APUNTES APROXIMADOS AL TURISMO INFANTIL DE GUADIX.

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Pruebe el avisado lector, lleno de tierna piedad por la infancia, a viajar con un número suficiente de niños como para terminar, hasta mucho más arriba de la coronilla, de canciones infantiles en el coche o, acaso, mucho más debajo de la espalda, de películas de dibujos animados en las pantallas de smartphone o la tablet. Por si no fuera bastante, los adultos habrán de responder una media de sesenta veces por kilómetro a la pregunta más reiterada de los viajes infantiles: “¿Queda mucho?”. Superados todos esos trámites, los adultos y su pueril grey llegan a lugares que son de interés para los mayores, pero que no suscitan la más mínima ilusión a los pequeños: ahora arribamos al aburrimiento y su corte de males: peleas, disgustos y unos precios desorbitados para la comida de los inmaduros, además de la consabida segunda frase. Si la primera es “¿Queda mucho?” la segunda es: “mamá, me aburro”.

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EL ARCHIVO DE LA ALEGRÍA

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Me da alegría, y conste que el gozo es una de las más grandes satisfacciones con que el género humano ha sido adornado en su terrenal existencia, tan llena de monotonías y de disgustos…, me da mucha alegría, digo, contemplar lo que está ocurriendo día a día en la Iglesia de la Magdalena de Guadix.

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VERDADES GITANAS COMO TEMPLOS

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Pocas veces ejerce uno tan directamente de canónigo archivero, encargado de ir sobreabundando en la redacción del “Libro de crónica de la catedral”, sin embargo, esta es una de las ocasiones que se justifica por derecho propio. La beatificación de los mártires de Almería en total, ciento quince, el día 25 de marzo del año 2017, ha dado lugar a toda una serie de actos que manifiestan, expresan y testimonian la veneración por aquellos que entregaron su vida en testimonio de Cristo, a causa del odio a la Fe y fueron injustamente ajusticiados como el Señor. Además, murieron perdonando y ello los configura de manera particular como signos de reconciliación supremos: “nadie tiene más amor que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13).

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GUADIX: AMORIS CAUSA

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Me dicen, y yo me lo creo, pues entre mis muchas diversiones no se encuentran las de consultar en exceso las páginas de Internet, que las mejores y mayores valoraciones de los visitantes de Guadix, se refieren a comentarios, en muy diversos soportes, acerca de la sorpresa de nuestra Catedral y su museo, la curiosidad extraordinaria de nuestras Cuevas y la cantidad y calidad de las tapas de nuestros bares. Por contra, las quejas más frecuentes y numerosas parecen ser las siguientes: los indicadores direccionales de los monumentos y zonas de la ciudad, son muy escasos, pequeños y escritos tan sólo en castellano, con total ausencia de otras lenguas. El único servicio políglota es el de las audio-guías de la Catedral, y está muy valorado. Por otra parte, la limpieza de la ciudad, sobre todo en sus barrios periféricos llenos de ruinas, es mucho peor que muy deficiente. Finalmente, la relación calidad-precio en las comidas y hostelería en general no está suficientemente ajustada y puede resultar cara si viajas con niños. No está apenas prevista la posibilidad de menús familiares.

            Yo no entro en la valoración de la veracidad de cada una de estas afirmaciones, tanto de las más positivas como de aquellas que pueden ser muy mejoradas. Carezco de formación y medios demoscópicos  suficientes para ello. Pero aún así, no me parece desacertado el común sentir, en general, de nuestros visitantes, porque valoran mucho y muy bien las sorpresas que Guadix ofrece en su Catedral, en sus Cuevas y en su gastronomía, al tiempo que nos llama la atención con severidad sobre el estado ruinoso de nuestro casco histórico o sobre la escasez de indicadores y carteles en otras lenguas.

            Si la relación calidad-precio es algo que corresponde, por su propia naturaleza, a la iniciativa privada, las flechas direccionales son responsabilidad total de la administración pública. Otra cosa será la calamidad cochambrosa de los barrios de Santa Ana y San Miguel. Aquí la “roina” alcanza el más perfecto e íntegro estado de vergüenza, sin más posibilidad de redención que aquella que la teología católica ofrece en su plenitud: después de la muerte, la resurrección, o bien, la condenación eterna.

            Es ahora cuando cabe preguntarse: ¿Qué disposición vivificante y resucitadora tienen nuestras autoridades respecto del casco histórico? Es cierto que le corresponde, habida cuenta del estado cadavérico del difunto, tanto a la autoridad nacional, cuanto a la autonómica, provincial y local. El bien común ha de ser buscado en cuanto bondad y en cuanto comunidad completa. Guadix no es capaz, por sí sólo, de resucitar su casco histórico. El estado en que se encuentran partes importantes de las calles de nuestra ciudad ya no es recuperable con los solos medios privados o municipales. Es absolutamente imprescindible un sólido compromiso de la Diputación Provincial y de la Junta de Andalucía… incluso del Gobierno central: a los ejemplos de Antequera, Ronda, Úbeda, Baeza, Arcos de la Frontera, Medina Sidonia o Écija y Estepa me remito. Gran parte de estas ciudades no tienen un patrimonio comparable al de Guadix, otras sí nos superan ampliamente, pero en todo caso esas ciudades están conservadas y dignísimamente dispuestas como un limpio escaparate, para lucir sus saberes y sus sabores. Guadix en cambio, alimenta su decrepitud a base de sucísimas fachadas, derrumbes interiores e imperio de los roedores de tamaño comparable al del “brontosaurius rex”, que era una enormidad.

            Es notable el empeño por la promoción de Guadix en la última edición de FITUR, centrada en el Cascamorras, la Semana Santa y una colección de breves y acertados vídeos sobre aspectos concretos de la ciudad y su entorno. Se hace evidente que si queremos construir un destino turístico apto, hemos de continuar por estos caminos. Con todo, tengo experiencia de haber guiado a foráneos, tanto para ver los desfiles de la Semana Santa como para seguir los pasos del Cascamorras. Desde pequeñillo me enseñaron a “cortar” por callejas y callejuelas para volver a ver las procesiones o las carreras del  9 de septiembre. Aquí empieza el horror, terror y pavor. Sin cargar las tintas he de decir que la vergüenza ajena recibe el grado de honoris causa, si no fuera porque se adentra en el de horroris causa… y ello sin humoris causa y en grado de amoris causa.

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