Carta a los padres y a las madres

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Cuentan que, los maestros de una escuela en Portugal, enviaron a los padres esta carta.

“Queridos padres: queremos recordarles 

que las palabras «hola», «por favor», «gracias» y «perdón» los niños deben de aprenderla en casa. También deben de aprender en casa a ser honestos, puntuales y trabajadores, a ser solidarios con sus compañeros y a respetar a los mayores y a los maestros. Deben aprender a ser limpios, no hablar con la boca llena y no tirar la basura donde quieran. Además, es en casa donde los niños aprenden a ser organizados y cariñosos.

En la escuela les enseñamos idiomas, matemáticas, historia, geografía y deportes. No criamos a sus hijos, solo reforzamos la educación que ustedes les dan en casa”.

¿Qué decir de esta carta? Simplemente, genial.

Lo que la carta dice, creo que también podrían decir los maestros de nuestro país sin muchos matices; y, posiblemente, los catequistas lo tendríamos que decir, aunque en nuestro caso, no enseñemos matemáticas o idiomas, sino la Palabra de Dios, la vivencia de una religión que, por si no lo sabemos, se ha de asentar sobre unos valores humanos que se van adquiriendo en casa y a lo largo de la vida. Lo que la fe intenta es dar consistencia, reforzar, revisar, corregir, ahondar… lo que uno vive y poner en valor la experiencia humana con la ayuda de Dios. Ese es el milagro del día a día, lo que hace que tu vida tenga sentido y se apoye sobre fundamentos fuertes.

Jesús, el Hijo de Dios, al hacerse hombre, al encarnarse, en el seno de la Virgen María, asume la condición humana en todo, excepto en el pecado, afirma nuestro credo, nuestra fe.

Y, el apóstol San Pablo, en la carta que escribe a sus hermanos que están en Filipo, nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo: “Entonces, si hay un estímulo en el Mesías y un aliento en el amor mutuo, si existe una solidaridad de espíritu y un cariño tierno, hacedme feliz del todo y andar de acuerdo, teniendo un amor recíproco y un interés unánime por la unidad. En vez de obrar por egoísmo o presunción, cada cual considere humildemente que los otros son superiores y nadie mire únicamente por lo suyo, sino también cada uno por lo de los demás. Entre vosotros tened la misma actitud del Mesías Jesús: Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz. Por eso Dios lo encumbró sobre todo y le concedió el título que sobrepasa todo título; de modo que a ese título de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo- y toda boca proclame que Jesús, Mesías, es Señor, para gloria de Dios Padre. Por tanto, amigos míos, igual que en toda ocasión han obedecido, seguid realizando su salvación escrupulosamente no sólo cuando yo esté presente, sino mucho más ahora en mi ausencia; porque es Dios quien activa en vosotros ese querer y ese actuar que sobrepasan la buena voluntad. Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones, para ser irreprochables y límpidos, hijos de Dios sin mancha en medio de una gente torcida y corrompida, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo”.

Si quieres, puedes”, son también las palabras que muchos enfermos le decían a Jesús para solicitarle su curación. “Quiero, queda limpio” les contestaba Jesús, sacando de sí y de ellos mismos lo mejor que llevaban dentro, las esperanzas que vivían y que estaban buscando.

Hagamos nosotros lo mismo con las personas que llegan a nuestras catequesis y que piden conocer a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es decir, saquemos de ellos lo mejor, lo que llevan dentro, lo que ya traen de casa y pidamos a los padres y a las madres que sean ellos los primeros en vivirlo y en enseñarlo a sus hijos como ha quedado claro en la carta que los maestros portugueses escribieron a los padres y a las madres.

José Mª Tortosa

Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán. Delegado de Apostolado Seglar

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