Domingo después de Epifanía. El Bautismo del Señor. Ciclo B. 7 de enero de 2018

EL BAUTISMO NOS CAMBIA RADICALMENTE Y COMPROMETE NUESTRA VIDA

No podía ser de otra manera: Al niño envuelto en pañales y en un pesebre, lo reconocen todos los pueblos como el Hijo de Dios y vienen a adorarlo desde los diferentes continentes de la tierra y desde las diferentes capas sociales.
Así es como ha querido Dios manifestarse y hacerse presente en nuestra historia. Lo hace sin ruidos, sin estridencias, sin grandes despliegues de medios, sin protección oficial, sin lujos,… y, pese a todo, ha provocado un giro en toda la historia de la salvación y en la historia universal. Vivimos el año 2018 después de Cristo y nos alegramos por ello, tenemos muchos motivos para estar alegres y dar gracias a Dios.


“Tú eres mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto”. Y como se siente querido y protegido, a lo largo de toda su vida, vivirá, ofrecerá y desarrollará esta experiencia básica y necesaria: “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch). De esta experiencia humana de sentirse querido, Jesús tomará fuerza, día a día, para toda su vida. Por ello, es capaz de amar y dejarse amar, sentir la derrota y el abandono, compadecerse, llorar, reír. Es la experiencia humana básica, necesaria que todo hombre y mujer necesitamos para desarrollarnos y crecer. No podemos vivir sin amor (1Jn 5,1-9). Amamos por necesidad, no por obligación o mandato.
Hoy iniciamos el tiempo ordinario y la lectura del Evangelio de Marcos; también nuestra vida de fe, de seguidores de Cristo tuvo un inicio simbólico con el agua del Bautismo. Nuestros padres y padrinos se comprometían a educarnos en la fe para que amando a Dios y al prójimo nos conduzcamos como “hijos de la luz” y pasemos nuestra vida haciendo el bien sin distinciones de razas, pueblos, sexo, color, ideologías, formas de pensar… y ahora, ya adultos, nos corresponde a nosotros la responsabilidad de hacer crecer esta fe inicial ayudados por la fuerza del Espíritu Santo.
Recordamos que el Bautismo de Juan era signo de arrepentimiento y conversión. Sin embargo, el Bautismo de Jesús es tiempo de gracia, de experiencia del Espíritu que lleva a Jesús a cambiar radicalmente su estilo de vida: “pasó del ámbito familiar a la misión mesiánica, de la vida tranquila de Nazaret a recorrer pueblos, caminos y campos; del silencio a enseñar el Evangelio”. El Evangelista nos ofrece un momento privilegiado de manifestación en el que se revela quién es Jesús. Es Hijo de Dios, y su misión consistirá en hacer la voluntad del Padre. Y al final de todo el Evangelio de Marcos, el testimonio de un pagano, un centurión romano, en medio del silencio y desolación del calvario, dirá de aquel maldito que acaba de morir en la cruz “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Y, durante toda la lectura y reflexión del Evangelio de Marcos iremos descubriendo y recorriendo toda su vida y la revelación de su identidad como Hijo de Dios y Mesías, hasta comprender profundamente el significado de estos títulos.
El Bautismo de Jesús nos recuerda nuestro propio bautismo y su sentido. Lo recordamos para que no se quede en un rito más o menos festivo que otros vivieron por nosotros, sino que en él Dios nos hizo hijos suyos, nos permitió una nueva relación con Él (cercana, amorosa, filial) y nos encomendó una misión, lo mismo que a Jesús. No podemos colaborar con las injusticias, con las guerras o violencia; no podemos permitir la explotación, la exclusión, el rechazo, la burla, etc., sino que trabajamos por la paz, la justicia, la libertad, el amor y la felicidad de todo hombre y mujer se encuentren en la situación que se encuentren, pues “para dar vida y en abundancia” es para lo que Jesús se ha manifestado y es para lo que nuestra vida de seguidores suyos se compromete tras el bautismo.

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

 PREGUNTAS: 

1. ¿Me siento hijo amado de Dios? ¿Cómo lo expreso en mi vida? ¿A qué me compromete esto en mi vida de creyente?
2. ¿La renovación de mi bautismo en qué cambia mi vida? ¿Me daría igual no estar bautizado?

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de  José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.