Los pozos de Guadix

Antigua azucarera de Guadix
Antigua azucarera de Guadix
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El que suscribe ha de ir todas las mañanas a la Magdalena, por razones que se caen de su peso: el peso de 15.000 legajos y 50.000 libros albergados en dicho templo, convertido, como se sabe en Archivo y Biblioteca Diocesanos. Hete aquí que resulta imprescindible transitar por una calle en “roina”, con “o”, toda vez que Sarajevo después de los bombardeos estaba más indemne que la calle Real de la Magdalena. Alguien, con acierto, mandó tapiar una gran parte de las casas derruidas, de cara a la simbólica acera que posee esta otrora vía pública llena de vida… pero olvidó cercar de alguna manera todo el perímetro posterior de dichas casas que lindan con el cerro de la Magdalena y su mirador. El acceso a las ruinas decrépitas de múltiples viviendas es tan fácil como pasear por el parque… eso sí, resulta mucho más peligroso: vigas descabezadas, escaleras y muros con grietas y pozos… ¡¡pozos!!... todos aquellos que tuvieron derecho a excavar los poseedores de esas viejísimas viviendas.


El fenómeno no es exclusivo del barrio de la Magdalena. El avisado lector puede acompañarme con su imaginación, al flanco anterior, posterior y lateral del convento de San Francisco, cuyo acceso me resulta facilísimo incluso a mí, que no me distingo precisamente por mi atletismo. Tanto por la calle de San José que accede a Santa Ana, cuanto por los solares posteriores a ese indefinible monumento al toro que se deja herrar, en medio de un portentoso aparato de glorioso ingenio, cuyo resultado final no puede ser… eso es… ¡no puede ser!. Todo ello situado en la cuesta de los Pachecos… insisto: tanto por un sitio como por otro, el acceso a las ruinas del antiguo convento, me resulta fácil: de nuevo muros con grietas, vigas descabezadas y pozos ¡¡pozos!!.
Bien por la calle de las Ibáñez, posterior al convento de la Concepción, bien por los callejones de San Miguel o bien por el callejón de los Morales, se puede entrar con toda facilidad en inmuebles ruinosos con los peligros que le son propios, incluidos los pozos ¡¡pozos!!
En la zona posterior a la Ermita Nueva, existen los llamados “barreros”, o excavaciones completamente abiertas y extraordinariamente amplias, que en su día sirvieron para la extracción de barro de la mayor pureza para las alfarerías. Hoy, perfectamente accesibles, se ofrecen como pozos ¡¡pozos!!, a todos cuantos quieran atreverse a explorarlos.
Prefiero obviar las ruinas ocasionales que se encuentran a lo largo y ancho de nuestra vega, en fincas más rurales que urbanas… al menos “periurbanas”, calificativo cursi que ha servido para designar a un parque en abandono. Entre este accitano “periurbanismo” cabe señalar la antigua azucarera, hoy dedicada al triste consumo de estupefacientes ¡qué fino me ha quedado!... y poseedora del mayor pozo ¡¡pozo!!, en la base de la inmensa chimenea que concede a nuestro valle el falso perfil urbano de una ciudad industrial inexistente. Esa chimenea es el testimonio de valor arqueológico que muestra el Guadix que pudo ser en el siglo XX, y que nunca fue. Pero, eso sí, se asienta en un inmenso pozo ¡¡pozo!!.
Cabalmente, las sevillanas, el taekwondo, el judo, el inglés, el conservatorio, la informática y demás actividades extraescolares, privan a la infancia actual de aquel nuestro antiguo derecho a jugar en la calle, motivo por el cual, el peligro de las ruinas es inversamente proporcional a la cantidad de entretenimientos que nuestras familias han buscado a los niños para no dejarles tiempo de jugar, ni de leer. No sé qué clase de personas vamos a fabricar sin juego y sin lectura. Si la infancia es la Arcadia feliz donde jugábamos y la adolescencia fue el lugar donde saciar todo tipo de sed con la lectura, ignoro cómo se podrá ser persona sin juegos y sin libros, pero eso sí: con ¡¡pozos!!.
Aunque uno tiene amigos entre los prudentes jurisconsultos e ilustres letrados, no me ha dado la gana consultar a mis amistades de la abogacía a quién puede corresponder el tapiado y sellado de tanto agujero y tanta “roina”, con “o”. Sea a quien fuere, ya al dueño privado o a la administración pública, lo cierto es que el triste caso de un niño enterrado en un pozo ha puesto de manifiesto un problema de inmenso desconsuelo, que en nuestra ciudad puede afectarnos de mil maneras y en mil lugares distintos. Desde este escrito que quiere ser una humilde pero contundente denuncia, hago pública mi preocupación por tanto lugar peligroso de facilísimo acceso como nos rodea. No quiero ser agorero pero si “el que avisa no es traidor”, a nadie traiciono con este aviso dirigido tanto a los poderes públicos como a los dueños privados. Después vendrán abogados y jueces a determinar responsabilidades en razón de justicia, pero en razón de prudencia es bueno avisar cómo el juzgado llega siempre después. Por ello, con fortaleza y de la manera más templada, ejerzo mi derecho y mi deber de advertir los peligros. No en balde, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, son las cuatro virtudes cardinales, que han de hacer “cardo” o sea gozne, eje y bisagra para abrir y cerrar en la vida: abrir al bien y cerrar a los peligros de la incuria, la desidia, la dejadez y la herrumbre de tantos lugares de Guadix.
¿Acaso necesitaremos una desgracia que curar, antes que unas decisiones para prevenir?.

 

 

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

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