FRONTERAS SIN FRONTERA

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No suelo hacer desde una colaboración en esta revista, solemnes declaraciones de principios, no sólo porque posiblemente no sea el lugar adecuado, pero también porque pueden resultar perfecta, íntegra y absolutamente inútiles. Tampoco suelo repetir escritos, ni siquiera desde hace una docena de años, ya porque puedan parecer anticuados, ya porque me da un poco de vergüenza torera ser reiterativo.

A pesar de todo, hoy vamos a hacer una excepción completa: las fronteras son absurdas y ridículamente inútiles… están donde están por culpa de las guerras y de las perras. De las guerras porque los ejércitos en un momento determinado no han llegado ni más acá ni más allá, y los tratados que ponen en clave de victoria lo que se vende como paz, determinan que unas cumbres montañosas o unos ríos dividan a las naciones. Ya se sabe que las guerras son decisiones de unos pocos viejos, empecinados en sus poderes para matar a miles de jóvenes del bando contrario y del propio, que no han participado en absoluto en la decisión de asesinarse con eficacia. Pero si la guerra es el gran factor de la aparición de las fronteras, su consistencia se debe a las perras, o sea al vil dinero o mierda de Satanás: un producto fluctuante que nos trae de cabeza durante toda la vida y sirve para que cada ministro de hacienda sepa en qué parte de este mundo pueda robar más y mejor.

Las fronteras son el hecho político que más consistencia requiere. La mayoría se deben a poderes dinásticos, pues se consolidaron en tiempos no democráticos para la defensa de los presuntos derechos de los Austrias, los Valois, Borbones, Braganzas, Tudor o Hostentaufen, o sea, una serie de familias aristocrático-burguesas y sus respectivos séquitos de corte, muy pelotas y algo “cortesanas”…, como su nombre indica, un poco prostibularias.

No termino de entender que mantengamos tanta frontera e incluso deseemos inventar otras, por ejemplo en los casos catalán y vasco, toda vez que el principio fundamental del nacionalismo, como ya hemos explicado en varias ocasiones, se formula de la siguiente manera: el chorizo de mi pueblo es el mejor. Y se cura viajando, o sea percibiendo cómo el chorizo del pueblo de al lado, también tiene indudables ventajas gastronómico-culinario-vegetativas. La derecha ya ha dimitido de hacer propagandas patrióticas trasnochadas, pero la izquierda, tan internacionalista ella que su gran himno –la Internacional- es un clamor de unidad de todos los pueblos, se suma ahora a proyectos nacionalistas y es que… no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo serrano que lo resista. Por mucho que me lo expliquen, no voy a terminar de entender que la izquierda moderada socialdemócrata y la más radical en todas sus variopintas manifestaciones, haga causa común con las burguesías derechóides de un nacionalismo xenófobo que en el fondo, no deja de ser racismo encubierto: lo de charnegos y maketos es una triste realidad sembrada como cizaña en los corazones y recogida como cosecha por los partidos más corruptos.

Pero si las fronteras políticas son estúpidas, las afectivas y psíquicas rozan el colosalismo de lo absurdo: te encuentras divisiones entre pueblos, entre barriadas, entre esquinas de las calles y en el seno de las familias: cantemos al horror de los horrores. Al final va a ser verdad lo del Catecismo de Ripalda y Astete, o sea, que el diablo es el padre de la mentira, según el capítulo 6 del Evangelio de San Juan, y que su nombre significa división, separación, discriminación y mentira que afecta a la unidad. Al final las fronteras enfermizas le dan la razón a un proyecto diabólico, demoníaco, satánico, luciferino y belcebúdico.

 

Quite usted las fronteras de su mente y será más inteligente. Ahórrelas de su familia y será más feliz. Suprima las aduanas entre ciudades, provincias y regiones y será más sabio. Si suprimimos las de los países estaremos sembrando una paz sin guerras y una hacienda pública menos onerosa, o sea, ladrona. Gracia que para todos como para mí deseo: me confieso católico, o sea “universal” y no me da la gana de creer en las fronteras. Mi catolicidad me exige corregir en mí todo lo que pueda consagra las divisiones absurdas, ridículas y completamente artificiales. En este sentido, creo que el nacionalismo es difícilmente compatible con un verdadero catolicismo: lo católico, o es universalizante, o contradice su propia esencia. Eso.

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

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