Homilía de Mons Ginés García en la Solemnidad de la Virgen de las Angustias, Patrona de Guadix 2017

HOMILÍA DE LA MISA PONTIFICAL EN LA SOLEMNIDAD DE LA VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS, PATRONA DE GUADIX,
HOMILÍA

Guadix, 12 de Noviembre de 2017

 Queridos Hermanos sacerdotes;

Ilmos. Sres. Vicarios General y episcopales.
Ilmo. Sr. Deán y Cabildo de la SAI Catedral;
Ilmo. Sr. Vicario General de la diócesis de Jaén y Deán de su Catedral, y este año predicador de nuestra Patrona, la Virgen de las Angustias, querido D. Francisco Juan. El beato Pablo VI fue siempre gran amigo del que sería su antecesor en la Sede de Pedro, san Juan XXIII; es sabido que Montini sentía una gran admiración por la libertad y la paz interior de Roncalli, veía en él al historiador capaz de distinguir entre el núcleo central de la fe y las adherencias que muchas veces lo ocultan. En estos días, con tu predicación, querido Francisco Juan, has realizado la hermosa misión de ayudarnos a esclarecer lo esencial de la figura de María y el porqué de nuestra relación y amor hacia ella, y lo has hecho trayendo con oportunidad el precioso tesoro que la Iglesia guarda en su doctrina, así como la encarnación de ésta, la experiencia de los santos. Muchas gracias, que Dios te lo pague.
Queridos diácono y seminaristas;


Miembros de los Institutos de Vida Consagrada;
Hermano Mayor y Archicofradía de la Stma. Virgen de las Angustias, Patrona de Guadix.
Hermandades y Cofradías.

Saludo con sincero afecto a las dignas autoridades que nos acompañan y nos honran con su presencia; al Sr. Alcalde en funciones y a los demás miembros de la Corporación municipal, así como a las demás autoridades presentes.
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Hermanos y hermana en el Señor.

 

1. Te saludamos a ti María, Virgen de las Angustias, Señora y Madre nuestra, en esta mañana en que Guadix vuelve a elevar al cielo su canto de alabanza por tu constante presencia y protección sobre esta Ciudad y sobre nosotros, tus hijos, que te reconocemos como Patrona.

Hoy es un día grande, un día de fiesta para Guadix y los accitanos, porque celebramos a la Madre, porque en esta gran familia que es la Iglesia, María es la Madre que da unidad, cobijo y calor al hogar de los que formamos el Cuerpo de Cristo.

Como hicieron nuestros padres, y deseamos de corazón que hagan nuestros hijos, queremos honrar a María, la mujer, la oyente fiel de la Palabra, que por la fe concibió en su seno al Salvador del mundo. Ella es el lugar de nuestro encuentro con el Señor. A lo largo de todo el año, y especialmente en estos días, los accitanos nos volvemos a la Virgen para expresarle nuestro amor y veneración filial, al tiempo que depositamos en su regazo nuestras inquietudes y sufrimientos, nuestros anhelos y esperanzas hechas oración.

Os invito ahora, mis queridos hermanos y hermanas, a contemplar a María a luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y a dejarnos empapar por su mensaje como la tierra que recibe el agua que la hace fecunda.

2. En la primera lectura hemos escuchado una página de libro de Judit, en el Antiguo Testamento. Israel es instigado por los enemigos que buscan su destrucción; el pueblo ya conoce lo que es el destierro y la usencia de Dios, y, por eso, sabe que nada le vale su fuerza militar, ni el prestigio, ni un pasado glorioso. Será una mujer la elegida por Dios para librar al pueblo de la mano de sus enemigos; una mujer de entre el pueblo, una mujer judía –que eso significa Judit-, que se convierte en modelo para Israel. Judit es digna de toda alabanza por lo que ha hecho; sin embargo, Israel sabe bien que el verdadero protagonista es Dios que es quien salva a su pueblo por la mano de la mujer.

Los cristianos hemos leído siempre este texto del Antiguo Testamento pensando en María, porque ella es la mujer libre y generosa que ha hecho posible la salvación de Dios por su Sí, por el hágase de su libertad puesta al servicio del plan de Dios; porque en ella vemos la mano misericordiosa de Dios que nos cuida y guía la historia de los hombres. María misma, en su cántico de alabanza, proclamará la grandeza del Señor que se ha fijada en su humildad, y por ella ha hecho obras grandes; por la disponibilidad de María, Dios ha cambiado el destino de la humanidad condenada a la muerte y la he hecho heredera de la gloria eterna.

La Virgen María, como Judit, nos muestra que el poder de Dios no está en lo que el hombre ha logrado con su fuerza a lo largo de la historia, ni se demuestra en el éxito, sino que es en la confianza y la fidelidad donde se manifiesta de modo admirable. María, y esta es su gran lección para nosotros, nos enseña con su vida que el camino del discípulo es el de la escucha, la confianza, el abandono y la humildad. Dios se resiste a lo soberbios y ensalza a los humildes como la ha hecho con la Virgen.

“Los que recuerden esta hazaña de Dios jamás perderán la confianza que tú inspiras”, le decía Ozías a Judit. Recordar la hazaña de Dios, hacer memoria constante y cotidiana de su amor para con nosotros, es la fuente de donde se alimenta la experiencia cristiana. Sin hacernos conscientes del amor de Dios, sin aceptarlo en nuestra vida, será difícil que podamos vivir una existencia verdaderamente cristiana. Como nos dice el Papa Francisco, el cristianismo es memorioso, vivimos de la memoria agradecida del don de Dios. Una memoria que no es nostalgia del pasado sino actualización constante del amor que nos abre al horizonte de un futuro en esperanza.

Estoy convencido, mis queridos hermanos y hermanas, que el gran déficit de la humanidad hoy está en la falta de amor. Tenemos muchos problemas, pasamos por muchas pruebas, pero sin duda, lo más grave es la falta de amor, lo más doloroso tantas y tantas personas que no son amadas, o que se han hecho incapaces de amar; cada vez son más los que desconocen lo que es el verdadero amor, sustituido por sucedáneos de este, y, en muchos casos, confundido por verdaderas degradaciones del amor aunque lo nombren así. Por eso, el gran servicio de la Iglesia al hombre de hoy será dar a conocer y a gustar el amor de Dios; que cada hombre o mujer tenga la oportunidad de experimentar que es amado, que Dios lo ama. Es este también el servicio de la Virgen Santísima, mostrarnos cada día el amor de Dios.

No es posible la confianza en la Virgen sin la fe en Cristo, porque María nada es sin su Hijo, sin Dios. Aunque pueda parecer innecesario, y hasta pueril repetir esto, hemos de hacerlo con renovado celo misionero. El apartamiento de Dios de nuestra vida y la expulsión de Dios de nuestro mundo provocan desconfianza y condenan al alma al frio que siempre acompaña a la orfandad. Nuestra confianza en la Virgen será mayor en la medida que nuestra fe en Dios lo sea también. La devoción y el amor a María son la expresión de nuestra fe.

3. El Evangelio que acabamos de proclamar nos habla de la unión de María con Jesús, del Hijo con la Madre. El mismo camino histórico de Cristo es también el de su Madre, con razón algunos autores han definido la vida de la Virgen como el quinto Evangelio. El viejo Simeón profetiza el destino de cruz de Jesús simbolizado en la espada que traspasará el alma de María.

María hace de su vida un acompañamiento interior, profundo, de la vida de Jesús. El Hijo es la alegría de su corazón y la razón de su existencia, la identificación es total. Bernardo de Claraval instruía así al Dante en la Divina Comedia: “Mira al rostro que más se parece a Cristo, pues sólo a través de su resplandor te puedes preparar para verlo a Él”. Por eso, al mirar a la imagen bendita de nuestra Madre, la Virgen de las Angustias, contemplamos en ella la hermosura de lo divino en la esperanza de verlo un día sin misterio. La Virgen nos muestra a Jesús, lo pone también en nuestros brazos y en nuestras vidas. Nos está diciendo: este es mi Hijo, el que os amó hasta el extremo, el que ha ofrecido su vida, la causa de mi angustia y de mi esperanza. Como primera discípula y estrella de la evangelización no se cansa nunca de darnos a Jesús, a pesar de las contradicciones, las dificultades, el cansancio y hasta el rechazo.

Cristo será bandera discutida, signo de contradicción. Su Evangelio por sencillo y provocador pone al descubierto la actitud de los corazones. El Evangelio no puede dejarnos nunca indiferentes, es una llamada que pide respuesta, una respuesta que ha de ser siempre audaz y comprometida, desprendida y alegre.

En la evocación teológica de la oración en Getsemaní que hace el autor de la carta a los Hebreos, y que hemos escuchado en la segunda lectura, se manifiesta la humanísima humanidad de Cristo, que compartió en todo nuestra condición menos en el pecado. Jesús se ve arrojado al abismo del sin sentido del sufrimiento y de la inminencia de la muerte. Pero el sufrimiento, y hasta la muerte, pueden tener sentido cuando se viven en la obediencia al plan de Dios. Aprendió sufriendo a obedecer. La obediencia de la fe es causa y camino de salvación. No entiendo nada, no veo con claridad, pero confío, me fío, me pongo en tus manos en actitud de libre obediencia. Este es el signo cristiano de contradicción para un mundo poseído de sí, seguro de sus logros, colmado de sus posibilidades, pero indefenso y frágil ante el sufrimiento y la muerte; incapaz de dar una respuesta, y menos una solución, a los grandes interrogantes de la humanidad, rendido ante la última palabra, ante la muerte. Cristo se ha convertido para los que creen en Él en causa de salvación eterna por su obediencia, y así nos ha abierto las puertas de la vida, el horizonte de la felicidad eterna.

Queridos hermanos y hermanas, os invito una vez más a vivir una fe misionera; a no conformarnos con lo que hemos sido o lo que ya tenemos; no domestiquemos el Evangelio que es fuerza que ama y sabiduría que ilumina. Anunciemos a todos el amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús. Que nuestra Iglesia diocesana siga siendo signo, sacramento de salvación para todos; hagamos de nuestras comunidades hogares acogedores para que puedan volver los que se fueron, y puedan venir los que nunca estuvieron. Cristo es el mensaje de María y nuestro mensaje, no tenemos otro.

4. En estos días nos recordaba el predicador de la Septena una hermosa oración de san Francisco de Asís que dice: “Santa Madre de Dios, María, que eres Virgen hecha Iglesia”. Sí, María es la Virgen fecunda, la imagen de la Iglesia. Ella es el tipo de la Iglesia Virgen y Madre que engendra nuevos hijos por la fe y el bautismo; es la Madre de familia grande que sienta a todos sus hijos en torno a la mesa de la Palabra y la Eucaristía; la que prepara a su prole para el Cielo, la patria de los redimidos. Caminando con ella, y acogiéndonos a su protección, también nuestra Iglesia será fecunda. La fecundidad apostólica no nos vendrá de nuestros éxitos ni de nuestras estrategias pastorales, sino de la fidelidad al Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, siempre me ha conmovido vuestra devoción a la Virgen de las Angustias; desde el comienzo de mi ministerio entre vosotros me transmitisteis el amor a nuestra Patrona que ha hecho nido en mi alma; por eso, ahora os pido, que sigáis transmitiendo el amor a la Virgen porque ella será siempre la mejor garantía de nuestra fidelidad a Cristo. Queridos accitanos querer mucho a la Virgen porque ella nos lleva a Cristo Salvador. Mientras Guadix sea mariana será cristiana. María Santísima nos evangeliza.

Os pido que os unáis a vuestro Obispo que con vosotros y por vosotros eleva la oración de la Iglesia a la Virgen para que la lleve a la presencia de Dios.

Viren y Madre nuestra te pido por la Iglesia y por nuestra Iglesia diocesana; por los sacerdotes y diáconos, por los consagrados y por el pueblo santo de Dios, por los niños y por los jóvenes, por las familias y por los pobres. Y bien sabes; Señora, que con especial afecto te presento nuestro Seminario, a los seminaristas y a sus formadores; haz, Madre, que los jóvenes vean en ti el gran ejemplo de consagración al Señor, y lo sigan con toda su vida, hasta el final.

Este año, quiero dejar en tu corazón de Madre dos intenciones muy especiales: nuestra Patria, España, para que viva en la unidad y en la concordia de los hombres y los pueblos que la constituimos. Y por la lluvia; pidamos para que el Señor, por intercesión de María, nos envíe el agua tan necesaria a nuestros campos y a nuestra vida.

Santa María de las Angustias, Madre y Señora nuestra, que reinas en el corazón de los accitanos, conserva siempre a este pueblo en tu amor y no dejes nunca de mostrarnos el rostro de tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Hoy, nosotros, tus hijos, queremos volver a hacerte la ofrenda de nuestro amor filial; queremos adornar tu corona con nuestra entrega y el servicio a los demás. “Y después que guíes amorosa la senda azarosa de nuestro vivir para unirnos a Ti, Madre mía, nosotros un día sabremos morir” (Del Himno oficial de la Coronación).

 

+ Ginés, Obispo de Guadix