José Antonio Robles Navarro

José Antonio Robles Navarro

Vicario de Evangelización y párroco de Marchal

A tiempos convulsos, reciedumbre y templanza. Aunque el suelo escurridizo de esta Europa zigzagueante nos aboca con frecuencia a la oquedad del convencionalismo y la impostura, debemos sobreponernos y volver a nuestra genuina identidad cristiana como faro luminoso que alumbra lo abisal de nuestra «sociedad líquida».

Gentleman irlandés investido de nórdica prestancia, maestro de la elegancia entreverada de británica compostura, galán boreal fervorosamente desposado con lo grácil de la solana sureña del mediterráneo, ardoroso por bañarse en el sempiterno azul que rompe en el vivaz gracejo de unas gentes visitadas fielmente por el sol.

El transcurrir de los días alberga destellos de luz que irrumpen libertinamente, cautivando la voluntad a merced de lo que transciende y sobrepasa. Sin duda, en lo ordinario puede crepitar la magia.

Suele suceder. A medida que habitamos el pensamiento de un autor, tendemos a dilucidar los acontecimientos presentes con los retazos intuitivos hilvanados en la singularidad de su discurso.

«La realidad es superior a la idea», he aquí una de las grandes claves hermenéuticas del Papa Francisco en la Exhortación «Evangelii gaudium».

Dicen que hasta San Antón pascuas son, y ya va un considerable trecho de entonces a hoy, pero yo sigo pisando el suelo de los caminos que van a Belén.

Estos últimos años, la Noche Santa de navidad me brinda el grato recuerdo de las Hermanas Concepción y María José, religiosas de la Fraternidad Reparadora, con las que compartí cinco años de mi vida sacerdotal.

Después de la celebración diocesana de la vigilia de la Inmaculada, encuentro elementos suficientes para afirmar el profundo vínculo entre el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y la etapa de juventud del ser humano.

Si nos adentramos concienzudamente en los entresijos e intersticios de la historia de la filosofía, descubrimos -cual niño sacudido por la cruda realidad- lo granítico y categórico de determinadas circunstancias históricas, a partir de las cuales el pensamiento conmociona, eclosionando en epistemologías más templadas e intuitivas, dotadas de una sutil carga incisiva en el análisis de la realidad.

Siempre que voy a Madrid procuro sacar tiempo para visitar el magnífico paraje del Templo de Debod; un espacio abierto, diáfano, capaz de abstraernos de la agitación de la gran urbe gracias al magnetismo de las conformaciones egipcias, mágicamente suspendidas sobre el horizonte ilimitado que brinda la tupida floresta del Parque Oeste y la Casa de Campo.