Evangelio y crítica benjaminiana

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A tiempos convulsos, reciedumbre y templanza. Aunque el suelo escurridizo de esta Europa zigzagueante nos aboca con frecuencia a la oquedad del convencionalismo y la impostura, debemos sobreponernos y volver a nuestra genuina identidad cristiana como faro luminoso que alumbra lo abisal de nuestra «sociedad líquida».

 

En esta época acuosa, hidrófila, de galerna y marejada (y no por mor de la meteorología), el evangelio sigue emergiendo sobre el oleaje, cual salvavidas dispuesto para aquél que lo agarre con brío y resolución. En mi caso, encaro nuestro hoy alternando la lectura orante de algunos pasajes evangélicos con el estudio -cada vez más concienzudo- de la obra de Walter Benjamin.  Abro el evangelio con mirada agradecida y asombrada: meciéndome en la cadencia de las parábolas, escrutando las perícopas, asimilando la jerga evangélica de las primeras comunidades cristianas… esta modalidad de lectura, prendida de la belleza del texto sagrado, abre mi interior a la esperanza en el Resucitado. Y de Walter Benjamin celebro su ingenio y brillo; una sabiduría exquisita que ayuda a equilibrar mi sacerdocio precisamente desde esa otra cosmovisión materialista, pero a la manera peculiar de Benjamin: desde un marxismo no dogmático, imbricado de una potencialidad teológica que busca la «cesura» por donde el tiempo se precipita en Kairos, pulverizando el continuum histórico homogéneo y vacío. Así lo narra Benjamin:

“Se sabe que a los judíos les estaba prohibido investigar el futuro. La Torah y la plegaria los instruyen, en cambio, en la rememoración. Esto los liberaba del encantamiento del futuro, al que sucumben aquellos que buscan información en los adivinos. A pesar de esto, el futuro no se convirtió para los judíos en un tiempo homogéneo y vacío. Porque en él cada segundo era la pequeña puerta por la que podía pasar el Mesías”  (W. Benjamin, Ensayos escogidos, edit. Sur 1967, 52)

Desde esta perspectiva benjaminiana, suelo acudir al evangelio buscando su potencialidad irruptiva en este presente aojado de hastío.  Me ayuda mucho el genial ensayo de Benjamin sobre la novela de Goethe, Las afinidades electivas (W. Benjamin, Las «afinidades electivas» de Goethe, Trad. Alfredo Brotons Muñoz, Abada, Madrid 2006). En él explora una modalidad de crítica que supera el mero comentario literario para adentrarse en la fascinante búsqueda filosófica del «contenido de verdad» escondido, agazapado, «inexpresivo», y por ello mismo dotado de una belleza «aurática» que activa la «cesura» por donde la narración se derrama en esperanza, desbordando los constreñimientos de la caracterización mitológica, omnipresente en cualquier línea argumental; lo que en perspectiva benjaminiana podría  denominarse como «interrupción soberana de la servidumbre mítica» (cfr. F. Galende, “Insignia y Sello. W. Benjamin y la crítica de la violencia como amor al tercero”, en AA.VV, 13 derivas desde W. Benjamin, J. Barja-C. Rendueles (edts), Pensamiento, Madrid 2013, 141).

Me explico. En la lectura de la novela de Goethe, Benjamin pronto descubrió una constante mítica que desvela el drama principal de la obra: la deriva aciaga de un matrimonio (Eduard y Charlotte) en franca decadencia, encaramados en la apariencia, el engaño, la culpa; en definitiva, la representación de diversas intrigas subterráneas donde abunda lo mitológico del cruel destino, liderado por una naturaleza que ejerce un dominio «mítico», lleno de poderes ocultos que continuamente amenazan con la catástrofe. Sin embargo, a través de esta suerte de violencia mítica (la tesis), la novela también muestra sutilmente que, en la maraña de lo mítico, la redención (antítesis) se abre paso con dinamismo y brío. Benjamin hace notar esta confluencia cuando analiza el pequeño relato incrustado al interior de la novela, que trata sobre los extraños vecinitos que mantienen un amor en secreto durante largo tiempo. Sorprendentemente, en el momento del intento de suicidio de Ottilie (la culpabilizada amante de Eduard), saldrá a la luz este singular romance de los vecinos, como verdaderos amantes que han sabido forjar un amor auténtico, soberanos con respecto a la servidumbre de las fuerzas míticas que violentan la voluntad.

Ahora bien, para Benjamin, la confluencia de tesis y antítesis necesita desembocar en una necesaria síntesis. En la obra la síntesis viene representada por la esperanza. Una esperanza que anida en lo «inexpresivo», en lo sutil. La esperanza será pues esa interrupción de la trama, o esa «cesura» por donde se vierten las posibilidades reales de futuro, rompiendo con el lastre del continuo aparentar. Para Benjamin este instante viene representado por el paso de la estrella fugaz en el momento del fugaz abrazo entre Ottilie y Eduard. Se trata de la manifestación sutil, inexpresiva, fugaz, soberana:

“Lo que pone término a la apariencia, detiene el movimiento y corta la palabra a la armonía es lo inexpresivo” (…) “un poder que en la tragedia griega se hizo perceptible como enmudecimiento del héroe y, en los himnos de Höderlin, como inciso en el ritmo”  (W. Benjamin, Las «afinidades electivas» de Goethe, o.c.,  193-194).

Qué aprendo yo del ensayo de Benjamin. En primer lugar, la humanidad ha necesitado siempre buscar explicación a lo misterioso de nuestra condición, y ha encontrado en el mito un fiel aliado. Por eso, lejos de denostar lo mitológico en la intrahistoria de la humanidad, entiendo su potencialidad discursiva: el mito intenta buscar y mostrar el secreto de lo arcano de nuestra humanidad. Ayuda verdaderamente a ubicarnos en este universo multiforme, aunque nunca logre desvelar por si mismo la verdad.

Creo que una de las grandes tragedias de la modernidad ha sido el pretender obviar la racionalidad mítica, tildándola de oscurantista y desfasada.  Ahora bien, en su defensa, habría que decir también que dicha racionalidad siempre apunta a una falla en su interior; para lograr su potencial discursivo necesita ser visitada por la confluencia de ilustración y teología. Es en esta visitación donde la humanidad se siente soberana con respecto al espectro del destino y la culpa. Lo teológico abre la experiencia del mito a la posibilidad de la novedad; traslada al mito, de su servidumbre jurídica, a la liberalidad desprendida de la gracia y el don; la perspectiva teológica constituye así el momento «místico» de irrupción subversiva capaz de liberar la predeterminación de la racionalidad mítica:

cuando el genuino símbolo teológico da lugar al símbolo profano propio del Romanticismo, el instante místico pierde su carácter divino y se torna afín al mito. En él el paso del tiempo asume la forma de la predeterminación” (Cfr. Buck-Morrs, S., Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes, trad. Nora Rabotnikof, Madrid, Visor, 2001, 95).

Desde estos presupuestos benjaminianos, me gusta asomarme al evangelio para comprobar que el anuncio de la Buena Nueva entraña esta tríada (mito-redención-esperanza). Normalmente en las parábolas siempre hay un elemento mitológico que suele proyectar la violencia de la culpa y el destino. Me refiero a ese momento en el que el lector del evangelio suele enjuiciar con ligereza, desde las entrañas, el texto evangélico (la entronización de las bienaventuranzas como intérprete cualificado de la história para escándalo de las donimaciones; lo insólito y desquiciado de la paga a los trabajadores de la viña a distintas horas; la pretensión de un destino aciago para el hijo pródigo y la predeterminación de una vida de apariencia del hijo mayor con respecto al Padre; la ofuscación y perplejidad cuando Dios hace salir su sol sobre buenos y malos; la contrariedad ética-jurídica en el gesto arriesgado del pastor en busca de la oveja perdida…). Solemos acercarnos al texto evangélico víctimas de la servidumbre de lo mítico. Prima en nosotros lo épico del mérito sobre lo escondido, agazapado e inexpresivo del don y la gracia.

A Jesús le gusta atraparnos en el meollo de nuestras servidumbres y mediocridades, tal como lo hacía con los fariseos y letrados. Y sólo cuando hemos sido víctimas del estrecho corsé de nuestra visión mítico-jurídica, es cuando Jesús hace el quiebro, proyecta la «cesura» por donde se derrama en abundancia la misericordia como poder soberano. Sólo en la misericordia reside el poder soberano capaz de instaurar el estado de excepción.

Esta primacía de lo «inexpresivo» nos descubre la posibilidad de redención y liberación como antítesis a nuestra estrechura de miras. Y en esa acogida confiada a su soberanía y liberalidad, con respecto a las fuerzas espectrales y demoníacas que nos subyugan, se abre paso la «esperanza» como síntesis de una existencia mecida por el don, y la gratuidad, en medio de oscuridades y fracasos, abierta a infinidad de posibilidades como sujetos soberanos (y no esclavos) de nuestro destino.

Para mí que el evangelio ejerce esa suerte de violencia súbita, precisamente como interrupción soberana de la servidumbre mítica en la que solemos estar pusilánimamente instalados.

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal