrinos, los venidos de fuera: lo aclaman y vitorean.

Jesús decepciona como Mesías porque el pueblo de Israel esperaba la entrada del Mesías en Jerusalén como lo hiciera el rey David que la conquistó violentamente siglos antes, por lo que esperaba la entrada espectacular de un Mesías poderoso, guerrero y triunfador. Jesús no entra montado en un animal, el caballo, que usaban los ricos, los militares y los poderosos, sino que entra en un asno o borrico, que usaban los campesinos y la gente humilde como instrumento de transporte y de trabajo. Jesús ha escogido este animal y no lo ha hecho de manera improvisada, sabía bien quién era y lo que quería, y la imagen que trataba de comunicar. No es un Mesías guerrero sino un Mesías humilde y pacífico. Es un Mesías de paz y no de triunfo. Éste es nuestro Señor y a éste es al que seguimos.

Jesús llega hasta la meta de la entrada de todo peregrino que visita Jerusalén, y dicha meta es el templo. Un templo que más que estar dedicado para el culto se ha convertido en un lugar de negocios y de poder político, donde sólo unos pocos se sienten privilegiados; y donde la mayoría se sienten excluídos y marginados. Y en los días siguientes lo visitará para denunciar allí toda esta corrupción e injusticias y predicar la misericordia de un Dios que es amor para el rechazado, fortaleza para el débil y compasión para el pecador. Al hacer esto, Jesús se ha enfrentado y expuesto al dejar en evidencia a sus enemigos, y no es una actuación imprudente sino de compromiso por defender a aquellos que le importan y que esperan de Él su ayuda. Por ellos ha venido a Jerusalén y de allí no saldrá ya vivo. Allí termina su proyecto, pero allí nacerá de nuevo a una nueva vida y en la que su salvación se hará universal, para toda la humanidad.

Esta escena la vive la Iglesia en nuestro presente y la actualiza como la comunidad que recibe a Jesús, el cual es profesado desde la fe como su Señor y como el verdadero Mesías. La Iglesia lo aclama y bendice, y manifiesta públicamente a los cuatro vientos su fe en Jesús, en el Mesías que padeció pero que fue glorificado con su resurrección. Jesús es para nosotros el Príncipe de la Paz y de la Humildad porque es el Hijo del Rey del Amor y de la Misericordia, del Padre de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que hoy, igual que ayer, grita: "Hosanna", "Sálvanos, por favor", instantes antes de la consagración eucarística en la que viene y nos visita con su humildad y paz en un poco de pan y en un poco de vino.

Emilio José Fernández, sacerdote

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Modificado por última vez enDomingo, 24 Marzo 2024 07:02