FACE RETAMA: RESIDENCIA EPISCOPAL

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Face retama: residencia episcopal

Durante una serie de trabajos, que intentan ser recopilatorios de los saberes y sabores en torno a Face Retama, acaso toca hoy considerar, no ya los arqueológicos, ecológicos o meramente costumbristas, sino los propiamente históricos, y de entre ellos los referidos a este singularísimo lugar como residencia de obispos.

Tanto a principios del siglo XVI, como doscientos años más tarde en el XVIII, los obispos Fray García de Quijada, franciscano, y Fray Juan de Montalbán y Gámez, dominico, fijan allí su temporal residencia por prolongados períodos. Ello sin duda explica la construcción de una residencia suntuaria, en la boca de las cuevas más grandes del cerrete, coronado por el campanario con el que nos encontramos, todavía hoy, a acercarnos a este atrayente lugar.

En el siglo XVI, el campo de Face Retama, o desierto de San Torcuato, es ya un lugar conflictivo, pues su carácter musulmán o cristiano aparece como discutido y polémico. Tiempo habrá de narrar cómo el mundo musulmán reivindica este enclave para enterramiento de un Santón sufí…, y cómo la Inquisición lo contradice, pero de ello trataremos en otro trabajo, así como de la antigüedad venerable del olivo milagroso. Hoy centrémonos en su condición de residencia episcopal.

Ya desde la reerección de la diócesis, el lugar de Face Retama goza de particular significación, pues Fray García de Quijada, primer prelado tras la reconquista, “se retiraba a la ermita de San Torcuato, situada en un desierto dos leguas distante, donde gastaba en continua oración el tiempo, en disciplinas rigurosas, con otras mortificaciones; y el rato que sobraba cogía esparto de aquellos valles y montes, labraba pleitas, sogas y otras cosas, que enviaba a la ciudad a que se vendieran, y comprasen el alimento que aquella corta cantidad alcanzaba; esto era su sustento, y la renta del obispado repartía a los pobres”. Debemos esta noticia a Fray Alonso de Torres, en su Crónica de la santa provincia de Granada, de la Regular Observancia de nuestro seráfico padre San Francisco, editada en Madrid en 1683, capítulo XXIV y página 244. Esta inmensa austeridad de Fray García contrasta con la riqueza de su túmulo funerario, que ocupó durante siglos el lateral del Evangelio del altar mayor de la catedral y hoy se halla en la capilla de Fray Diego José de Cádiz, con espléndida escultura yacente, atribuible a alguno de los maestros italianos, venidos para la ejecución del patio de los Mendoza en La Calahorra.

Por otra parte el dominico Fray Diego Raspeño, en su obra Vida y virtudes del Ilustrísimo Señor D. Fray Juan de Montalvan, Obispo de Guadix y Baza y electo de Plasencia del Orden de Predicadores, editado en Salamanca en 1726, en sus páginas 336-341, narra cómo este prelado reforma las cuevas y edifica la residencia episcopal de Face Retama para habitar en ella durante la mitad del año, en el que llama “desierto de San Torcuato”. Las consecuencias de esta episcopal actividad son de la mayor importancia para entender la continuidad del culto torcuatino a principios del siglo XVIII: “En los cinco o seis años últimos, que por mejor temple no tan frío y por sus achaques, era preciso retirarse al desierto y cuevas de San Torcuato, dos leguas de Guadix, que lo ordinario fue a fines de noviembre hasta la Semana Santa, allí había más larga meditación y oración: en este santo lugar fue donde escribió la mayor parte de las dos Pastorales de simonía y penitencia. En la digestión e inscripción de estos tratados empleaba las mañanas, después de decir misa, y en algunos negocios del pastoral oficio: por las tardes, desde las dos salíamos a pasear por aquellos contornos, tierra muy seca, sólo atochares, y quebradísima; y nunca faltaban barranqueras y quebradas por donde libres de los aires e inclemencias se hacía ejercicio; y allí se rezaban las devociones y los maitines del día siguiente: y a las 5 de la tarde ya estaba cada uno recogido en su cueva: este venerable prelado leía los libros santos de su devoción hasta las siete, y desde esa hora hasta las ocho y media, era lo regular durar la oración mental y meditación todos en la iglesia que también está de tierra y desde la media hasta las nueve se rezaba el rosario al que asistían también los criados inferiores, pastores y otros que se recogían en otras cuevas allí vecinas. En los días principales y solemnidades, alargaba este prelado la meditación y leía, según le oí varias veces, los artículos del Angélico Doctor en que se trataba el misterio que se celebraba, verbigracia en la Pascua de la Navidad los del Nacimiento, y los de la Circuncisión después; en el tiempo de Pasión, los de Pasión y así los demás. Y decía que en los artículos de Santo Tomás hallaba materia y puntos que le excitaban mucho su devoción. De religioso en estas fiestas principales, después de maitines no se volvía a acostar. De prelado siempre se reconoció en tales solemnidades más devoto (…).”

Más aún, en las páginas 436-437de la misma obra, añade: “Había experiencia que, este religioso prelado, así como al principio de los inviernos se agravaban sus humores y dolores, así saliendo a vivir a las cuevas de San Torcuato, a dos leguas de Guadix, en despoblado donde hay iglesia y ermita donde está el sepulcro del santo, luego mejoraba y así pasaba con algún alivio los inviernos. Solía tardar al principio de ellos en hacer este tránsito, aunque muriese de dolores, solo llevado del temor que tenía de salir y no estar presente a su iglesia, como por entendía que con su presencia, así en la iglesia como en la ciudad, contenía mucho; y así iba dilatando las salidas a San Torcuato con peligro suyo.”

 

Como fuere que Quijada pontifica desde 1485 hasta 1522 y Montalbán desde 1707 hasta 1720, tenemos, pues, los inicios de los siglos XVI y XVIII como referentes de la pujanza en la construcción y reconstrucción del santuario de Face Retama. Sin duda, las noticias respecto de Montalbán son más completas y nos dejan entrever que, al menos desde 1713 a 1720, el obispo residió junto al sepulcro de San Torcuato durante la mitad del año, prácticamente todo el invierno.

Las edificaciones cristianas del lugar, no sólo cubren el sepulcro del santo y dan recinto al famoso olivo, sino que agrandan y elaboran sistemáticamente la función de las cuevas propias de la Diócesis, en lo que más tarde hemos dado en llamar impropiamente “hostería”. Se trata de una capilla que centra todo un complejo semi monástico de cuevas, con celdas, sala capitular, refectorio, cocinas y cilla con graneros. O sea, todo un minúsculo monasterio. A este conjunto subterráneo se le añaden dos edificaciones construidas con ladrillo y madera, del mayor interés: una torreta que corona el cerro a modo de campanario y un atrio de arcadas sobre pilares que da lugar, en su segundo alzado, a una logia o sala con balcón central. Es importante tener en cuenta que en estos siglos los señores, ya civiles o eclesiásticos, viven en la sala donde se les “hace la cama” o se les “pone la mesa” e incluso donde se les entra, pidiendo escusas, el “escusado”. El señor no sale de la sala para nada y todo, que quiere decir todo, lo hace dentro del mismo ambiente. El avisado lector puede reconocer fácilmente la razón de que cuando el señor sale de la sala, los criados tengan la obligación de airear el ambiente. Las grandes logias del palacio de los Barradas Figueroa, después llamado “de Peñaflor”, o de los Fernández de Córdoba Amescua, después llamado “de Villalegre”, marcan la misma identidad que el palacete de Face Retama: un ámbito privilegiado para el representante de la clase dominante y múltiples salas auxiliares para las diversas funciones que se ejercen respecto del señor. El mismo Escorial funcionaba de idéntica manera y todo el palacio de Felipe II se centra en la única sala que el rey ocupaba habitualmente… Aún hoy, en nuestras casas se “hace la cama” o se “pone la mesa” aun cuando ambas ya están hechas y puestas, en recuerdo meramente gramatical de aquellos tiempos.

Estos dos austerísimos prelados, invirtieron gran parte de sus dineros en los pobres y en las iglesias de Guadix, así como en su catedral, por lo que no es extraño que vivieran con rigor monástico en esta apartada sequedad, propiedad del Cabildo de la Catedral desde el reparto de la reina Isabel.

Honestamente creo que la reivindicación del lugar de San Torcuato, a la que le caben tantos aspectos dignos de ser tenidos en cuenta, encuentra otro aval, y no pequeño, en su condición de esporádica, pero importante, residencia episcopal. Todavía, en las pinturas que restan de la iglesia-cueva monástica, aparece la heráldica del obispo Fray Bernardo de Lorca, que pontifica desde 1773 hasta 1778, pero no nos es posible asegurar que también este prelado residiera temporalmente en Face Retama, si bien se ocupó de la ornamentación de su pequeño templo.

Los datos, tanto musulmanes como cristianos, sobre el venerable olivo, los dejo para la siguiente ocasión, en la confianza de que el lector pueda encontrarlos tan interesantes como los que hoy se presentan. Ni San Torcuato ni yo os vamos a dejar tranquilos.

Manuel Amezcua Morillas.

Archivero Diocesano.

Manuel Amezcua

Párroco de Nuestra Señora de Gracia y Fátima, en Guadix. Canónigo y Director del Secretariado de Familia y Vida.

Este artículo ha sido publicado en el semanario Wadi-as de Guadix y comarca

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