P. Brian, una vida intensa, aferrada a lo vital

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Gentleman irlandés investido de nórdica prestancia, maestro de la elegancia entreverada de británica compostura, galán boreal fervorosamente desposado con lo grácil de la solana sureña del mediterráneo, ardoroso por bañarse en el sempiterno azul que rompe en el vivaz gracejo de unas gentes visitadas fielmente por el sol.

Vitalista empedernido, gran conversador, amigo de la compañía en torno a la mesa... generoso al compartir las viandas de una vida intensa, moldeada por una vasta geografía de latitudes, gentes y culturas; explosivo, crepitante, chispeante en la narración de suculentas anécdotas trabadas en la versatilidad de una vida desinstalada, en continuo ir y venir.
El P. Brian descansa en la paz de su verdadero hogar: el pecho del Padre eterno iluminado por la luz solar de Cristo resucitado, sentado a la mesa del banquete de viandas de vida eterna. En estos últimos meses de empeoramiento en su enfermedad, todos elucubrábamos sobre el lugar idóneo para una atención adecuada, pero el P. Brian ha muerto como ha vivido: en brazos de la amistad cultivada, cuidada, mantenida. Su esfuerzo denodado por seguir viviendo era claro síntoma de su empeño por reencontrarse con los amigos, por volver a visitar los muchos hogares que permanecían con el candil encendido, a la espera de nuevas noticias sobre su estado. Muestra de ello es su último viaje a Guadix desde Florida; contra todo pronóstico, no hace muchos meses, vino a visitarnos con claras muestras de cansancio y deterioro. El viaje fue especialmente duro para una persona en pleno proceso de lucha contra la enfermedad, pero el lógico miedo a viajar no tenía parangón con las ganas de vernos y compartir de cerca su situación. Sin duda, su sacerdocio se ha volcado en el culto a la amistad, su vida pastoral se ha labrado en la tierra fértil de la familia de los amigos, bajo la lluvia de infinidad de nombres que en estos días preguntan, lloran, sienten su ausencia.
En su concepto de amistad residen dos constantes: dejarse querer y dejarse cuidar. Normalmente solemos tener una vivencia de la amistad pro-activa, como un frenético quehacer; quizás en un ejercicio desquiciado por el dar, y ofrecer, en detrimento del recibir. Sin embargo, en el P. Brian hay una constante por esperar y recibir de los demás. Su generosidad casaba perfectamente con su capacidad para apreciar y recibir el don de los demás. Había en él una tendencia natural para dejarse ayudar en sus necesidades. Tenía una sabiduría, adquirida en lo provisorio de una existencia desarraigada de patria y familia, que sabía apreciar el amor de los amigos como una fuente de cuidado, atención, acogida, vigilancia, sin las cuales él no podría seguir viviendo. En virtud de esta singular maestría, cultivada en el dejarse querer, el P. Brian tenía las puertas de muchas casas abiertas, gozaba de la disponibilidad de tantas personas atentas a su estado de salud, a sus necesidades materiales... su casa y su familia se afincaban en el haz de relaciones amistosas extendidas por todo el mundo.
Recuerdo agradecidamente su compañía en la parroquia Jesucristo Redentor y su presencia constante en Cáritas Diocesana. Sin tener un cometido concreto en Cáritas llegó a ser uno más de nosotros. Todos los días pasaba por las dependencias creando un ambiente de familia; si algún día retrasaba su llegada, inmediatamente alguien de Cáritas echaba mano al teléfono para asegurarse de su bienestar. Disfrutaba como ninguno del café de la mañana, rodeado por las chicas de Cáritas. Su trato con ellas era especialmente delicado, afable, sincero... lo propio de un hombre cultivado en el aprecio a la belleza, ávido por gustar y disfrutar del genio femenino.
De entre las muchas cosas que aprendí de Brian, hay una que descubro especialmente significativa. La podríamos definir así: lo que interesa no es lo siniestro y feo del pecado sino sus consecuencias aflictivas en la persona. La labor sanadora del P. Brian constituye un legado en las parroquias por donde ha pasado. A las pocas semanas de iniciar mi tarea pastoral junto a él en la parroquia, me percaté de la gran cantidad de personas que iban en su busca. Muchas veces, al entrar en la sacristía, me encontraba con el dibujo de un árbol, una casa, una cara... sin duda las huellas de largas sesiones de conversación, de trabajo interior (Brian tenía una sólida formación en psicología), buscando siempre la salida, atisbando el horizonte hacia donde levantar la vista cansada. Creo que este trabajo ha sido una gran baza en su vida pastoral. Cómo no recordar su labor como párroco en las Vegas (EEUU), en una parroquia colindante a los grandes casinos. Al poco de llegar a ella, Brian comenzó una labor de adecuación de las dependencias parroquiales para recibir a las numerosas personas rotas por la vorágine lisérgica de la vida en las Vegas. Y cómo no referir la anécdota de aquel singular retiro con prostitutas de las Vegas, apartadas por un día del oprobio de la vejación, despertadas a la misericordia de Dios que regenera en dignidad.
El P. Brian vino a nuestra diócesis tras un proceso personal de discernimiento que encontró en la persona de nuestro recordado obispo, D. Juan, los brazos abiertos de un padre dispuesto a acoger e integrar. No tengo las claves del periplo de Brian hasta llegar a nuestra diócesis, pero sí intuyo la delicada situación de su salida de los Legionarios de Cristo después de muchos años de lealtad incondicional; quizás eligió el momento más oportuno, cuando todavía no se había desatado el tempestuoso vendaval. No debió ser nada fácil asimilar la orfandad en sus últimas décadas de ministerio, pero lo cierto es que supo revertir esta situación aferrado a una fe que apuesta por la vida, por la presencia de Dios en las gentes, por el aprovechamiento del momento presente. Creo que apostó por vivir volcado al mundo en vez de encerrarse en el lánguido soliloquio del fracasado. Su fe era lo suficientemente recia como para descubrir en lo vital, en lo intenso, la presencia sanadora del Resucitado.
Quizás su estancia en Australia nos proporcione alguna clave para entender lo referido. Siempre me decía que lo más interesante de Australia era el legado de la cultura aborigen. Aquella cultura forjada en lo elemental de la ley natural; allá donde la impostura y el artificio mudan en las formas elementales de vida. Le impresionaba el vitalismo de unas gentes aferradas al disfrute de la tierra. Gustaba comentar cómo muchos feligreses acudían a misa andando descalzos sobre la arena del mar, prolongando la celebración dominical en un cuadro de tierra, mar, sol, barbacoa... honrando el don de la vida, cantando a la creación. Esta perspectiva vital impregnó sus últimos años de vida como fuerza arrolladora capaz de exorcizar el gris de los días anodinos.
Todos hemos recibido mucho de Brian; él se ha llevado mucho de todos. Nuestra casa su casa, nuestras personas su familia, su sacerdocio la sanación. Y siendo él nuestro -ahora que está gozando de la presencia de Dios- nosotros somos de Dios.
Brian, que tal un paseo descalzos en la tierra austral del cielo.

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal