«Noviembre», una novela regalada en familia, ofrecida y disfrutada

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El transcurrir de los días alberga destellos de luz que irrumpen libertinamente, cautivando la voluntad a merced de lo que transciende y sobrepasa. Sin duda, en lo ordinario puede crepitar la magia.

Y uno de esos momentos de verdadero arrobamiento es cuando alguien lee un libro y piensa compartirlo contigo. Nada sigue igual después de ofrecerte una obra literaria aquilatada en la entraña de un conocido. Sucede un encuentro profundo, cargado de porvenir. En cierta manera, hay una vida que se expone a tu escrutinio con la docilidad del que ha sido fascinado por el brebaje de las palabras y las ideas. Y cuando pruebas del caldo libado por tu amigo, el desafío está marcado por la oportunidad de vibrar los dos al unísono, o por la honestidad de mostrar tus latidos a contrapunto de su ritmo vital.
En mi caso, el brebaje -apurado hasta las heces- lleva el título de «Noviembre», la bien trabada novela de Jorge Galán sobre el asesinato de seis jesuitas y dos mujeres en la Universidad Católica de San Salvador. Un hecho histórico (noviembre de 1989) de especial vileza e iniquidad, que todavía perdura en la memoria, no sólo del pueblo salvadoreño, sino de holgadas latitudes de nuestro planeta. Un libro crudo, aunque con matices cálidos y edificantes, que vino a mis manos tras el entrañable regalo de una hija a su padre, con dedicatoria de las que subyugan y un pequeño adjunto, adosado a la tapa, fruto de la investigación sobre el vértigo de un autor exiliado, acostumbrado a pervivir en la ciénaga de la amenaza. Un libro de propiedad familiar, pero lo suficientemente díscolo como para llegar a mis manos. Y sí, tras su lectura hizo vibrar mi fibra sensible.
La novela recrea el fatídico día de muerte en la Universidad de la UCA, en un Noviembre convulso, plomizo, lo suficientemente abotargado como para concitar la vil maquinación de las élites del poder con la intrépida labor académica en defensa de la dignidad de las masas saqueadas y vilipendiadas. El autor despliega una narración ágil, que se ampara en el uso magistral de ciertos recursos literarios, con el fin de resaltar el contraste entre villanía y nobleza. Tal es así, cuando procura entrelazar, a lo largo del relato, varias líneas temporales que llevan y traen a los personajes del pasado al presente, y viceversa. Un seguimiento de distintas trayectorias biográficas que dota de elocuencia el momento atroz del asesinato.
Esa madeja biográfica, temporal, se anuda sobre el eje de una suculenta verdad que permea cada página de la novela: la opción de vida de un nutrido grupo de jesuitas que, pertrechados de un sólido bagaje intelectual -forjado en el humus europeo-, mudan a un contexto latinoamericano apto para interfecundar un humanismo evangélico e ilustrado con los reclamos de una realidad mordiente, que exige liberación. El intelectualismo comienza a medrar por los fueros de la denuncia, de la defensa de los derechos humanos, de la conformación de dinámicas de liderazgo y gestión con sabor a pueblo emancipado. El servicio académico adquiere las hechuras de promoción humana y social; un viraje saldado -a mi entender- con la paga del martirio.
También me impresiona enormemente la intensidad descriptiva del momento en que se narra la escena del crimen. A través de los ojos del marido y padre de las mujeres asesinadas, y de la mirada perdida del provincial Tojeira -acompañado del arzobispo Arturo Rivera-, se nos relata una escena dantesca; una contracción del tiempo, detenido en la silueta de los orificios de bala y en el intenso olor a barbarie. La novela enseña que la barbarie impregna a los lugares de un halo lúgubre y siniestro, hasta el punto de alertar a los sentidos sobre el quebranto y la mancilla de la obra de la creación.
Cuando terminé la lectura de «Noviembre», me percaté de que la intensidad dramática de los crueles asesinatos (ese marco de vesania y barbarie, concentradas siniestramente en el corazón de la vida intelectual y académica) no lograba preterir la trayectoria personal de superación y maduración del provincial de los jesuitas para Centroamérica, el P. José María Tojeira, toda vez que será el encargado de liderar la reacción en memoria, justicia y dignidad.
En la novela se relata explícitamente que el cargo de provincial suponía un trabajo al interior de las comunidades jesuitas diseminadas en el entorno de la Universidad. Un gobierno discreto, de poca exposición al exterior, sin parangón con la trayectoria mediática e influyente de Ignacio Ellacuría y compañeros.
Pues bien, el relato muestra destellos sutiles acerca de una personalidad llamada a la resiliencia, a ese arduo trabajo interior de asimilación de la barbarie, sin postergar el activismo que busca resarcir la memoria y dignidad de los victimarios. Una auténtica odisea interior, que le descubrirá una nueva vivencia de la autoridad, esta vez pertrechada por el clamor de los débiles, configurada por el lamento de un pueblo que busca en él el espíritu de Ellacuría. Memorables esas entrevistas de Tojeira y el arzobispo con el presidente Alfredo Cristiani, tratando de esclarecer lo que estaba llamado al ocultamiento. Esos diálogos concisos, medidos, sopesados, que poco a poco van desenvolviéndose en hostigamiento por parte del ejército, en indeterminación por parte del presidente, y en el arrojo y brío encarnados en un Tojeira urgido por la verdad.
Una novela que, en su final, busca deshechizar tanta insidia y conspiración enfatizando las muestras de reconocimiento y lealtad de la comunidad jesuita con la única testigo de los hechos. Un compromiso forjado en la búsqueda de la verdad, y zanjado en el seguimiento de la causa de esta mujer salvadoreña, dispensando el apoyo y protección que un día de noviembre estuvieron ausentes en el núcleo neurálgico de la lucha por la dignidad y la justicia social.
Gracias José Manuel por compartir conmigo la buena literatura.

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal

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