Un Adviento con Walter Benjamin y Charles Baudelaire

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Este adviento me pilla embargado en la lectura de la interpretación benjaminiana sobre la obra de Charles Baudelaire, el joven poeta y ensayista francés, a caballo entre el romanticismo  y el simbolismo decimonónico. Dispongo de la edición de José Manuel Cuesta Abad (Walter Benjamin, Baudelaire, Abada editores, 2014).

A medida que voy avanzando, aflora en mí, una y otra vez, la imagen navideña del portal de Belén. Ese insólito lugar periférico que alberga la Vida en la penumbra, a contraluz de la inconsciencia  de una sociedad de masas aturdida por el destello cegador del progreso ilimitado hecho salvación. Y es que, en Baudelaire,  encontramos una colección de poemas en prosa, bajo el título Le Spleen de Paris, que vienen a reflejar el spleen (el tedio o hastío) de una sociedad soñolienta, y ensimismada, al calor de los grandes pasajes comerciales abotargados de escaparates y mercancías snobs (fiel preludio de las actuales galerías y centros comerciales). Una sociedad parisense absorbida por el torbellino capitalista, que no hace sino aniquilar a los individuos en el hartazgo de un presente sin novedad bajo la repetición de lo mismo en cada nueva mercancía o tendencia de modernidad.

Baudelaire pertenece a esa pléyade de intelectuales de la Francia decimonónica que, conscientes del potencial de degradación humana de las nuevas formas de vida capitalistas, muestran el profundo descontento con el discurso oficial del progreso. Conforman ese reducto renuente a lo hegemónico de una suerte de racionalidad, endiosada e impermeable, que prometiendo la felicidad acaba ejerciendo el dominio sobre el ser humano, estabulando a los individuos en una masa, uniforme y anónima, voluble a los dictados del consumo y al fetichismo de la mercancía.  Baudelaire constituye así uno de los veneros en los que Benjamin abrevará para desarrollar un marco crítico al interior de las fuerzas económico-culturales de principios del siglo XX que siguen abduciendo, no sólo a liberales sino también a la socialdemocracia, con  la engañifa de un progreso lineal y continuo que, subrepticiamente, se abre paso sobre los escombros de la barbarie (no sé si recordaréis el Angelus novus de Paul Klee).

La carga crítica de Baudelaire en su poemario Le Spleen de París arrecia sobre la estética modernista de la ciudad. Se trata del ejercicio de introspección de un lírico en el París alto-capitalista; su visión de la ciudad como trasunto de la hegemonía de las fuerzas económico-productivas que alienan sibilinamente a la sociedad parisina. En definitiva, Baudelaire es «el poeta de la ciudad» que encarna el flanêur (el paseante por los espectaculares bulevares y pasajes comerciales parisenses que, aunque inmerso en la masa de la multitud subyugada por las novedades del progreso, logra adoptar una visión a contrapelo de modas y tendencias fijando su mirada en lo que parece que no cuenta, o en lo solapado por el esplendor y la ostentosidad dominantes: la mirada de unos pobres, la puerta trasera de un gran comercio, los comentarios de la muchedumbre que se evanecen al proseguir la marcha, el trapero o la prostituta emergiendo en el gran bulevar y conviviendo con el intelectual y el banquero …).

La gran tarea del flanêur consiste entonces en descubrir los pliegues de la ciudad, los ámbitos ensombrecidos por el esplendor de los grandes cafés, escaparates, avenidas… Y desde su afirmación, discernir las fallas al interior del proyecto de modernidad y, sobre todo, sus excesos causantes de barbarie y olvido.

Para Benjamin, este posicionamiento crítico de la figura del flanêur descubre a la filosofía la necesidad de «pasar el cepillo a contrapelo de la historia» haciendo emerger lo descartado y olvidado, los «discursos interrumpidos», las víctimas de la barbarie… Y, en este empeño por liberar del olvido la historia de los vencidos, Benjamin procura adentrarse en un análisis crítico de la realidad capaz de deshechizar el embrujo de los proyectos de dominación; o de otra manera, busca discernir la presencia de lo cadavérico y mortecino al interior del imaginario burgués del progreso social: la imagen de la calavera impresa en la exuberancia y el barroquismo de la última moda o tendencia consumista.    

Pero volvamos al poemario Le Spleen de Paris, de Baudelaire. Os invito a que leáis el poema 26, titulado Los ojos de los pobres. La singularidad de los poemas de Le Spleen reside en que rompen con los contornos de la métrica y la rima, derivando en pequeños relatos cargados de un fuerte simbolismo crítico.

La narración recrea el día de una pareja de enamorados asidua a las veleidades del fastuoso París del siglo XIX, capital del mundo burgués naciente. La ciudad del alto-capitalismo, estrenada en un sinfín de bulevares, suntuosos cafés, grandes avenidas comerciales. El París ostentoso, regido por la pompa, el artificio, la compostura…  en definitiva, la gran urbe que se abre al mundo fascinada por el mito del progreso indefinido.

Lo magistral del poema reside -a mi entender- en la actitud taimada de Baudelaire al querer retratar el desfondamiento y la fallida deriva de la cultura moderno-burguesa, fascinada por las transformaciones sociales, arquitectónicas, y ciega a las señales de obsolescencia en aquello que se presenta  como tendencia o snob. Su afán crítico busca el desvelamiento de lo cadavérico bajo la arqueología de la modernidad burguesa. Tras esta consigna, Baudelaire resalta el huero esteticismo del enamoramiento de una pareja aristócrata a la luz centelleante del París comercial;  cobra relieve el estrecho vínculo entre el marco idílico de la ciudad y lo melifluo de la promesa de los enamorados: “todos nuestros pensamientos serán comunes y, en lo sucesivo, nuestras dos almas no serán sino una“.

¿Cómo terminará ese bucólico día? ¿Acaso emergerá lo cadavérico de esta ensoñación modernista? Veámoslo

El poema se detiene en las últimas horas del día de enamorados. Ella propone visitar uno de los señeros cafés parisinos que flanquean el gran bulevar. Se sientan junto a la magnífica vidriera que da vista al bulevar. Al cabo de unos instantes, reparan en que al otro lado de la vidriera se ha detenido una familia de indigentes harapientos, con los ojos muy abiertos, contemplando la luminosidad y ostentosidad del café y, quizás, avisados de las grandes muestras de afecto de los enamorados. Consciente de tamaña injusticia y desigualdad, el enamorado comienza a desplegar en su interior sentimientos de conmiseración y culpa, abrumado por la inconsistencia de una sociedad a la deriva consumista. Intenta apaciguar su angustia buscando la mirada cómplice de su amada;  siente el deseo de encontrar en ella esos mismos sentimientos de piedad que evidenciarán la unión de sus almas. Y ella, al clavar sus ojos en él, rompe el silencio y comenta: “¡No soporto a esa gente con los ojos abiertos como  platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que los eche de ahí?”. Es en ese preciso momento donde la narración se precipita en ese fatal hallazgo de lo cadavérico en el marco de la voluptuosidad y la afectación.

Bien, pues algunas reflexiones personales a la luz del simbolismo de Baudelaire.

Soy consciente de que, en las últimas décadas del siglo XX, las ensoñaciones modernistas, propias de la cultura decimonónica, han virado en una suerte de escepticismo, desorientación y vulnerabilidad, al quedar al descubierto las profundas contradicciones del desarrollo expansivo del capitalismo. La postmodernidad (o la modernidad consciente de sus contradicciones) es más susceptible, refractaria a los grandes relatos y dada de bruces con la experiencia del nihilismo. Pero, a mi entender, la crudeza de la vivencia del vacío está posicionando nuevamente a grandes sectores de nuestra sociedad en relación directa con la fascinación por el consumo y la mercancía: el consumo abusivo de ocio como huida de la creación de dinámicas sociales que aúnen voluntades en torno a horizontes de sentido.

Noto cierta inercia  hacia lo bucólico de las grandes urbes, de los lejanos viajes, del calor de los grandes centros comerciales, de la actividad física en el medio natural… es ahí donde estamos viviendo el amor, la amistad, la diversión… somos como la pareja de enamorados parisina: hemos decidido mimetizarnos en los entornos bucólicos para discernir la vida apartados de toda suerte de riesgo, compromiso o exposición. Buscamos la novedad fuera de nuestros contextos de sentido, enajenados de nuestro acervo espiritual cristiano. Pero esto tiene un peligro: al igual que el gran café parisino, todas estas zonas de confort están como protegidas por grandes vidrieras que dan vista al exterior, allí donde la vida se debate en toda su crudeza. Desde la trasparencia de esas vidrieras estamos viendo los “ojos de los pobres”: refugiados, inmigrantes, personas mayores solas, matrimonios en dificultad, jóvenes sin futuro, precariedad laboral…

Y esos pliegues de la ciudad, esas zonas de sombra que emergen a través del cristal piden un discernimiento de la realidad más realista, más alejado de los entornos bucólicos, más responsable en la creación de dinámicas sociales. Porque la huida -provocada por la sensación de vacío- hacia la laxitud de las zonas de confort esconde lo cadavérico de la existencia: la vivencia en un presente sin novedad, embriagados de fugaces sensaciones que anuncian el vértigo del ocaso.

El portal de Belén constituye el auténtico pliegue en la historia de los continuos proyectos de poder y dominación. Es allí, en el portal, donde el discernimiento de la realidad es más realista, más expuesto, más comprometido. Los pastores, los Magos de oriente, son los flanêurs que han sabido mirar allí donde nadie mira: a la luz que no procede de lo cegador del progreso in crescendo, sino de la estrella o del ángel como verdaderos novum de la historia. Los nuevos flanêurs que logran discernir desde los pliegues e intersticios de la realidad (el pastoreo ejercido en la periferia de la población o el gobierno desplegado en la acogida a lo diverso, extraño y humilde, propio de pastores y Reyes Magos). Un agudo discernimiento de los contrastes de la realidad que les ayuda a descubrir su singular identidad, sustrayéndose de la obnubilación de la masa anónima y pasando a estrechar vínculos y sinergias en la construcción de un pueblo unido, con rostro, bajo la égida de la centralidad de la persona (no la mercancía) en apertura a horizontes de sentido.

Los pastores y los Magos son los que miran a los “ojos de los pobres” sin acristalamiento protector, sino expuestos a la inclemencia y el riesgo de la periferia. Es precisamente esta experiencia fundante la que les moviliza en la creación de dinámicas sociales que les hacen salir de su zona de confort para construir el gran bulevar como espacio de convivencia en igualdad, dignidad y misericordia. Sin ellos la humanidad hubiera sido testigo del misterio de la encarnación desde ese otro lado de los cristales de los cafés, de los grandes centros comerciales, de los negocios…

El Evangelio procura el «cepillado a contrapelo de la historia» más depurado, haciendo emerger las bienaventuranzas y el Magníficat proclamado por la Mujer que encarna los “ojos de los pobres” mirando tras la vidriera de nuestra zona de confort. Buena navidad para todos.

 

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal

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