UN PALOMAR VACÍO

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Dicen que las palomas nunca vuelan de sus palomares como no sea por razones muy importantes: la falta de agua, la ausencia de alimento o los excesos del frío y del calor. Ignoro cuáles serán las razones para que las palomas blancas encapotadas del manto azul del convento de la Concepción hayan volado, pero lo cierto es que desde ahora, ese inmenso palomar con cinco siglos de historia está vacío. Con él se queda hueco un trozo más del Guadix de siempre, camino del Guadix de nunca: nunca más la oración y el calor del canto de la alabanza divina, nunca más el suave modo de la sonrisa vestida, como las palomas, de blanco y azul… al modo de la Inmaculada.

No sé si les habrá faltado el agua de la amistad, el alimento de las vocaciones o el calor de la ayuda. Lo cierto es que el frío de Guadix habita ahora un claustro lleno de armonías renacentistas, una escalera regia en su cúpula de marianos sabores sostenidos por arcángeles y unos coros, alto y bajo, en los que ya no resuena la música sonora del alma… por no hablar de unos baños árabes, o incluso romanos, impresionantes en el subsuelo del mismo edificio

Don Fray García de Quijada, primer obispo de Guadix tras la reconquista, celebrante de la Misa del Gallo de la Navidad de 1487, en el entorno de lo que hoy es la iglesia de la Magdalena, trajo a Toledo una bula del Papa Inocencio VIII por la que el pontífice otorgaba permiso a Santa Beatriz de Silva para la fundación de la Orden de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Guadix, por tanto, colaboró a gestar la entraña más íntima de esta fundación.

Posteriormente, Ruy Pérez de Sotomayor, emparentado con los Barradas y los Amescuas, dio en fundar por testamento el convento concepcionista de Guadix, cuyos cuatrocientos cincuenta y siete años de historia han repletado esta ciudad de un signo eficaz de la alabanza divina y del amor fraterno.

Fue en mil seiscientos setenta y siete cuando las monjas decoraron la iglesia con “portentoso aparato de glorioso ingenio”, al decir de la época…, o sea, como un altar de cultos impresionante, en forma de árbol en cuyas ramas anidaban patriarcas, profetas y apóstoles para terminar floreciendo en una inmensa azucena con la imagen de la Virgen María. El aparatoso altar estaba iluminado por cientos de velas que provocaron algo parecido a una falla de Valencia dentro de la iglesia… hasta el obispo acudió llevando el brazo de San Torcuato para parar las llamas. Guadix reconstruyó la iglesia y la parte quemada del convento.

Hoy, la ciudad ve despoblarse el palomar blanco y azul como si de un susurro tenue se tratara. Ya no se arrullará a Dios en la calle de la Concepción con la antigua insistencia de los siglos y el amor convocado durante tanto tiempo a cumplir el primer mandamiento… amar a Dios sobre todas las cosas.

No puedo, ni debo, ni quiero, dejar de vivir este acontecimiento como un duelo: duelo por este signo de amor a Dios; duelo por las cinco últimas palomas que, ya quebradas y en quebranto, han debido marchar a otros palomares en los que puedan cuidar sus quebrancías; duelo por Guadix, cuya pérdida de instituciones es tan trágica que pronto la ciudad se verá a sí misma convertida en poblachón. Las ciudades los son por la cantidad y calidad de instituciones estables. Nada más y nada menos. Cada vez que Guadix pierde un establecimiento institucional recupera una elevada dosis de aldeanismo y desperdicia su propia condición cívica, ciudadana, civilizada y civilizadora. Por eso, el cierre del convento de la Concepción es una dramática pérdida religiosa, pero una trágica pérdida civil.

Ahora vendrán, ya lo veremos, los cortejos de pequeñeces: ¿qué va a ser del edificio? ¿De quién es la propiedad? ¿cuándo, quién y para qué la compran?..., todo eso es pensar de tejas abajo, pero de tejas arriba, el reclamo sobrenatural de la vida monástica accitana ha de llorar una pérdida irreparable. Eso es lo importante.

Desde el agradecimiento más completo a todas y  a cada una de las Religiosas Concepcionistas Franciscanas, no me queda sino pedir perdón a Dios y a ellas, porque mi ciudad no haya podido remediar este enorme vacío.

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

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